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Recuerdos y Emociones no Elaboradas

La memoria, la capacidad de recordar, es una de las más maravillosas funciones que nuestro cerebro ha desarrollado a lo largo de la evolución. Podemos recordar maravillosos momentos vividos en el pasado, recrearnos en ellos y disfrutar de aquéllas vivencias, aunque también podemos recordar momentos terribles, desagradables y traumáticos, lo que nos conecta […]

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Apsu y Tiamat: el blog de Crecimiento Positivo

Como dioses de la creacion babilonica, Apsu y Tiamat muestran dos caras de un mismo elemento: el agua. Apsu es el agua dulce, y el principio masculino; Tiamat es el agua salada, y el principio femenino. En este blog ambos se encargan de reflexionar desde dos puntos de vista diferentes, diversos aspectos de la realidad humana.

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Síndrome Post-Vacacional

Terminan las vacaciones de verano y muchas personas han de incorporarse a la rutina habitual: colegios, trabajo, horarios, hábitos… La vuelta a las dinámicas de funcionamiento habituales tras una temporada lejos de esta realidad acerca a algunas  personas a experimentar malestar significativo en su vida. El llamado Síndrome Post-Vacacional aparece durante los primeros días de la vuelta al trabajo y a las rutinas habituales, y parece afectar a un porcentaje significativo de personas, que experimentan cansancio, fatiga, somnolencia, falta de apetitito, irritabilidad, nerviosismo, tristeza, etc. Estas sensaciones suelen durar apenas unos días, pero algunas personas extienden su experiencia durante semanas, lo cual provoca un mayor sufrimiento.

Más allá de iniciar un debate sobre la necesidad de “patologizar” esta experiencia, lo cierto es que algunas personas “se enganchan” en estas sensaciones y prolongan su sufrimiento involuntariamente más allá de lo deseable; la razón por la que esto sucede puede estar relacionada con una falta de herramientas para manejar esas sensaciones y los pensamientos que surgen a partir de dichas sensaciones. La consecuencia de mantenerse demasiado tiempo fijado en estos sentimientos y emociones es que podemos desarrollar problemas de adaptación a largo plazo, aumentar el sufrimiento hasta transformarlo en una patología y/o transformar nuestras creencias sobre nosotros mismos y nuestra in-capacidad para afrontar con garantías determinadas situaciones.

Algunos profesionales apuestan por prevenir la aparición de estas sensaciones planificando unas vacaciones más cortas, indicando que las vacaciones “ideales” consisten en 15 días en los que hay tiempo suficiente para desconectar del ambiente profesional y disfrutar del tiempo libre, todo ello sin deconstruir los hábitos que facilitan una adaptación adecuada en el trabajo.

Más allá de una adecuada planificación de las vacaciones (esto quizás tenga más que ver con las posibilidades y los deseos de cada cual), el aprendizaje de herramientas para gestionar las emociones, sentimientos, pensamientos y creencias que en ocasiones aparecen al regresar a las rutinas habituales, puede ser una estrategia eficaz que facilite la adaptación. En este sentido no se trata de que todos tengamos que vernos obligados a tener más o menos días de vacaciones seguidos, sino de aprender a gestionar lo que nos puede suceder al regreso.

Es un hecho constatado que algunas personas disfrutan muchísimo de su trabajo, no únicamente porque obtengan del mismo reconocimiento, placer, autoestima o logro, sino porque además les ayuda a dar sentido a sus vidas. Estas personas tienen menos dificultades de adaptación, pero no están exentos de esas sensaciones de apatía o de cansancio iniciales. Las creencias relacionadas con el sentido y significado les ayudan en su adaptación a las rutinas habituales. Por otro lado, hay otras personas cuyas profesiones no les otorgan un sentido a sus vidas, cuyo disfrute profesional se relaciona con variables distintas. Y, por supuesto, hay personas que no disfrutan de su trabajo. Lo realmente curioso es que no hay una relación directa entre trabajar en un ámbito que le da sentido y significado a la vida, y la aparición y mantenimiento de esas sensaciones negativas que pueden dar lugar al llamado “Síndrome Post-vacacional”.

Parece que entonces, la clave no es tanto trabajar en algo que le de sentido a tu vida (aunque sea una meta deseable para muchas personas), o planificar un número de días de vacaciones determinado (lo que puede resultar coherente para algunas personas), sino poseer las habilidades para gestionar las emociones y pensamientos que se originan al retomar las rutinas anteriores al periodo vacacional.

Pensamientos como “se acabó lo bueno”, “otra vez a empezar de cero”, “necesito otro mes de vacaciones”, son pensamientos automáticos que todos podemos tener en un momento determinado; no se trata de no tener estos pensamientos, sino de saber qué hacer con ellos. El problema aparece cuando, a partir de las sensaciones de cansancio, apatía, etc., que pueden estar presentes al regreso a las rutinas, y al mismo tiempo aparecen estos pensamientos, se generan emociones negativas intensas que pueden hacerle creer a la persona que las cosas son peores de lo que realmente son.

Al final, las emociones funcionan como energía que nos impulsa, nos retiene o nos bloquea, y las explicaciones que nos damos de porqué nos sentimos como nos sentimos, porqué las cosas suceden como suceden (es decir, nuestros pensamientos y creencias), aparecen como una de las claves principales a tener en cuenta. Si conseguimos crear alternativas de pensamiento que nos permitan reducir la intensidad de las emociones bloqueantes y también creamos pensamientos de carácter positivo, posiblemente nuestras emociones nos llevarán a adaptarnos satisfactoriamente a las rutinas habituales.

Algunas recomendaciones que podemos seguir pueden ser las siguientes:

  • Presta atención a lo que sientes sin juzgarlo: no pasa nada por sentir cansancio o apatía los primeros días tras las vacaciones, si nos juzgamos porque “no deberíamos” sentirnos así, posiblemente dificultaremos el proceso de recuperación de hábitos.
  • Adapta el ritmo y las exigencias: puede que necesites tiempo para recuperar el ritmo al que estás acostumbrado, así que planifica una progresiva recuperación de tu ritmo habitual.
  • Reserva tiempo para ti: la vuelta al trabajo, las responsabilidades, la casa, los hijos, los compromisos… Es importante reservar un poco de tiempo para ti, dedicándolo a realizar algo que te resulte divertido y placentero. El equilibrio es la clave.
  • Promueve un estilo optimista de afrontamiento: no se trata de pensar positivamente porque sí, sin motivos, sino de tratar de reducir el impacto emocional de los pensamientos negativos automáticos, así como construir explicaciones de lo que sucede que promuevan emociones positivas.
  • Invierte tiempo en tus relaciones: algunas personas se aíslan un poco esos primeros días, ya que perciben diferencias con compañeros o responsables en el trabajo, o incluso en casa.

Todas las personas podemos experimentar dificultades de adaptación tras un periodo vacacional, por lo que resulta interesante construir herramientas para la gestión de pensamientos y emociones complicadas, promocionar un estilo optimista de afrontamiento y una recuperación progresiva de los ritmos habituales.

Antonio Corredera.

Director de Crecimiento Positivo

Envidia

“La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren”. Arthur Schopenhauer.

La envidia es, ante todo, un sentimiento que experimentamos las personas en diversos momentos de nuestra vida, por lo que podemos decir que es una experiencia humana casi universal. A todos nos ocurre, pero hemos de reconocer que generalmente resulta una experiencia desagradable, que, nos suele conectar con otros sentimientos y emociones negativas, como la tristeza, la ansiedad, etc. A través de la envidia podemos crear auténticas obsesiones hacia el “objeto” codiciado, bien sea material, intelectual o incluso espiritual. Llevado al límite, la envidia puede empular a las personas a hacer daño a otros que poseen lo que entiendo como mi deseo no cubierto.

El sentimiento de envidia contribuye notablemente a generar una gran infelicidad en la persona que padece las consecuencias de instalarse en este sentimiento con demasiada frecuencia e intensidad.

Según la Real Academia Española de la Lengua, entendemos por envidia:

  1. Tristeza o pesar del bien ajeno.
  2. Emulación, deseo de algo que no se posee.

Lo cierto es que lo que solemos destacar de la envidia es siempre muy negativo, y solemos juzgar la envidia de los demás de forma muy dura, hasta el punto de que muchas personas que sienten envidia sufren muchísimo, se sienten culpables por envidiar lo que otros poseen. Esto hace aún más difícil convivir con el sentimiento de envidia, porque no solamente piensas en que no tienes lo que otro, sino que además te dices que “no deberías pensar y sentir eso”. Al final, todo gira en torno a la envidia y salir de ese círculo se convierte en una nueva obsesión a través de la cual te sientes aún peor…

Entre las consecuencias adversas de la envidia existen algunas que fomentan o refuerzan su aparición.

  • Emociones negativas: la tristeza porque otro consigue lo que yo no soy capaz (o no me he planteado), la ira hacia las personas que son exitosas, la culpa por sentir envidia (como señalé anteriormente).
  • Las quejas: cuando las personas envidian lo que otros tienen o lo que otros son, algunas veces se instalan en una actitud de queja continua, en un rol de víctima, en el que esa persona adquierel a actitud de “pobre de mí“. Suele ocurrir que los seres queridos, con la mejor de las intenciones, al ver esa actitud intentan consolarle. Cuando alguien está frecuentemente envidiando a los demás y repitiendo su conducta de queja, lo que acaba ocurriendo es que ese consuelo, en lugar de ayudar, se convierte en algo cómodo, en unaf forma poco saludable de conseguir cariño.
  • Obsesiones: una de las consecuencias más terribles de la envidia son los pensamientos repetitivos acerca del objeto deseado o bien acerca de la persona a la que envidiamos. Entonces dejamos de centrarnos en nuestra vida, en lo que nos interesa, en lo que nos nutre, y nos instalamos en el afuera, haciendo un “seguimiento” de la vida del otro, e incluso, llevado al exceso, intentando hacer daño a quien envidiamos: hacer correr rumores, humillarlos, intentar que no consigan lo que se proponen. Como ejemplo, podemos hablar de todos los casos de acoso laboral que con frecuencia se producen; no siempre es así, pero la envidia suele estar presente en el proceso.

Napoleón Bonaparte afirmó que “la envidia es una declaración de inferioridad“, y este pensamiento ha formado parte de la tradicional forma de concebir la envidia, dejando de lado las posibles implicaciones positivas de experimentar envidia: tomar conciencia de un objetivo o meta que deseamos y que no tenemos.

Este puede suponer un punto de partida diferente desde el que construir un plan de acción hacia mi nuevo objetivo. Todos hemos sentido cierta envidia cuando un buen amigo nos ha dicho: “me voy de vacaciones al caribe“. De repente conecto con que yo siempre he querido ir allí y aún no lo he hecho; podemos experimentar eso que llamamos “envidia sana“, al alegrarnos por nuestro amigo y desear lo mismo que él. Esta situación puede ser un punto de partido para preparar un plan de ahorro que me permita llegar a realizar ese viaje dentro de un año.

Si dejamos de focalizar el pensamiento en el hecho de que sea otro el que posee lo que deseamos, y empezamos a utilizar nuestros recursos personales para elaborar planes de acción en la dirección de lo que deseamos, posiblemente el sentimiento de envidia se transformará en ilusión o esperanza.

Claro que cómo formulemos esos objetivos también es importante: si lo que buscamos es que el otro no tenga lo que yo deseo, por ejemplo: “mi objetivo es que tú no tengas lo que yo quiero“, entonces seguimos seguimos instalados en la envidia, y la planificación hacia mi meta no tendrá mucho sentido. Por tanto, es imprescindible que nos planteemos nuestro plan de acción desde la construcción, no desde la destrucción.

Esto es habitual cuando desarrolo la idea de que solo uno de los dos puede conseguir eso que deseo, y si yo no puedo conseguirlo, entonces tú tampoco. Esa forma de experimentar envidia es la que más daño puede hacer, no solo en quien la siente, sino también pueden salir dañadas las personas que participan involuntariamente en el proceso. ¿Qué culpa tengo yo de que tú envidies lo que tengo? Las personas brillantes, inteligentes y/o atractivas pueden ser envidiadas por el hecho de ser simplemente como son, no hace falta que “hagan nada” o “tengan algo” para desatar ese sentimiento en otro… Me recuerda al cuento de la luciérnaga y la serpiente:

Se dice  que una serpiente que pasaba por el bosque empezó a perseguir a una luciérnaga; lo hizo durante 3 días y 3 noches seguidos. Exhausta, la luciérnaga se detuvo y dando media vuelta se dirigió a la serpiente:

  • ¿Puedo hacerte 3 preguntas?

  • Como te voy a devorar igualmente, adelante, pregunta:

  • ¿Pertenezco a tu cadena de alimentación?

  • No.

  • ¿Te hice algún daño?

  • No.

  • Entonces, ¿por qué quiere comerme?

  • Porque no soporto verte brillar.

La envidia es un sentimiento que se aprende a gestionar a lo largo de la vida, y depende del contexto y experiencias vividas, siendo la familia una de las importantes. Crecer en el seno de una familia que utiliza la comparación como modo de referenciar el éxito, y donde recibir amor depende de lo que se consiga (como un buen rendimiento académico, éxitos deportivos, el sueldo que uno gana, etc.), fomentan la aparición de la envidia destructiva. Desarrollan así una identidad frágil que no valora quién es, sino lo que tiene, y que mide su felicidad a partir de lo que posee, de manera que aquellos con quien ha de compartir su vida se convierten en competidores, en rivales, en enemigos…

Vivir en una cultura como la nuestra, fundamentalmente competitiva e individualista, no ayuda mucho a generar ambientes donde la envidia no sea necesaria. A nuestro alrededor hay demasiada presión por ser exitoso, y todo lo que no sea alcanzar un determinado estándar, se considera un fracaso. Así que con tanta presión por ganar, por alcanzar el éxito, por tener el mejor coche, el mejor sueldo, el trabajo más reconocido, no es de extrañar que envidiemos “cosas”. Y como hemos dicho, la envidia puede convertirse en un obstáculo para nuestro bienestar y felicidad.

Por más presiones que percibamos en nuestro entorno, podemos adaptarnos a estas exigencias (recordemos que el entorno en ocasiones no puede alterarse o modificarse) analizando nuestras prioridades y valorando nuestros objetivos desde lo que nos motiva en ellos, no sólo desde lo que se espera que hagamos.

Es en este punto donde la Psicología Positiva, con sus técnicas, estrategias y modelos de trabajo, puede ayudar a proponer experiencias diferentes que permitan a las personas salir de su sentimiento de envidia destructiva y cultivar sus fortalezas personales, a través de las cuales posicionarse y actuar de manera diferente. Las fortalezas personales son “capacidades preexistentes para un modo particular de comportamiento, pensamiento o sentimiento, que es auténtico y estimula a la persona, y permite el funcionamiento óptimo, el desarrollo y la ejecución” (Linley, 2008). Las fortalezas son 24, todos las poseemos y las únicas diferencias que encontramos son el orden en el que destacan cada una de ellas en nosotros, y las acciones a través de las cuales las experimentamos.

Si la envidia nos hace experimentar pensamientos y emociones desagradables, y nos involucra en acciones de las cuales no nos sentimos orgullosos, ¿por qué no crear una serie de alternativas que, partiendo de este malestar, nos permitan desarrollar sensaciones más constructivas, nos lleve a actuar de un modo más acorde a como nos gustaría? Una de las fortalezas que se muestra como un patrón contrario a la envidia es la Fortaleza de la Modestia y Humildad, cuya experiencia nos puede permitir convivir con la realidad de no tener ahora mismo aquello que deseamos, además de permitirnos el reconocimiento de que hay otros merecedores de los logros que anhelamos.

Cuando focalizamos nuestra atención en nuestras fortalezas personales, podemos alejarnos del ensimismamiento de perseguir la obsesión del éxito que hemos situado fuera de nosotros. Ese primer paso es muy importante, y podemos intentar también concebir el éxito y el fracaso de un modo diferente: el fracaso forma parte del camino hacia el éxito en la vida, es un aprendizaje importante y del que no podemos huír porque a todos nos pasa, sin excepción.

Antonio Corredera.

Círculos Virtuosos: la importancia de relacionarnos con otros

Los seres humanos somos seres sociales. Tenemos, entre otras, una necesidad de estar en contacto los unos con los otros. Vivimos en sociedad y gran parte de los aprendizajes que hemos de hacer a lo largo de la vida sirven para adaptarnos a la vida en sociedad, para aprender a convivir.

Nuestras relaciones, desde la leve interacción que pueda tener con una persona que me atiende en una tienda, hasta el vínculo afectivo más significativo, pueden ayudar a explicar la calidad de vida que tenemos. Los demás, en gran medida, nos ayudan a sentirnos más felices y a desarrollar todo nuestro potencial.

Porque es en las relaciones donde nuestras potencialidades se ponen de manifiesto con más claridad, donde las emociones pueden llegar a cotas de intensidad más altas, donde encontramos respuesta a muchas de las preguntas que guían nuestras vidas. Esto, por supuesto, no significa que debamos vivir por y para los demás, sino que reconozcamos la importancia de otras personas, cómo nos influimos mutuamente en cada interacción, y cómo, dependiendo de la calidad de las relaciones personales que construyamos, nos sentimos más o menos felices.

A lo largo de toda nuestra vida tenemos relaciones, y nuestra capacidad para construir vínculos saludables, relaciones positivas, resulta fundamental incluso para nuestra supervivencia. Dentro de las relaciones personales, la mayoría de nosotros encuentra sentido y propósito a la vida, a través de la experimentación de distintas emociones y sentimientos que van guiando cada interacción, cada vínculo: el amor, la alegría, la satisfacción. Todas estas emociones, en el contexto social, nos facilitan el afrontamiento de las diferentes situaciones que nos vamos encontrando, y nos aportan el apoyo, la protección y el impulso para superarlas.

Construir relaciones positivas nos ayuda a crear estructuras de apoyo sólidas y resistentes, a las que podemos recurrir no solamente en caso de problemas, sino también para compartir lo positivo, para crear algo más grande, para facilitar que en nuestra relación particular cada uno encuentre el modo de ser más feliz.

Aunque cada sistema de apoyo social tenga sus particularidades, en el tipo de interacción, la frecuencia, la intensidad y cercanía, lo cierto es que todos pertenecemos a un enorme sistema de relaciones interdependientes a las que contribuimos cada día. Nuestro particular grupo de referencia, posiblemente se relaciona con otro grupo, y ambos grupos, con otros aún más grandes…

Los Círculos Virtuosos son el resultado que encontramos al invertir en relacionarnos con los demás de forma positiva, tanto en las relaciones significativas, en los vínculos de intimidad, como en los encuentros fortuitos o programados, pero poco duraderos. Relacionarnos de forma positiva significa ser conscientes de la importancia que cada interacción tiene, conscientes de que somos (todos) merecedores de respeto, y que aunque el conflicto es posible, y a veces incluso inevitable, también nos ayuda a crecer, a mejorar, a seguir contribuyendo a la creación de nuestro particular círculo virtuoso.

En este círculo de relaciones positivas, podemos encontrar que los grandes sueños que tenemos son posibles, gracias, precisamente, a que todos estamos interconectados. Si he cuidado un vínculo, generando emociones positivas que hemos compartido, es probable que más adelante, aquél encuentro, aquélla relación, me facilite la llegada de nuevas situaciones. Es precisamente lo que sucede cuando conozco a una persona y establezco una relación con ella: dos mundos entran en una interacción de conocimiento mutuo y se establecen lazos cuyas consecuencias no somos capaces de medir inmediatamente. Tal vez sea una amistad que dure siempre, o tal vez la persona con quien decida tener hijos, o incluso ese socio que siempre quise tener. El elemento que hemos de cuidar es el de crecimiento mutuo, y eso es lo que determinará la calidad de esta relación en concreto.

Esto no significa que debamos llevarnos bien con todo el mundo a cualquier precio, ya que este objetivo es imposible. A veces sucede que no nos gusta el modo de actuar de alguien, o que una relación de mucho tiempo se deteriora, o que las personas que participan de una relación concreta no desean seguir contribuyendo porque están creciendo en direcciones opuestas, o que nos desengañemos… A veces una relación, sencillamente, no es posible. Es el riesgo que toda relación implica, pero las consecuencias positivas de una relación son mayores que las negativas.

Construir relaciones positivas con los demás nos facilita la creación de una estructura de apoyo amplia y sólida, en la que podemos encontrar diferentes espacios de disfrute, bienestar, felicidad y crecimiento, en la que compartir nuestros malos momentos y superarlos con mayor facilidad, y en la que compartir todo lo bueno que tenemos, y disfrutarlo exponencialmente.

Antonio Corredera.

Director de Crecimiento Positivo.

La Felicidad como Camino

¿Qué es la felicidad? ¿De qué hablamos cuando mencionamos la palabra felicidad? Cada persona tiene su propia experiencia, opinión y discurso sobre qué es la felicidad… Algunas consideran que la felicidad es un estado transitorio, otras opinan que la felicidad es liberarnos de todo lo que nos hace daño, mientras que para otras la felicidad está en encontrar un sentido a tu propia vida.

La creencia de que la felicidad es un lugar, una cosa, una posesión, un estatus, algo que sucederá cuando logre llegar a la meta, está enormemente extendida. Cuando concebimos la felicidad así, resulta que ésta depende de muchos factores distintos que no siempre están bajo nuestro control o responsabilidad. De este modo, si concibo la felicidad como el resultado de lograr mi meta, posiblemente estaré dando por hecho que no podré ser feliz hasta que no alcance ese lugar, ¡y puede que tarde mucho en conseguirla! ¿Posponemos nuestra felicidad hasta que llegue ese ascenso, hasta conocer a la persona ideal, hasta que me toque la lotería…? ¿Y si no llega, o peor, y si al lograr estas cosas no me siento feliz?

Hoy te proponemos un cambio en la forma de pensar en la felicidad, dejando de concebirla como meta y pasando a considerarla como el camino que elijo para transitar mi vida, aceptando que ser feliz no significa estar todo el tiempo contento, no significa que no me pasen cosas que no me gustan o que nunca sienta emociones negativas. La felicidad como camino implica responsabilizarme de mi mismo, trabajar activamente en construir una serie de recursos personales que me permitan sentir más felicidad cada día de mi vida, en cada área importante de mi vida, sin esperar a que todo eso que está por llegar acontezca.

Visualizar el lugar al que quiero llegar, plantearse metas y objetivos, es muy importante para dirigir nuestra conducta y recorrer un camino determinado, que sea de nuestro gusto y elección. Pero ese camino está lleno de posibilidades para conectar con nuestras emociones positivas, de manera que prestar atención a lo que sucede en el presente puede ayudarnos a recorrer el camino elegido con una experiencia de felicidad mucho más amplia. Ser consciente de que nos dirigimos a una meta, y dirigirnos hacia ella disfrutando del aquí y ahora, siendo más conscientes de lo que sucede en este momento, puede ayudarnos a conectar mejor con la esencia de aquello que puede hacernos felices en cada momento: poner en marcha nuestras fortalezas personales a través de acciones que nos conectan con el estado de flow.

El estado de flow o Experiencia Óptima, se caracteriza por la inmersión de nuestros recursos atencionales en una acción o tarea específicas en la que estamos poniendo en marcha nuestras fortalezas personales. Cuando fluimos, somos felices. Y fluir no es algo que pasa de forma mágica, sino que es algo que hacemos que suceda, que depende de nosotros mismos. Podemos fluir en muchas y diferentes situaciones, dependiendo de nuestros intereses, nuestras metas y objetivos, nuestras fortalezas personales…

Si cuando fluimos somos más felices, y fluir depende poner nuestras fortalezas personales en marcha a través de una acción en dirección a objetivos, entonces la felicidad deja de estar en un lugar “etéreo” que depende de fuerzas fuera de nuestro control, para pasar a ser un estado que podemos provocar en cada área de nuestra vida: en nuestro trabajo, en nuestras relaciones de pareja, en el ocio, etc. Dicho de otro modo, la felicidad vuelve a depender de lo que hagamos nosotros.

La felicidad como camino supone conocer nuestras fortalezas personales para ponerlas en marcha en nuestro día a día, de forma que multipliquemos nuestras experiencias óptimas, lo que tiene como resultado una mayor conciencia de estar aquí y ahora, de disfrutar del camino que estamos recorriendo: nuestro propio camino de felicidad.

Antonio Corredera.

Director de Crecimiento Positivo.

Nace el Instituto Europeo de Psicología Positiva

Este mes de noviembre ha tenido lugar el nacimiento del Instituto Europeo de Psicología Positiva, cuya sede central está en Madrid. El instituto nace con la intención de promover la buena praxis de la Psicología Positiva, de tal manera que el IEPP centra gran parte de sus esfuerzos en la formación de profesionales, tanto de profesionales como de particulares en forma de programas de coaching, seminarios, cursos de experto universitario, formaciones a diferentes áreas profesionales, que fomentan el conocimiento y gestión eficaz de la tríada pensamientos - emociones - comportamientos.

Este pequeño post me sirve para informar a todos los seguidores de Crecimiento Positivo y del Blog Apsu y Tiamat, de que no van a producirse cambios en la web, ni un abandono de la misma, solo una vuelta a los orígenes: ser un lugar de encuentro y de divulgación de conocimientos de la Psicología Positiva. Asimismo, seguiremos realizando actividades formativas, así como compartiendo conocimientos y debates en nuestro grupo de facebook.

Antonio Corredera.

 

Fundador del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP).

 

Director de Crecimiento Positivo.

Placeres y Gratificaciones

En la búsqueda de la felicidad, los seres humanos encontramos lugares donde explorar nuestras necesidades y acercarnos un poco más a aquello que realmente deseamos.

La felicidad se ha convertido en un objetivo relativamente novedoso para las personas. Hace tan solo dos o tres generaciones, los objetivos de nuestros padres y abuelos eran bien diferentes, puesto que la misma supervivencia biológica era la única prioridad, dadas las circunstancias sociales y culturales del momento. Ahora mismo, y siguiendo la lógica de la pirámide de Maslow, estando garantizados los peldaños más básicos, hemos llegado a la generación de una nueva necesidad: la felicidad.

Es esta búsqueda un camino individual como ningún otro, aunque muchos se empeñen en señalar caminos únicos.  ¿Dónde está la felicidad para cada uno de nosotr@s? Y aún más importante, ¿es la felicidad el objetivo último al que queremos dirigirnos? Lejos de intentar indicar qué es más adecuado, pretendemos reflexionar sobre el modo en el que podemos experimentar una sensación de bienestar que deseemos mantener en el tiempo.

Nuestra sociedad parece empeñada en perseguir la felicidad basándose en la estimulación del placer asociado a los sentidos, pero a pesar de lo poderosos que son los placeres, podemos constatar que felicidad y placer no hacen referencia a lo mismo. El placer, entendido como el resultado de la estimulación sensorial positiva, nos puede aportar bienestar y relajación, aunque la duración de estas sensaciones es corta.  Comer chocolate, recibir un masaje, experimentar un orgasmo, etc., son ejemplos de sensaciones placenteras cuya duración es más o menos corta.

Por otro lado, diversos experimentos han demostrado que el aumento de las estimulaciones asociadas al placer no conllevan un aumento del mismo. De hecho, experimentos con ratas demostraron que la estimulación de áreas cerebrales situadas en el hipocampo tenían un resultado tan poderoso, que estos animales preferían esta estimulación a la satisfacción de necesidades básicas, como alimentarse, con lo que algunas de ellas llegaron a morir.

Por ejemplo, la sensación de placer que obtenemos al ingerir una onza de chocolate no es tan intensa como la que tenemos al ingerir una segunda onza, y así sucesivamente; por más chocolate que comamos, la intensidad del placer ya no es el mismo, al menos hasta que pasa un tiempo.

El placer sensorial tiene una enorme influencia en nosotros y, si bien es necesario y deseable cultivar el placer, también es cierto que si seguimos asociando directamente placer y felicidad, corremos el riesgo de construir una sociedad basada en lo inmediato, en la búsqueda de esa sensación que me procure bienestar de modo sencillo y directo. Por supuesto, el placer que experimentamos a través de nuestros sentidos está muy asociado al consumo de agentes externos, es decir, que está fundamentalmente provocado por el “afuera”.

La Psicología Positiva trata de estudiar la felicidad de forma más amplia, tratando de encontrar un modelo a partir del cual las personas puedan encontrar su propia felicidad de un modo más duradero, asociado a sus propias fortalezas personales, generando de este modo un aumento del locus de control interno. Una Fortaleza, según Alex P. Linley, es “una capacidad preexistente para un modo particular de comportamiento, pensamiento o sentimiento, que es auténtico y estimula al sujeto, y permite el funcionamiento óptimo, el desarrollo y la ejecución”.

Mihalyi Cskzentmihalyi, uno de los principales estudiosos de este ámbito, propone que hay ciertas actividades en las que experimentamos una sensación subjetiva de felicidad, una gratificación, que  resulta más duradera y fácil de replicar que aquellas cosas asociadas al placer sensorial. Cada persona puede encontrar su propia gama de actividades en las que sentir esta felicidad subjetiva. Se trata de actividades en las que hay una clara identificación de una meta, a la que consideramos un reto en sí misma, y para la que sentimos que nuestras capacidades están ajustadas a dicho reto. Dadas estas condiciones, podemos encontrar 3 posibles resultados:

  •  Cuando el reto es muy grande y consideramos que nuestras habilidades y capacidades no están a la altura, sentimos ansiedad y no afrontamos adecuadamente la tarea.
  • Cuando el nivel de habilidades es muy superior al reto percibido, entonces nos aburrimos y la tarea resulta poco motivante.
  • Cuando el reto y las habilidades que poseemos están ajustadas, entonces se produce lo que conocemos como “experiencia óptima” o “flow“.

Cuando nos involucramos en actividades en las que ponemos en marcha nuestras Fortalezas Personales, tenemos acceso, siempre que lo deseemos, a la Experiencia Óptima, al Flow. Esta experiencia es algo que todos los seres humanos hemos sentido, más o menos frecuentemente; se trata de actividades en las que parece que el tiempo pasa más rápidamente, en la que no somos conscientes de si sentimos o no emociones, en las que estamos profundamente inmersos… Solo al final de esas actividades, al recordarlas, somos conscientes del bienestar que nos han procurado, de la sensación subjetiva de felicidad que nos ha reportado.

Lo mejor de todo es que cada uno de nosotros, a través del cultivo de sus Fortalezas Personales puede experimentar esta sensación en las diferentes esferas vitales: en las relaciones personales, en el trabajo, en el ocio, etc.

Contrariamente a lo que ocurre con el placer, cuya duración es breve, las actividades que nos gratifican, de las que obtenemos experiencias óptimas o flow, son más duraderas, replicables y profundas, requieren esfuerzo sostenido y tienen una relación directa con el propio individuo. Si bien el placer lo experimentamos a través de los sentidos, pero veíamos que mayoritariamente lo producen agentes externos, las gratificaciones tienen un origen interior, que son las Fortalezas Personales que cada uno de nosotros posee, y que pueden ponerse en marcha a través de un número casi ilimitado de acciones.

De este modo, el concepto “felicidad”, y otros que asociamos, como “bienestar subjetivo”, dependen no únicamente del placer sensorial, sino que también podemos estimularlo a través del cultivo de las fortalezas, que originarán un mayor locus de control interno a través del cual construir una particular ruta, personal y única, hacia la felicidad.


Antonio Corredera.

Director de Crecimiento Positivo.

Perderse en el camino

Recorrer el camino personal e intransferible de cada uno, salirse del sendero del conformismo y la aceptación de algo que en realidad no deseo, supone en ocasiones conectar primero con la sensación de vacío que podemos experimentar al encontrarnos perdidos… ¿Cuándo sucedió? ¿En qué momento? Como cuando somos niños, saber que me he perdido supone una cuota de ansiedad y miedo que me conectan con una idea que, para muchas personas, resulta aterradora: estoy solo. Porque cuando me he perdido y soy consciente de ello, puede que esté rodeado de personas que no conozco, que no reconozco… Se puede llegar a sentir soledad en lugares tan diversos…

Una de las vías secundarias que nos pueden devolver al camino que realmente deseamos recorrer es volver a conectar con nuestros deseos, necesidades y sueños, con aquello que quizás, hace tiempo, fue el inicio de nuestro particular camino, de la ruta de la cual hemos salido sin darnos cuenta.

Si dejamos de mirar hacia delante al caminar por esta ruta elegida, podemos sorprendernos más adelante al encontrar que nos hermos perdido… En ocasiones, nos hemos perdido porque durante cierto tramo solamente mirábamos hacia atrás, enganchados en el recuerdo de aquello que sucedió y ya no está. Otras veces, ensimismados con la presencia de alguien que nos acompaña, nuestros compañeros de viaje, perdemos de vista nuestro rumbo personal y caminamos, equivocadamente, el que recorren los otros…, por miedo a perder esos vínculos.

Pero desconectar de nuestro propio camino siempre nos lleva, en algún momento, a darnos cuenta de que nos hemos perdido, de que el lugar en el que estamos no es el que hubiéramos querido. La buena noticia es que si miramos dentro de nosotros, si nos damos el permiso de enlazar con nuestros deseos y necesidades, con nuestros sueños, podemos reencontrarnos con el camino elegido.

La sociedad nos envía mensajes contradictorios con respecto a los sueños y su consecución; nos animan desde diversos lugares más o menos cercanos a nosotros a perseguir y alcanzar nuestros sueños, pero luego, por otro lado, señalan a aquellos que eligen este camino tachándoles de “infantiles” o de “inmaduros”.

Lógicamente, habría que analizar las situaciones particulares, pero esta pauta reconocible en muchas personas, la de etiquetar de inmaduros a los que persiguen sus sueños, parece partir de la inseguridad que sienten estas personas ante la imagen que reciben de los soñadores. Algunas personas, que se sienten incapaces de perseguir y alcanzar sus sueños, se sienten amenazados por la posibilidad de que otros sí lo logren, por lo que, para mantener cierta coherencia interna en su discurso, intentarán por todos los medios convencer a los demás de que no intenten perseguir sus sueños.

 

 Todos soñamos con algo: alcanzar ciertos logros, como superar una marca personal en un deporte, o adquirir cierto estado, como la felicidad y la plenitud… Pueden ser sueños grandes o pequeños, realistas o irrealizables, pero son sueños y son nuestros.  En el momento que le otorgo a otro el poder de hacer alcanzable o no mi propio sueño, comenzaré a sentir que mi camino elegido no es tan adecuado como yo imaginaba; y ahí quizás empiezo a perder el rumbo.

Afortunadamente, hay formas de volver a conectar con los sueños y deseos que dieron origen al camino que estoy recorriendo. Nos empeñamos muy frecuentemente en el análisis concienzudo de las razones por las cuales me he perdido, cuando, quizás, lo realmente importante es saber que me he perdido e intentar conectar de nuevo con el lugar al que deseaba ir. Una vez he realizado esta tarea, podré saber realmente si deseo seguir recorriendo este camino o no. Pero esa decisión será nuevamente mía, y tendré que hacerme responsable de ella. En la situación en la que me he perdido soy incapaz de hacerme responsable porque no comprendo porqué estoy ahí.

A través de este trabajo, el de conectar con mis sueños y deseos, puedo hacerme responsable de las decisiones que me han llevado al lugar en el que estoy y así poder cambiar mi rumbo, si así lo deseo. Entonces quizás comprenderé que mi camino es solamente mío y que las personas que me acompañan no tienen porqué seguir el mismo rumbo. Cuando alguien decide vincularse afectivamente con otro, de la manera que sea, una amistad, una relación de pareja, etc., ha de aceptar que el otro no está ahí para completar sus vacíos. En el mejor de los casos, somos compañeros que elegimos libremente caminar juntos una parte del sendero.

Perderse en el camino forma parte de lo posible; hay que aceptar que las cosas no siempre serán como a uno le gustaría. Es más, no es sano empeñarse en perseguir un sueño que me lleva siempre por un camino de permanente dolor y soledad; uno ha de hacerse responsable también de esta parte, quizás la más difícil de todas: renunciar a lo que no es posible. Perderse, por tanto, podría ser el primer paso para volver a conectar con los sueños y necesidades, pudiendo valorar de este modo si aún sigo deseando hacerlo realidad.

 

Apsu.

Cuando no crecemos en el vínculo de pareja

A veces nos descubrimos a nosotros mismos bloqueados, indefensos, incapaces de modificar una situación en la que no nos gusta estar. Muchas personas, estando en pareja, se hacen responsables de procesos que, o bien no son su responsabilidad, o bien se trata de una responsabilidad compartida. Cuando uno siente que la relación de pareja en la que está, que el vínculo y su crecimiento, dependen de él o ella únicamente, se cae en el error de asumir más responsabilidad de la que nos compete.

Algunas personas están tan pendientes del otro, de cómo está, de cómo se siente, de no hacerle daño… que se llegan a olvidar por completo de preguntarse a sí mismos cómo se sienten, dejando de estar en contacto con una de las claves que me indica si la relación y el vínculo es sano: mi propio crecimiento.

Porque si el vínculo que mantenemos juntos no me permite crecer, me ahoga, me bloquea y me retiene… hemos de empezar a preguntarnos si realmente deseamos estar en esa relación y porqué.

Porque nos queremos“. Esta es una respuesta habitual que algunas personas utilizan para solventar la anterior cuestión. Pero, a veces, el amor no es suficiente. Porque a veces confundimos amar con tener cariño por alguien, o con estar enganchados… Y si estamos enganchados es imposible crecer: ni tú, ni yo, ni el vínculo.

En ocasiones, estas personas, desde su bloqueo y siendo conscientes de que no están a gusto, de que no crecen en la pareja (incluso sabiendo que su pareja tampoco crece),  se mantienen allí porque experimentan intensas emociones y sentimientos negativos ante la sola idea de replantearse la relación. El miedo, la culpa y la tristeza que anticipan como inevitables a la pérdida del vínculo les mantienen allí. Incluso pueden alimentar la fantasí de que “el problema es mío, todo va bien, puesto que nadie más se queja“.

Las personas de nuestro alrededor, nuestras familias y amigos, la propia pareja, podrían sentirse apenados, frustrados, desconcertados, perdidos…  ¿Cómo voy a hacerles “eso”? Instalados en un sentimiento de culpa que les bloquea por completo, deciden no hacer nada y decapitar así su propio crecimiento. Sus sueños, expectativas e ilusiones dejan de ser importantes y la autoestima de estas personas queda seriamente afectada.

Uno de los elementos que una pareja debe cuidar mucho es la comunicación. ¿Por qué, una vez he llegado aquí, no planteo lo que siento y proponemos una serie de soluciones? En lugar de enfocarnos sobre el origen del problema, o sobre esas discrepancias que generan conflictos, podría resultar más útil conectar con lo que siento y comunicarlo, escuchar cómo se siente el otro, y ver qué cosas, qué acciones podríamos llevar a cabo juntos para reinstaurar un equilibrio sano en la relación: así TODOS crecemos en el vínculo.

Evidentemente, cada persona ha de comprender por sí misma qué es crecer en pareja, porque no todos tenemos los mismos objetivos ni las mismas prioridades… No hay “recetas” para llegar a la felicidad en la pareja, para conseguir determinados objetivos, aunque sí está mucho más claro lo que no hay que hacer, las conductas y actitudes que hemos de procurar comprender y evitar para seguir creciendo en pareja.

Una de las cosas que no hemos de olvidar es que somos dos personas diferentes, que han decidido recorrer parte de sus caminos juntos, comprometiéndose, a veces no muy conscientemente, a cumplir con objetivos que son, en principio, compartidos: una vida en común. Si olvidamos nuestros objetivos personales, si los postergamos, si creemos que no son tan importantes como los que construimos con nuestra pareja, es posible que corramos el riesgo de  perder nuestros sueños y de empezar a cultivar esa sensación de bloqueo e indefensión anteriormente mencionada.

Es fundamental recordar nuestros sueños personales, quiénes somos, para estar auténticamente con el otro; para poder compartir nuestro camino, tengo que estar conectado tanto con los sueños, fantasías y proyectos comunes, como con los que son únicamente míos.

Si sentimos que no crecemos estando con la otra persona, hemos de plantearnos qué es lo que no está yendo bien, empezando por revisarnos a nosotros mismos. Caemos fácilmente en el error de culpar, de responsabilizar a la otra parte de nuestra infelicidad, de nuestro bloqueo o de nuestra indefensión y le exigimos que cambie, con la esperanza puesta en que ese pequeño cambio supondrá una gran diferencia.

Muchas personas utilizan esta estrategia porque les asusta mirarse; la sola idea de girarse hacia sí mismos y encontrar que ellos son, en parte, los responsables de su actual situación, les aterra. Pero es una buena noticia volver a conectar con uno mismo, porque a partir de ahí seré capaz de retomar el control sobre mí mismo, sobre lo que puedo aportar a la relación y al vínculo.

Una vez hemos conectado con nosotros mismos de nuevo, el siguiente paso es identificar nuestros sentimientos, pornerles nombre y compartirlos con nuestra pareja, exponiendo nuestra necesidad de apego y cuidado del vínculo, aceptando que el otro no está para cubrir todas nuestras expectativas, pero siendo conscientes de que la dinámica que veníamos utilizando hasta ahora ya no sirve, puesto que no me permite crecer.  Solo conociendo la dinámica que nos ha llevado a la situación actual, cada uno desde su posición, asumiendo su parte, podremos llegar a iniciar un camino que nos lleve al reencuentro.

Pero a veces, a pesar de todos los esfuerzos, del cariño que se le puede tener a la otra persona…, no hay nada que hacer. El vínculo que nos hacía crecer a ambos ya no existe, y no hay forma de repararlo. Entonces hay que saber despedirse, no caer en el error de engancharse a una persona con la que, en realidad, no deseamos seguir vinculados, al menos no del mismo modo. Esta es una tarea especialmente difícil, la de descubrir si estamos enganchados, y que puede resultar dolorosa por las pérdidas que hay que asumir, pero que resulta necesaria para sentir que volvemos a crecer.

Apsu y Tiamat.

Vasijas Emocionales

Los seres humanos, en ocasiones, nos encontramos en situaciones en las que nos vemos absolutamente desbordados por nuestras emociones, incapaces de hacer otra cosa que no sea reaccionar ante lo que sentimos. Estas reacciones, que responden a la experimentación de un conjunto de emociones que interactúan entre sí y que resultan difíciles de manejar (lo que en Crecimiento Positivo solemos llamar cocktail emocional), nos llevan a posteriores juicios de valor acerca de nuestro comportamiento de los que no salimos bien parados: “… debería haber dicho aquello…”, “… no tendría que haber hecho…”, etc. Estos pensamientos, que tienen forma de auto-reproche, generan nuevos sentimientos negativos hacia nosotros mismos que dañan nuestra autoestima. ¿Y qué está en el origen de este complicado proceso? Nuestra capacidad para manejar nuestra “Vasijas Emocionales”.

Esta metáfora sugiere que cuando sentimos alegría, miedo, satisfacción, ira, tristeza… y no tenemos tiempo para elaborarlas, las vamos introduciendo en una especie de vasija. Las emociones negativas, que suponen un gran peso para nosotros, van llenando este recipiente, mientras que las emociones positivas tienen el efecto maravilloso de no acumularse dentro y de, en ocasiones, ayudar a ir vaciando nuestra vasija personal.

Creemos que nuestra vasija es muy fuerte, resistente y profunda, porque por más que la llenamos, nunca parece desbordarse… Pero el caso es que, de cuando en cuando y, para algunas personas muy frecuentemente, nuestra vasija emocional rebosa. La hemos llenado de emociones negativas que no elaboramos, de manera que llegados a este punto… estallamos. En función de la historia particular de la persona y de la situación en la que se encuentre, las consecuencias de llenar nuestra particular vasija son:

  • Romper la vasija lanzándola contra objetos o personas: llega un momento en que la única manera que encontramos de gestionar lo que nos ocurre es explotar. estos estallidos emocionales son muy violentos, pero se manifiestan de diversas formas, como por ejemplo, a través de la ira y la agresión.
  • Derramar el contenido de la vasija sobre uno mismo: otro modo inadecuado de gestionar el contenido de nuestra vasija es vaciarla sobre nosotros mismos, reexperimentando todas esas emociones negativas y auto-reprochándonos no haber sabido actuar en aquellas situaciones originarias.
  • Hacer pequeños agujeros en la vasija para generar “escapes”: otras personas realizan determinadas actividades que les sirven para “desahogarse” en lugares donde una respuesta agresiva no está socialmente sancionada. Así, estas personas realizan deportes de contacto, consumen determinadas sustancias, etc.

En todos estos casos, las consecuencias suelen ser negativas, afectando de forma significativa a nuestro auto-concepto y, por ende, a nuestra autoestima. Además, hay que tener en cuenta que estas tres estrategias no se pueden mantener mucho tiempo y que, de mantenerse, pueden llevarnos de una a la otra, pasando, por ejemplo, de estallar contra los demás, a hacerlo con uno mismo…

¿Existe algún modo más adecuado de gestionar nuestra vida emocional y que no tenga consecuencias tan aversivas para nosotr@s? La respuesta es, indudablemente, sí.

Imagina que pudieras coger tu vasija por las asas cuando tú lo desees, y que pudieras  derramar su contenido siempre que lo deseases, para que pesase menos llevarla contigo, para no acumular emociones de forma innecesaria, para que no fuera inevitable llenarla hasta los topes…, para caer en la cuenta de que dicha vasija merece algo de atención.

La apuesta por la gestión inteligente de las emociones nos ofrece la oportunidad de manejar nuestra vasija a nuestro antojo, decidiendo en cada momento qué sentimientos y emociones deseo expresar y compartir, cuáles puedo elaborar por mí mism@ y sin ayuda, etc.

Para lograr este objetivo, uno debe primero darse cuenta de que tiene una vasija… Hemos de darnos cuenta que a veces nos cuesta gestionar nuestro mundo emocional y vamos acumulando cosas, poco a poco, que no terminamos de elaborar adecuadamente. Y es que hay que cuidar la vasija, porque repararla, en caso de ruptura, es siempre más complicado. Así que una vez hayamos conectado con nuestra vasija personal, tengo que aprender cómo gestionarla.

Cada persona ha de entrar en contacto con sus emociones y sentimientos, con cómo gestionamos nuestros particulares cocktails emocionales. Para ello, puede resultar útil seguir el siguiente proceso:

  1. Identifica las emociones que te cuesta gestionar, como la ira, la tristeza o el miedo, de manera que puedas distinguirlas, aunque estén presentes en la misma situación. Poner nombre a la emoción es una manera de entrar en contacto con ellas y de diferenciarlas de los sentimientos.
  2. Acepta que eso que sientes es auténticamente tuyo: es TU miedo, TU tristeza, TU enfado, TU frustración… Algunas personas no se dan permiso para sentir determinadas emociones y sentimientos, porque eso afectaría de forma importante a su manera de verse a sí mism@s.
  3. Analiza el significado que esa emoción o sentimiento tiene para ti en esa situación. De este modo, verás que una emoción no es en sí misma negativa o positiva, que todas nos aportan información útil acerca de nosotr@s mism@s, de la situación, o de ambos.
  4. ¿De qué otra manera podrías interpretar eso que estás sintiendo? Si cambio el significado que estoy dando a mis emociones, si soy capaz de darme tiempo para averiguar qué me aporta esta emoción, seguramente podré cambiar las acciones a las que mi emoción me impulsa. Dejaré de reaccionar, para actuar de forma más inteligente.

Porque el objetivo de gestionar las emociones no es otro que el de aprovechar su impulso hacia la dirección a la que realmente deseamos dirigirnos. Algunas emociones nos bloquean porque el significado que le atribuimos es absolutamente negativo, tanto, que la intensidad de la misma emoción nos impide hacer eso que, decididamente, habíamos elegido para nosotr@s.

Sin embargo, si soy capaz de conectar con lo que realmente siento, seguramente me daré tiempo de elegir lo mejor para mí, de aceptar que lo que siento es auténticamente mío; así, podremos coger por las asas nuestra vasija y derramar lo que no nos sirve, desprendernos de ello y utilizar lo que consideremos más adecuado para nuestros objetivos. Solo después de entrar en contacto con lo que siento, puedo desprenderme de ello, si así lo decido.

Apsu.

Vuelve el Blog de Apsu y Tiamat

Estimados lectores,

Tras unos meses en los que se ha estado trabajado muy intensamente para mejorar las prestaciones de Crecimiento Positivo en diversas áreas, como la formativa y la terapéutica, el Blog de Apsu y Tiamat vuelve a estar en funcionamiento como espacio de reflexión en el que ir comentando, a través de los artículos, algunas experiencias para seguir creciendo juntos.

Es un placer anunciar la llegada de nuevas secciones en el Blog, relacionadas con temáticas que muchos lectores habituales habéis solicitado. Os pido paciencia con los artículos, que se irán publicando mes a mes; y también os animo a seguir participando con vuestras sugerencias y opiniones.

Un afectuoso saludo.

Antonio Corredera Larios.

Director de Crecimiento Positivo.

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