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Perderse en el camino

Recorrer el camino personal e intransferible de cada uno, salirse del sendero del conformismo y la aceptación de algo que en realidad no deseo, supone en ocasiones conectar primero con la sensación de vacío que podemos experimentar al encontrarnos perdidos… ¿Cuándo sucedió? ¿En qué momento? Como cuando somos niños, saber que me he perdido supone […]

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Apsu y Tiamat: el blog de Crecimiento Positivo

Como dioses de la creacion babilonica, Apsu y Tiamat muestran dos caras de un mismo elemento: el agua. Apsu es el agua dulce, y el principio masculino; Tiamat es el agua salada, y el principio femenino. En este blog ambos se encargan de reflexionar desde dos puntos de vista diferentes, diversos aspectos de la realidad humana.

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Cuando no crecemos en el vínculo de pareja

A veces nos descubrimos a nosotros mismos bloqueados, indefensos, incapaces de modificar una situación en la que no nos gusta estar. Muchas personas, estando en pareja, se hacen responsables de procesos que, o bien no son su responsabilidad, o bien se trata de una responsabilidad compartida. Cuando uno siente que la relación de pareja en la que está, que el vínculo y su crecimiento, dependen de él o ella únicamente, se cae en el error de asumir más responsabilidad de la que nos compete.

Algunas personas están tan pendientes del otro, de cómo está, de cómo se siente, de no hacerle daño… que se llegan a olvidar por completo de preguntarse a sí mismos cómo se sienten, dejando de estar en contacto con una de las claves que me indica si la relación y el vínculo es sano: mi propio crecimiento.

Porque si el vínculo que mantenemos juntos no me permite crecer, me ahoga, me bloquea y me retiene… hemos de empezar a preguntarnos si realmente deseamos estar en esa relación y porqué.

Porque nos queremos“. Esta es una respuesta habitual que algunas personas utilizan para solventar la anterior cuestión. Pero, a veces, el amor no es suficiente. Porque a veces confundimos amar con tener cariño por alguien, o con estar enganchados… Y si estamos enganchados es imposible crecer: ni tú, ni yo, ni el vínculo.

En ocasiones, estas personas, desde su bloqueo y siendo conscientes de que no están a gusto, de que no crecen en la pareja (incluso sabiendo que su pareja tampoco crece),  se mantienen allí porque experimentan intensas emociones y sentimientos negativos ante la sola idea de replantearse la relación. El miedo, la culpa y la tristeza que anticipan como inevitables a la pérdida del vínculo les mantienen allí. Incluso pueden alimentar la fantasí de que “el problema es mío, todo va bien, puesto que nadie más se queja“.

Las personas de nuestro alrededor, nuestras familias y amigos, la propia pareja, podrían sentirse apenados, frustrados, desconcertados, perdidos…  ¿Cómo voy a hacerles “eso”? Instalados en un sentimiento de culpa que les bloquea por completo, deciden no hacer nada y decapitar así su propio crecimiento. Sus sueños, expectativas e ilusiones dejan de ser importantes y la autoestima de estas personas queda seriamente afectada.

Uno de los elementos que una pareja debe cuidar mucho es la comunicación. ¿Por qué, una vez he llegado aquí, no planteo lo que siento y proponemos una serie de soluciones? En lugar de enfocarnos sobre el origen del problema, o sobre esas discrepancias que generan conflictos, podría resultar más útil conectar con lo que siento y comunicarlo, escuchar cómo se siente el otro, y ver qué cosas, qué acciones podríamos llevar a cabo juntos para reinstaurar un equilibrio sano en la relación: así TODOS crecemos en el vínculo.

Evidentemente, cada persona ha de comprender por sí misma qué es crecer en pareja, porque no todos tenemos los mismos objetivos ni las mismas prioridades… No hay “recetas” para llegar a la felicidad en la pareja, para conseguir determinados objetivos, aunque sí está mucho más claro lo que no hay que hacer, las conductas y actitudes que hemos de procurar comprender y evitar para seguir creciendo en pareja.

Una de las cosas que no hemos de olvidar es que somos dos personas diferentes, que han decidido recorrer parte de sus caminos juntos, comprometiéndose, a veces no muy conscientemente, a cumplir con objetivos que son, en principio, compartidos: una vida en común. Si olvidamos nuestros objetivos personales, si los postergamos, si creemos que no son tan importantes como los que construimos con nuestra pareja, es posible que corramos el riesgo de  perder nuestros sueños y de empezar a cultivar esa sensación de bloqueo e indefensión anteriormente mencionada.

Es fundamental recordar nuestros sueños personales, quiénes somos, para estar auténticamente con el otro; para poder compartir nuestro camino, tengo que estar conectado tanto con los sueños, fantasías y proyectos comunes, como con los que son únicamente míos.

Si sentimos que no crecemos estando con la otra persona, hemos de plantearnos qué es lo que no está yendo bien, empezando por revisarnos a nosotros mismos. Caemos fácilmente en el error de culpar, de responsabilizar a la otra parte de nuestra infelicidad, de nuestro bloqueo o de nuestra indefensión y le exigimos que cambie, con la esperanza puesta en que ese pequeño cambio supondrá una gran diferencia.

Muchas personas utilizan esta estrategia porque les asusta mirarse; la sola idea de girarse hacia sí mismos y encontrar que ellos son, en parte, los responsables de su actual situación, les aterra. Pero es una buena noticia volver a conectar con uno mismo, porque a partir de ahí seré capaz de retomar el control sobre mí mismo, sobre lo que puedo aportar a la relación y al vínculo.

Una vez hemos conectado con nosotros mismos de nuevo, el siguiente paso es identificar nuestros sentimientos, pornerles nombre y compartirlos con nuestra pareja, exponiendo nuestra necesidad de apego y cuidado del vínculo, aceptando que el otro no está para cubrir todas nuestras expectativas, pero siendo conscientes de que la dinámica que veníamos utilizando hasta ahora ya no sirve, puesto que no me permite crecer.  Solo conociendo la dinámica que nos ha llevado a la situación actual, cada uno desde su posición, asumiendo su parte, podremos llegar a iniciar un camino que nos lleve al reencuentro.

Pero a veces, a pesar de todos los esfuerzos, del cariño que se le puede tener a la otra persona…, no hay nada que hacer. El vínculo que nos hacía crecer a ambos ya no existe, y no hay forma de repararlo. Entonces hay que saber despedirse, no caer en el error de engancharse a una persona con la que, en realidad, no deseamos seguir vinculados, al menos no del mismo modo. Esta es una tarea especialmente difícil, la de descubrir si estamos enganchados, y que puede resultar dolorosa por las pérdidas que hay que asumir, pero que resulta necesaria para sentir que volvemos a crecer.

Apsu y Tiamat.

Vasijas Emocionales

Los seres humanos, en ocasiones, nos encontramos en situaciones en las que nos vemos absolutamente desbordados por nuestras emociones, incapaces de hacer otra cosa que no sea reaccionar ante lo que sentimos. Estas reacciones, que responden a la experimentación de un conjunto de emociones que interactúan entre sí y que resultan difíciles de manejar (lo que en Crecimiento Positivo solemos llamar cocktail emocional), nos llevan a posteriores juicios de valor acerca de nuestro comportamiento de los que no salimos bien parados: “… debería haber dicho aquello…”, “… no tendría que haber hecho…”, etc. Estos pensamientos, que tienen forma de auto-reproche, generan nuevos sentimientos negativos hacia nosotros mismos que dañan nuestra autoestima. ¿Y qué está en el origen de este complicado proceso? Nuestra capacidad para manejar nuestra “Vasijas Emocionales”.

Esta metáfora sugiere que cuando sentimos alegría, miedo, satisfacción, ira, tristeza… y no tenemos tiempo para elaborarlas, las vamos introduciendo en una especie de vasija. Las emociones negativas, que suponen un gran peso para nosotros, van llenando este recipiente, mientras que las emociones positivas tienen el efecto maravilloso de no acumularse dentro y de, en ocasiones, ayudar a ir vaciando nuestra vasija personal.

Creemos que nuestra vasija es muy fuerte, resistente y profunda, porque por más que la llenamos, nunca parece desbordarse… Pero el caso es que, de cuando en cuando y, para algunas personas muy frecuentemente, nuestra vasija emocional rebosa. La hemos llenado de emociones negativas que no elaboramos, de manera que llegados a este punto… estallamos. En función de la historia particular de la persona y de la situación en la que se encuentre, las consecuencias de llenar nuestra particular vasija son:

  • Romper la vasija lanzándola contra objetos o personas: llega un momento en que la única manera que encontramos de gestionar lo que nos ocurre es explotar. estos estallidos emocionales son muy violentos, pero se manifiestan de diversas formas, como por ejemplo, a través de la ira y la agresión.
  • Derramar el contenido de la vasija sobre uno mismo: otro modo inadecuado de gestionar el contenido de nuestra vasija es vaciarla sobre nosotros mismos, reexperimentando todas esas emociones negativas y auto-reprochándonos no haber sabido actuar en aquellas situaciones originarias.
  • Hacer pequeños agujeros en la vasija para generar “escapes”: otras personas realizan determinadas actividades que les sirven para “desahogarse” en lugares donde una respuesta agresiva no está socialmente sancionada. Así, estas personas realizan deportes de contacto, consumen determinadas sustancias, etc.

En todos estos casos, las consecuencias suelen ser negativas, afectando de forma significativa a nuestro auto-concepto y, por ende, a nuestra autoestima. Además, hay que tener en cuenta que estas tres estrategias no se pueden mantener mucho tiempo y que, de mantenerse, pueden llevarnos de una a la otra, pasando, por ejemplo, de estallar contra los demás, a hacerlo con uno mismo…

¿Existe algún modo más adecuado de gestionar nuestra vida emocional y que no tenga consecuencias tan aversivas para nosotr@s? La respuesta es, indudablemente, sí.

Imagina que pudieras coger tu vasija por las asas cuando tú lo desees, y que pudieras  derramar su contenido siempre que lo deseases, para que pesase menos llevarla contigo, para no acumular emociones de forma innecesaria, para que no fuera inevitable llenarla hasta los topes…, para caer en la cuenta de que dicha vasija merece algo de atención.

La apuesta por la gestión inteligente de las emociones nos ofrece la oportunidad de manejar nuestra vasija a nuestro antojo, decidiendo en cada momento qué sentimientos y emociones deseo expresar y compartir, cuáles puedo elaborar por mí mism@ y sin ayuda, etc.

Para lograr este objetivo, uno debe primero darse cuenta de que tiene una vasija… Hemos de darnos cuenta que a veces nos cuesta gestionar nuestro mundo emocional y vamos acumulando cosas, poco a poco, que no terminamos de elaborar adecuadamente. Y es que hay que cuidar la vasija, porque repararla, en caso de ruptura, es siempre más complicado. Así que una vez hayamos conectado con nuestra vasija personal, tengo que aprender cómo gestionarla.

Cada persona ha de entrar en contacto con sus emociones y sentimientos, con cómo gestionamos nuestros particulares cocktails emocionales. Para ello, puede resultar útil seguir el siguiente proceso:

  1. Identifica las emociones que te cuesta gestionar, como la ira, la tristeza o el miedo, de manera que puedas distinguirlas, aunque estén presentes en la misma situación. Poner nombre a la emoción es una manera de entrar en contacto con ellas y de diferenciarlas de los sentimientos.
  2. Acepta que eso que sientes es auténticamente tuyo: es TU miedo, TU tristeza, TU enfado, TU frustración… Algunas personas no se dan permiso para sentir determinadas emociones y sentimientos, porque eso afectaría de forma importante a su manera de verse a sí mism@s.
  3. Analiza el significado que esa emoción o sentimiento tiene para ti en esa situación. De este modo, verás que una emoción no es en sí misma negativa o positiva, que todas nos aportan información útil acerca de nosotr@s mism@s, de la situación, o de ambos.
  4. ¿De qué otra manera podrías interpretar eso que estás sintiendo? Si cambio el significado que estoy dando a mis emociones, si soy capaz de darme tiempo para averiguar qué me aporta esta emoción, seguramente podré cambiar las acciones a las que mi emoción me impulsa. Dejaré de reaccionar, para actuar de forma más inteligente.

Porque el objetivo de gestionar las emociones no es otro que el de aprovechar su impulso hacia la dirección a la que realmente deseamos dirigirnos. Algunas emociones nos bloquean porque el significado que le atribuimos es absolutamente negativo, tanto, que la intensidad de la misma emoción nos impide hacer eso que, decididamente, habíamos elegido para nosotr@s.

Sin embargo, si soy capaz de conectar con lo que realmente siento, seguramente me daré tiempo de elegir lo mejor para mí, de aceptar que lo que siento es auténticamente mío; así, podremos coger por las asas nuestra vasija y derramar lo que no nos sirve, desprendernos de ello y utilizar lo que consideremos más adecuado para nuestros objetivos. Solo después de entrar en contacto con lo que siento, puedo desprenderme de ello, si así lo decido.

Apsu.

Vuelve el Blog de Apsu y Tiamat

Estimados lectores,

Tras unos meses en los que se ha estado trabajado muy intensamente para mejorar las prestaciones de Crecimiento Positivo en diversas áreas, como la formativa y la terapéutica, el Blog de Apsu y Tiamat vuelve a estar en funcionamiento como espacio de reflexión en el que ir comentando, a través de los artículos, algunas experiencias para seguir creciendo juntos.

Es un placer anunciar la llegada de nuevas secciones en el Blog, relacionadas con temáticas que muchos lectores habituales habéis solicitado. Os pido paciencia con los artículos, que se irán publicando mes a mes; y también os animo a seguir participando con vuestras sugerencias y opiniones.

Un afectuoso saludo.

Antonio Corredera Larios.

Director de Crecimiento Positivo.

Un año de Crecimiento Positivo

Hace poco más de un año, una idea, que surgió en una conversación con una importante persona de confianza, nos llevó a desarrollar un proyecto de divulgación de conocimientos en el área de la Psicología Positiva al que denominamos, entre esa persona y yo, Crecimiento Positivo. En aquel momento no lo sabía, pero esta persona de la que hablo me ayudó a transformar mi vida dándome una manera de estructurar mi proceso personal.

Durante este año he tenido que aprender lecciones muy importantes desde lugares muy poco agradables.  He aprendido a convivir con mis emociones más difíciles y a experimentar mis peores facetas, aquellas que nos escondemos incluso a nosotros mimsos, aquellas que escondemos a los demás por temor a quedarnos solos.

tristeza

En ocasiones, nuestra trayectoria vital nos enfrenta a nosotros mismos de manera descarnada y nos obliga a hacerlo de frente, porque la otra alternativa, huir, ya no resulta posible: estás en un callejón sin salida. Y, si alguna vez estás en un callejón como este y no saber cómo continuar, por favor: da media vuelta y elige otro camino. Nos da un miedo tremendo equivocarnos; vivimos tan presionados por el éxito que creemos que debemos alcanzar ya que olvidamos la importancia de cometer errores en el camino… y aprender de ellos.

Es en estos momentos en los que parece que has tocado fondo en los que aparece la oportunidad de volver a conectar con lo que creías haber perdido: tú mismo. Todas nuestras experiencias poseen la capacidad de conectarnos con nosotros mismos, si estamos dispuestos a aceptar lo que sentimos. Y es que eso que siento, también es mío. En parte, lo construyo yo.

No creo que haya fórmulas universales para situaciones de crisis existencial; en mi opinión, creo que lo que sí podemos establecer son estilos de afrontamiento, de estas situaciones, más saludables que otros. ¿Por qué algunas personas, en estas situaciones, se derrumban, mientras que otras logran reinventarse a sí mismas? El concepto de RESILIENCIA así lo explica: es la habilidad que nos permite enfrentarnos a la adversidad, sacando lo mejor de nosotr@s mism@s, permitiendo reconstruirnos creativamente. Lo mejor de todo es que es algo que se puede aprender, cultivar, desarrollar…

Hace tiempo, un gran amigo me recomendó este discurso de Steve Jobs, el creador de Apple, cuyas palabras cobran hoy otro sentido más trascendental: “en algún momento, los puntos conectan“. Pero, ¿en qué momento? Creo que eso no podemos saberlo demasiado bien. En mi experiencia personal y profesional, solo puedo decir que todas las experiencias suman, tienen el potencial maravilloso de ayudarnos a crecer.

En una sociedad en la que no hay grandes certezas, “la clave del éxito está en aprender a manejarse bien dentro de la incerdibumbre“.  Cuando pronuncié esta frase por primera vez lo que me llamó la atención fue la reacción de laspersonas que la escucharon: un silencio respetuoso y reflexivo, acompañado de sonrisas y asentimientos. Ahora, meses después, esta frase resume gran parte de mi trabajo actual y de mi estilo de vida.

superación

El momento de crisis me sirvió para conectar conmigo de nuevo y para ponerme en el camino de redescubrir quién soy. Y en este camino, sendero por el que transitamos todos, de forma paralela, descubrí un objetivo, un propósito con el que me he comprometido y que ayuda a dar sentido a mi vida. Esta ha sido la experiencia subjetiva, el conjunto de significados que ha transformado todo. Después, a nivel práctico, he basado mi último año en una serie de pilares sencillos:

  • Paciencia: porque ante la incertidumbre, el deseo de conseguir YA mis objetivos supone un freno en lugar de una ayuda. Aprender a ser pacientes me permite sentirme bien aunque no haya alcanzado todavía mi meta.
  • Perseverancia: la única manera de llegar a donde quiero, a pesar de la adversidad, es continuar avanzando en esa dirección, continuar soñando con mi meta. La perseverancia es una actitud, pero que se demuestra con acciones específicas.
  • Talento: descubrir mis fortalezas personales y ponerlas en práctica me ayudará a mantenerme en el camino de lograr mis sueños. Todos tenemos algún talento; se trata de descubrirlo y de multiplicar las ocasiones en las que lo pongo en marcha.
  • Esfuerzo: sin esta última contribución, no habría sido posible llegar donde he llegado, ni tampoco habría disfrutado tanto de algunas partes del trayecto. Sin esfuerzo, lo más seguro es que hubiera abandonado en esas otras partes del camino más tenebrosas.

No sabía en qué momento los puntos iban a conectar. Pero el único modo de asegurarme de que las cosas podrían ir bien era continuar caminando el sendero, a pesar de que los deseos de abandonar, de pararme a dormitar un buen rato, presionasen fuerte.

En este primer año se han consolidado algunos proyectos dentro de Crecimiento Positivo, como su área terapéutica y formativa, con los cursos de Educación de las Emociones recientemente impartidos, y además se han comenzado a desarrollar otros proyectos que serán presentados en los próximos meses. El Blog de Apsu y Tiamat ha tenido un gran número de lector@s, a los que agradezco muchísimo sus visitas y comentarios (tanto publicados como no publicados).

A todas las personas que habéis hecho posible que este sueño siga desarrollándose, amig@s, colaborador@s, lector@s, colegas, compañer@s, pacientes, clientes y alumn@s: GRACIAS DE CORAZÓN.

Antonio Corredera Larios.

Director de Crecimiento Positivo.

¿Autocontrol Emocional?

En la sociedad actual, cuyo ritmo impone una velocidad que difícilmente permite procesar adecuadamente la información relevante para nosotros mismos, se han configurado una serie de esquemas cognitivos que delimitan aquello que es aceptable y aquello que no lo es. Vivimos en un momento histórico en el que los elementos racionales son tremendamente valorados y se toman en cuenta como lo deseable en la mayor parte de ocasiones. Si bien los contenidos cognitivos y racionales, son necesario para, por ejemplo, facilitar ciertos procesos como la toma de decisiones, la configuración de este modelo ha establecido que todo lo que tenga que ver con lo emocional, como opuesto a lo racional, es negativo.

 

De este modo, desde muchos lugares diferentes, se nos “invita” a la racionalidad desde el rechazo por lo emocional. Las emociones aparecen, por tanto, como signo de debilidad, como síntoma de un déficit de algún tipo, como una especie de inmadurez de la que debemos hacernos responsables. Y desde estos modelos se nos invita a controlar nuestras emociones. Si reflexionamos brevemente seguro que todos podemos recordar escenas que hemos vivido en las que se recompensaba verbalmente a aquellos que parecían “controlar sus emociones” y se culpaba o reprendía a aquellos que mostraban ante los demás lo que estaban sintiendo. Si bien hay contextos en los que mostrar determinadas emociones puede ser valorado como negativo, no debemos creer que el denominado autocontrol emocional es un método adecuado para solucionar algún tipo de problema.

El autocontrol emocional parte de una premisa que, humildemente, considero equivocada ya que, desde este lugar, se apuesta por la siguiente sentencia: no se pueden controlar las emociones.

Parece un hecho sin importancia, pero elegir un paradigma, un modelo sobre qué son las emociones, u otro, modifica nuestra relación con las mismas. De esta manera, creer que las emociones son lo contrario a la razón, concebirlas como algo a evitar, ya que dejarnos llevar por ellas suele tener consecuencias negativas, puede llevarnos a estar convencidos de que el control es una solución adecuada.

La apuesta por el control emocional tiene, como es lógico, consecuencias. Y son dichas consecuencias las que desaconsejan seguir la vía del control con nuestras emociones. Por un lado, controlar las emociones supone, de manera práctica, realizar (al menos) las siguientes acciones:

  1. intentar bloquear lo que se siente cuando se está sintiendo, con el objetivo de ser racional y cumplir con el criterio social de ser “correcto”, y
  2. dificultad para reconocer las propias emociones, ponerles un nombre y darles un significado.

Evidentemente, ambas estrategias de control forman parte de un mismo proceso que se va desarrollando en el tiempo y que se refuerza a sí mismo a través de los demás. Cuando conseguimos controlar nuestras emociones en determinadas situaciones sociales, se nos considera “maduros”, “racionales”, “objetivos”… Dicho de otro modo, hay todo un conjunto de personas que nos van a valorar por saber controlar nuestro mundo emocional. ¿Merece la pena el esfuerzo? Analicemos algunas de las consecuencias que esta estrategia conlleva.

El bloqueo emocional conlleva un efecto de acumulación que va creciendo dentro de nosotros. Cada emoción que nos negamos a sentir, cada emoción que frenamos, va dejando un poso negativo sobre nosotros, aunque no seamos conscientes del mismo. Muchas personas son capaces de estar meses acumulando emociones negativas sin expresarlas de ningún modo. Las emociones, tarde o temprano, necesitan una forma de expresión; solo necesitamos llegar a nuestro límite para comprobarlo. La explosión de una de las emociones negativas suele ser la consecuencia más habitual del proceso de bloqueo emocional: explosión de ira, explosión de tristeza (a través del llanto), etc.

Curiosamente, tienden a confundirse con facilidad como consecuencia del control emocional: es la ya mencionada dificultad para reconocer las propias emociones. Si no sé muy bien qué estoy sintiendo, porque me he negado durante mucho tiempo a sentirlo, a expresarlo, lo que puede ocurrir es que ya no sepa qué es exactamente lo que siento. Y si no sé qué emoción me está invadiendo, difícilmente voy a poder reconocer qué significa para mí en este momento y mucho menos cómo manejarla, excepto, claro, volviendo a bloquearla.

En cada explosión, vaciamos nuestro acumulador emocional y así estamos listos para volver al principio. Además, algunas personas encuentran actividades para retrasar la explosión y poder ir “descargando” en pequeñas dosis su propio acumulador: la práctica de deporte intenso, el consumo de determinadas sustancias, etc. Todo para lidiar con aquello que creemos que es secundario o impropio de un adulto responsable.

Pero, ¿no es nuestra responsabilidad saber manejar adecuadamente nuestro mundo emocional? Ya que el paradigma analizado que apuesta por el control emocional parece no ser el más adecuado, quizás habría que comenzar por cambiar la concepción que tenemos de las emociones.

Etimológicamente, emoción significa el impulso que induce a la acción. Desde esta perspectiva básica, la emoción no puede considerarse negativa en sí misma, así que necesitamos un nuevo modelo de las emociones y los sentimientos. Se podría establecer una división entre emociones positivas y negativas en función de las sensaciones y significados que tienen para nosotros, es decir, si nos agradan o desagradan. Hay que reconocer que, en ambos grupos, la intensidad de la emoción de la que hablemos puede ser la clave a partir de la cual nos resulte más o menos difícil gestionarla. Y es aquí cuando cambiamos de paradigma, al pasar del control a la gestión de las emociones.

Aunque hay emociones que parece que tienen un efecto universal sobre los seres humanos, o al menos parece que nos lleven por caminos similares, como puede ser la tristeza ante la pérdida de un ser querido, o la alegría de conseguir el ascenso que esperábamos, lo cierto es que cada individuo tiene que lidiar con sus propias emociones. Y que la única cosa que realmente tenemos en común es una mayor o menor dificultad con la intensidad de determinadas emociones.

Lejos de apostar por eliminar las emociones negativas, la visión que propongo en este artículo es la de comprender la necesidad de conectar con las emociones, tanto positivas como negativas, y aprender a gestionar inteligentemente la intensidad de las mismas.

Para conseguir este objetivo, hay que comenzar por saber qué es lo que siento, es decir, por aprender a reconocer mis emociones. El único modo de reconocerlas y discriminarlas entre sí es convivir con ellas, es dejarlas estar y ver qué es lo que significan para nosotros, qué nos aportan en ese momento, ya sea positivo o negativo.

Posteriormente, una vez que he sabido ponerle nombre y darle significado a esa emoción, es importante centrarnos en qué hacer con esa emoción. En este sentido, y en función de nuestros objetivos, tendremos que ver a qué se debe la intensidad de nuestra emoción. ¿Dicha intensidad se debe a una serie de pensamientos que fluyen al tiempo que siento? En un artículo anterior (¿Víctimas de nuestras emociones?) se explicó la importante relación entre los pensamientos y las emociones; mientras que éstas últimas siempre son reales, los pensamientos puede que no lo sean, pero que, debido a lo que sentimos, le estemos dando una credibilidad que no merecen sin pruebas. En este sentido, continuar apostando por esta línea resulta básico en la toma de decisiones sobre qué hacer con esa emoción.

Si resulta que la intensidad de nuestra emoción difícil se deriva de un conjunto de pensamientos que incrementan dicha intensidad, nuestro trabajo será buscar hechos y pruebas que refuten esos pensamientos. Así, reduciremos la intensidad de la emoción. Sin embargo, habrá ocasiones en que, incluso tras el análisis propuesto, la intensidad de la emoción no disminuirá. En el ejemplo propuesto con anterioridad, sobre la pérdida de un ser querido, la tristeza continuará ahí. No debemos tener miedo a seguir auténticamente lo que nos está sucediendo. Aquí el objetivo es darse permiso a sentir. Aceptar mis emociones es la clave para seguir construyendo significados positivos una vez pasado el primer impacto.

Los seres humanos tenemos la capacidad de gestionar nuestras emociones y transformar toda esa energía en algo creativo. La primera decisión a tomar pasa por cambiar de paradigma, rechazando la creencia de que las emociones y sentimientos son algo a evitar. A continuación, debemos aceptar las emociones, comprender los significados particulares que nos aportan y decidir qué hacer con ellas. Podemos elegir disfrutarlas, aprender de ellas, utilizando su energía para favorecer el autoconocimiento, crecer y transformarnos a nosotros mismos.

Apsu y Tiamat

Miedo a la Expectativa Positiva

En numerosas ocasiones, los seres humanos nos encontramos ante situaciones que suponen una oportunidad de alcanzar algo que nos gustaría conseguir: el ascenso que estábamos esperando, la cita con la persona que nos gusta, una mejoría en la relación con mi pareja, etc. Se podría decir que es una oportunidad que nos ofrece la vida para disfrutar del momento, para saborear lo que nos está sucediendo… Pero hay personas que, en lugar de disfrutar de la experimentación de las emociones positivas que aparecen ante la expectativa de éxito, se dicen a sí mismas que es mejor “no confiarse” porque “lo malo siempre puede suceder, de nuevo”.

De este modo, estas personas, ante situaciones que les plantean la posibilidad de disfrutar de algo que desean, eligen “conscientemente” no hacerlo. La clase de argumento en el que basan esta elección es “prefiero no hacerme ilusiones porque si luego no lo consigo, entonces me sentiré peor“. Puede ser que encontremos lógico este argumento, pero no puedo evitar plantear la siguiente pregunta: ¿cuál es el problema? Sí, porque lo que parece encerrar el anterior argumento es: “… me sentiré peor… y no podré soportarlo“.

Cuando una persona utiliza esta estrategia con frecuencia, se está perdiendo una de las satisfacciones que más sencillamente los seres humanos podemos alcanzar: saborear la expectativa positiva. Investigadores como el doctor Robert Sapolsky han encontrado en sus estudios que lo que pone en marcha los circuitos neuronales implicados en la felicidad (por ejemplo, secreción de dopamina) es la expectativa previa (la anticipación) de la recompensa esperada, y no tanto la consecución de la misma. Podría pensarse, por tanto que soñar y fantasear con que alcanzamos aquello que deseamos es una forma de anticipar la recompensa que está por llegar, pero también supone la oportunidad de imaginar cómo sería nuestra vida al alcanzar ese momento y planificar una estrategia en la consecución de dichos objetivos.

La doctora Barbara Fredrickson, autora del Modelo de Ampliación y Construcción, postula en sus estudios que la experimentación de emociones positivas tiene como consecuencia la ampliación y construcción de repertorios cognitivos que podrían, en un segundo momento, facilitar las acciones que nos lleven a la consecución de nuestros objetivos. Es decir, que sentir emociones positivas como la alegría, la satisfacción, la tranquilidad, el optimismo, etc., puede hacer que seamos más creativos en la búsqueda de soluciones y en la creación de planes orientados a metas. En último término, si llevamos a cabo esas acciones orientadas a metas con éxito, lo que lograremos es aumentar el repertorio de posibilidades ante una situación determinada, lo que nos transforma (al darnos nuevas opciones), generando nuevas emociones positivas y retroalimentando el sistema.

De este modo, y siguiendo la lógica de ambas líneas de estudio, la estrategia de coartar las emociones positivas para no decepcionarnos, para evitar sentir la frustración, también evita la posibilidad de, primero, sentir una serie de emociones positivas derivadas de la expectativa previa de lograr algo que deseamos y, segundo, de ser creativos en esa situación, de intentar soluciones diferentes, de pensar en las consecuencias positivas que tendría haber alcanzado ese objetivo, meta personal o logro.

Las personas que plantean el argumento que anteriormente comentaba, se están escudando en una lógica pesimista bajo la supuesta protección de lo neutro. Y es que el miedo a la frustración, a no lograr lo que deseamos, a sentir la decepción del “fracaso”, nos empuja en muchas ocasiones a esta actitud “pesimista”. ¿Qué consecuencias tiene basarnos en ese miedo a la expectativa positiva?

Si construimos una creencia sólida, rígida y dogmática que nos protege de sentirnos mal, recurriremos a ella siempre que nos resulte necesario. Esta creencia nos “protegerá”, como decía, de los posibles fracasos que intentar alcanzar nuestros sueños y deseos conlleva. Pero esta protección es tan falsa como la creencia en la que se quiere sustentar. El miedo a no poder soportar la frustración nos puede llevar a tomar determinadas decisiones con el objetivo de tratar de evitar el dolor; pero esto no garantiza que no vayamos a sentirlo.

Al desear evitar la expectativa positiva eliminamos también la posibilidad de soñar con el éxito, de vernos a nosotros mismos alcanzando nuestros objetivos. Estas formas de “visualización” nos pueden ayudar a construir el plan de acción que nos acerque al éxito, a la meta, al objetivo. Si dejamos que las emociones positivas que surgen de la expectativa de éxito nos envuelvan, y ampliamos los repertorios cognitivos, habrá muchas más opciones de planificar los pasos que me llevarán al objetivo. Pero resulta muy importante, en dicha planificación, contemplar la posibilidad de que no lo consiga y establecer también unas directrices básicas que me permitan reaccionar ante tal situación.

Las personas que evitan la expectativa positiva consiguen eliminar la posibilidad de verse en el éxito y también en el fracaso, por lo que no pueden planificar los pasos que le lleven a su objetivo ni tampoco pueden elegir cómo van a a reaccionar si las cosas no salen como esperaba. Soñar, visualizar y saborear la expectativa, en este sentido, es como un ensayo general de lo que puede ocurrir si persevero. Porque todo este asunto de la expectativa positiva no sirve de mucho si no incluyo en el proceso la acción orientada a metas.

La expectativa del éxito, al iniciar un proceso emocional positivo que incluye el aumento de los repertorios cognitivos, facilita una ampliación de los posibles planes de acción a llevar a cabo. Si veo más posibilidades, en lugar de un único camino, lo más probable es que si me encuentro escollos en el mismo, sea capaz de sobreponerme. Porque, en definitiva, si lo que marca mi decisión de no dejarme llevar por la expectativa positiva es el miedo a no poder soportar la frustración de haberme equivocado, de no haber alcanzado la meta, entonces es que doy por supuesto que esas emociones negativas son “insoportables” para mí.

En último término, si convertimos esta evitación en una pauta habitual, lo que conseguiremos es eliminar una buena parte de las emociones, positivas y negativas, de nuestra vida. Algunas personas, que no ha aprendido a gestionar su mundo emocional, estarían encantadas con esa posibilidad. Pero surge un problema: es imposible no sentir emociones. De modo que si nos acostumbramos a esta pauta anterior, lo que ocurrirá es que bloquearemos gran parte de nuestras emociones, dificultando, con el tiempo, su reconocimiento. Si no sabemos que estamos sintiendo, no podemos saber cómo reaccionar ante ello. Si estamos bloqueados, tendremos dificultades para darnos cuenta de que tal vez es el miedo el que nos impide tomar otras decisiones, otros caminos.

Los procesos emocionales y cognitivos asociados a la generación de expectativas positivas acerca de un deseo que tenemos, pueden ayudarnos a preparar las acciones que nos acercarán a dicho deseo, al tiempo que nos permitirán contemplar las dificultades y elaborar planes secundarios de acción en caso de no lograr nuestra meta.

Tiamat.

Metáforas y Expresión Emocional

Los seres humanos tenemos la necesidad de expresar a nuestros compañeros de ruta nuestro mundo interior. Compartimos con ellos nuestras ideas, opiniones y pensamientos, nuestras inquietudes y perspectivas… y también nuestros sentimientos, estados de ánimo y emociones. Generalmente tendemos a frivolizar al hablar de expresión emocional, pero lo cierto es que permanentemente estamos expresando emociones: un gesto, una mueca, una reacción fisiológica… Somos bastante buenos manejándonos con las ideas y pensamientos, con el mundo racional, aparentemente consciente, mientras que mostramos más dificultades a la hora de expresar qué sentimos.

Cuando nos comunicamos con otras personas encontramos dificultades, en ocasiones, para que el otro comprenda lo que queremos decir. Puede que no encontremos las palabras adecuadas, que nos cueste ordenar la información del mensaje, o bien que nuestro interlocutor sea el que se muestra incapaz de atendernos o comprendernos. En esos momentos nos da la impresión de que hay una barrera infranqueable entre nosotros que nos impide conectar. Muchas personas se frustran y se enfadan con el otro (o consigo mismos), otros desisten en su intento, mientras que algunos siguen intentándolo de la misma forma repitiendo el resultado.

Llevo encima todas las heridas de las batallas que he evitado.

Fernando Pessoa.

Desde que somos pequeños nos educan para comunicarnos utilizando el lenguaje verbal, en su vertiente lógico-formal, donde la literalidad de los significados del mensaje es un punto fundamental para que la comprensión se produzca. Esta educación, cuyo objetivo es sentar las bases para el éxito comunicativo en el futuro (y en el presente), facilitando así el proceso de socialización, se combina frecuentemente con el uso del lenguaje metafórico. Este lenguaje es utilizado con los niños en un contexto en el que el juego está permitido, siendo el objetivo la comprensión paulatina y progresiva de conceptos y situaciones, así como una herramienta de entretenimiento. Un buen ejemplo son los cuentos.

Muchas personas ven limitada su experiencia con este lenguaje a este tipo de contextos, aunque lo cierto es que a lo largo de nuestra vida estamos expuestos a este tipo de lenguaje creativo y tenemos la oportunidad de utilizarlo en muchos otros contextos. La enorme relevancia y utilización del lenguaje lógico-formal en comunicación, tiene como consecuencia también la poca consideración que se le da a otros elementos de la comunicación, como el lenguaje no verbal.

En otros lugares he señalado la importancia y utilidad que los cuentos pueden tener para la construcción de significados que todos realizamos de cada situación que nos ocurre. En especial con los niños, sucede que creemos que hay cosas que no van a comprender y, por tanto, obviamos la necesidad que tienen de “rellenar vacíos” en la comprensión y construcción de la realidad que acontece. Los cuentos, por tanto, son una forma de rellenar ese vacío y adaptar los sucesos a la capacidad de comprensión del otro: el tipo de lenguaje que se utiliza en esta clase de narración es el metafórico.

Una metáfora es un elemento de la comunicación que permite la construcción de significados de una realidad a partir de otra descripción que no guarda relación directa, pero con la que comparte algún elemento. La palabra metáfora, en griego moderno, define al transporte que lleva a los viajeros del aeropuerto al avión; podría considerarse, entonces, que una metáfora es un “transportador” de significados.

En este sentido, una metáfora, expresada en forma de cuento, alegoría o aforismo, permite expresar, comprender y aceptar una realidad difícil, precisamente porque se “salta” todos los presupuestos lógico-formales, conectando con más facilidad con nuestras emociones y sentimientos. En el caso de los niños, que viven de forma más auténtica la conexión con sus emociones, una metáfora puede servir para facilitar la comprensión de una realidad compleja y darle forma y sentido. Con los adultos, que viven menos conectados a sus emociones (en esa burbuja lógico-formal-racional que construimos para “preservarnos”), el uso de metáforas sirve para saltarnos el mecanismo de transcripción literal de significados, y, desde la aparente distancia de una historia ajena a nosotros, conectar con algo genuinamente propio.

Un padre y una madre centauros contemplan a su hijo, que juguetea en una playa mediterránea. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta: ¿debemos decirle que solamente es un mito?

Kostas Axelos.

Al igual que la resaca que produce el movimiento de las olas sobre la orilla de la playa, la metáfora se aleja primero de nosotros, arrastrando nuestros pies lentamente, casi sin que lo percibamos, para luego salpicarnos de agua suavemente; de hecho, si nos dejamos seducir por su agradable sensación, terminamos por bañarnos en ella y reconocernos allí.

Una metáfora puede ser una oportunidad de comprensión, para conectar con algo que nos sucede, con un deseo o una fantasía que habíamos olvidado; también ofrece la oportunidad de compartir algo nuestro con el otro, lo que también puede enseñarnos lo mucho que tenemos en común. Con una metáfora, emisor y receptor parten de un lugar común, aunque con diferentes perspectivas e intenciones; del mismo modo, puede que lleguen a lugares distintos, a construcciones de significado diferentes, pero han compartido la misma ruta emocional sugerida en la metáfora.

La clave del significado de una metáfora está en la subjetividad; algunos autores, como Bernardo Ortín y Trinidad Ballester, opinan que “el significado de una metáfora lo aporta el que escucha, y no el narrador. El pensamiento subjetivo, en su divagación, produce nuevos significados”. Todo cobra sentido a partir de las emociones que surgen de esa historia, y que construyo como receptor del mensaje. Para el emisor, el significado puede ser otro, completamente diferente. Lo trascendente es la conexión emocional que aparece entre dos personas que comparten la metáfora, más allá del significado.

Como transportadora de significados, la metáfora es una oportunidad de autodescubrimiento, de crecimiento, de encuentro.

Para terminar, quiero proponerte un juego en el que las metáforas son solo el principio; cada uno tendrá que decidir qué es lo que inician: pueden ser utilizadas para revisar con qué partes de mí conectan, o qué significados comunes tienen para mi y otras personas. A lo largo del artículo hay alguna metáfora, que también puede utilizarse para percibir con qué partes de ti mismo conectan…

El juego consiste en completar las siguientes historias, reflexionando luego sobre los significados que tienen para cada uno de nosotros y qué emociones surgen del proceso:

  • … una balsa en medio del océano, flota a la deriva. Hay alguien tumbado, parece dormido… ¡Cuidado, está despertando! Parece algo aturdido; comienza a mirar a su alrededor y…

¿De dónde viene esta persona?, ¿Cómo ha llegado hasta allí?, ¿Cómo reaccionará a continuación y porqué?

  • Me sentía extrañamente nostálgico, allí sentado, en la parte de atrás del vagón del tren; me fijé en que estaba completamente vacío, excepto un asiento, justo en la cabeza del vagón, al otro lado. Así, de espaldas, me recordaba a alguien…, se parecía a mí. Al pensar en esa otra persona, que tal vez era yo, me sentía esperanzado…

¿Qué significa para ti esta historia?, ¿Por qué se siente el personaje de forma tan diferente al principio y al final?, ¿Cómo crees que continuaría la historia?

En función de nuestra propia historia, encontraremos ciertas similitudes con partes del camino que hemos recorrido, y también con partes que nos gustaría recorrer. Una metáfora, sugerida o percibida, puede conectarnos con partes que nos resultan familiares pero desconocidas de nosotros mismos, y que nos pueden facilitar el camino que sugiero recorrer en este artículo: el del autoconocimiento.

Apsu

Aceptar las Emociones

En muchas ocasiones, los seres humanos tenemos dificultades para gestionar situaciones en las que está presente una intensidad emocional más alta de lo habitual. Como he señalado en otros momentos, no nos manejamos muy bien con nuetro mundo emocoinal, e incluso tendemos a minusvalorarlo e incluso ignorarlo. Pero la verdad es que sentimos emociones, a diario, y éstas juegan un papel importante en nuestras vidas.

Algunas personas llevan esta tendencia más allá y consiguen bloquear su experiencia emocional; sienten algo, no hay duda, pero no saben muy bien qué. Durante algún tiempo este bloqueo les ha resultado beneficioso quizás para poder soportar una situación complicada. La mayor parte de las personas que han necesitado llevar a cabo este proceso, han terminado expresando sus emociones en forma de explosión. Por ejemplo, alguien ha perdido a un ser querido y no muestra ninguna reacción emocional, pero, en el momento más inesperado, un tiempo después, y estimulado por algún detalle que le ha recordado a la persona perdida, comienza a llorar y por fin conecta con su dolor.

El problema de esta estrategia de gestión de emociones difíciles, es que se corre el riesgo de generar una pauta a partir de la cual me desconecto de una parte importante de mi realidad, de quién soy, impidiéndome reconocer sensaciones y reaccionar ante ellas de manera sana. Puede que, incluso, me sienta incómodo ante la expresión emocional de los demás y pretenda racionalizar sus reacciones, no permitiendo al otro expresar su necesidad. Esta última forma de interactuar está socialmente bien vista, puesto que muchas personas consideran la expresión de emociones un síntoma de debilidad.

Es cierto que hay personas que aprenden a bloquear sus emociones negativas, acumulando su influencia hasta que consiguen expresarlas, a través de una “explosión”. Otras, pretenden también “controlar” sus emociones positivas quitándoles importancia, impidiéndose a sí mismos conectar con esa parte tan importante de sí mismo. Esta pauta de bloqueo emocional tiene consecuencias sobre nosotros que pueden resultar muy contraproducentes. No reconocer nuestro estado emocional es una de ellas; no saber muy bien si estamos tristes, enfadados o nerviosos, no tener muy claro de dónde vienen estas sensaciones, que generan un estado de ánimo determinado a partir del cual encaro mi realidad. ¿Por qué he reaccionado así en la reunión de esta mañana?, ¿por qué me siento mal cuando veo a esta persona?, ¿qué me pasa? Estas son preguntas que pueden surgir a partir de esta desconexión de nuestras emociones.

Como he mencionado anteriormente, existe una tendencia muy generalizada a menospreciar las emociones y, dentro de estas, las negativas además, reciben un trato especial. Se las considera relevantes y significativas, mucho más que a las positivas, que son consideradas superfluas; pero a pesar de ello no sabemos qué hacer cuando nos invaden. Evidentemetne, no nos gusta sentirlas porque resultan desagradables, de modo que las rechazamos, las ignoramos, las repudiamos y bloqueamos; es decir, como resultan incómodas, preferimos bloquearlas y deshacernos de ellas en lugar de tratar de comprender qué hacen ahí, en este momento. Las emociones nos movilizan a la acción pero también nos pueden enseñar mucho acerca de nosotros mismos si comenzamos a aceptar justo lo que estamos sintiendo, por desagradable que sea.

La búsqueda de la felicidad, camino que intentamos recorrer lo mejor posible, cada uno desde su lugar, no consiste en aumentar las sensaciones y emociones positivas y reducir las negativas, al menos no únicamente; este camino es una búsqueda de nosotros mismos, de modo que, para aumentar el autonocimiento, la aceptación será el primer paso. No podemos cambiar algo que no nos gusta, si primero no somos capaces de aceptar que nos pasa algo que no deseamos, algo que sentimos. Y para ello debemos comprender lo que nos está sucediendo. ¿Qué nos dice la emoción que nos invade? Nos dice algo de la situación y algo de nosotros mismos. Si ese “algo” no nos gusta, solamente podremos intentar cambiarlo a partir del momento en que podamos aceptar que forma parte de nosotros, que eso desagradable también somos nosotros.

Aceptar las emociones negativas supone darme cuenta y asumir que no soy perfecto, que no tengo porqué serlo y que hay una parte de mi con la que me cuesta interactuar, pero que sé que también es mía. Esta aceptación permite conectarnos con nosotros mismos de manera auténtica, originando un proceso en el que analizar la situación y gestionarla, por difícil que resulte, tendrá un resultado positivo: el crecimiento.

Una vez he aceptado que soy yo el responsable de esta emoción, y soy yo el que ha construido un sentimiento negativo, tendré que evaluar la importancia, conveniencia y significado que tiene para mí en este momento. Se trata de no apartarse de la emoción negativa, aceptarla tal y como es, porque este paso nos permitirá conectar con una parte de nosotros que, aunque no nos guste, también nos pertenece.

Solo a partir de este momento puedo decidir qué hacer con esta emoción, con este sentimiento. Aceptarlo tendrá, muchas veces, como consecuencia, la comprensión de que “es lo que hay”; dicho de otro modo, no puedo hacer nada para cambiar lo que siento ahora mismo y tengo que convivir un tiempo con esta emoción negativa. Pero en otras ocasiones me permitirá darme cuenta de la razón verdadera que origina esa reacción, poniéndome en el camino de encontrar una solución. Es en este momento, en el que me he dado cuenta de que soy yo el responsable de la intensidad de la emoción negativa, cuando puedo tomar la decisión de cambiar mi estado emocional.

De lo que se trata es de darnos permiso para convivir con nuestras emociones, para conectar con partes de nosotros mismos que tenemos escondidas, de manera que entonces podamos trabajar para integrarlas dentro de nuestra visión de quiénes somos.

Tiamat

La Importancia del Contacto

La sabiduría popular señala en ciertos contextos que “solo valoras algo cuando ya lo has perdido”. Generalmente se utiliza esta expresión para hacer referencia a determinadas pérdidas: una relación de pareja, un trabajo, un objeto preciado… Pero, qué ocurre con aspectos de nosotros mismos?

Los seres humanos estamos dotados de una serie de capacidades cognitivas que nos permiten recordar el pasado y planificar el futuro, lo cual resulta tremendamente útil en el proceso de aprendizaje, y muy adaptativo para afrontar situaciones del día a día. Lo malo es que podemos llegar a vivir permanentemente en esos dos constructos, pasado y futuro, y caer en una trampa habitual: dejar de vivir el presente. De este modo, al desconectarnos de lo único que tenemos (el presente) también conseguimos bloquear la posibilidad de conectar auténticamente con los demás y, lo que es peor, con nosotros mismos.

Muchas personas viven recordando su brillante pasado, y se presentan ante los demás como “el que hizo”, “el que una vez…”, etc. En lugar de disfrutar de sus recuerdos, los utilizan para transformar su realidad en una sensación de permanente melancolía, a partir del argumento: “cualquier tiempo pasado siempre fue mejor”. Otras personas, sin embargo, postergan su felicidad en un momento futuro, cuando consigan un ascenso, cuando nazca su hijo, cuando encuentre pareja, etc… Estas personas convierten su presente en un lugar sombrío que no está a la altura ni del pasado ni del futuro, impidiéndose a sí mismos conectar con lo bueno que les sucede a diario. Ni siquiera lo perciben.

Si mantenemos esta pauta a lo largo del tiempo corremos el riesgo de desconectarnos de partes de nosotros mismos que son tremendamente importantes, al tiempo que nos comienza a resultar difícil mantener relaciones satisfactorias con los demás. Y reforzamos nuestra tendencia, porque recordamos lo maravillosa que era esta relación antes, o bien lo “perfecta” que será mi vida cuando esta relación se consolide, o llegue a ese lugar que yo considero la felicidad. Mientras me lamento de las diferencias con el pasado y sueño con la “perfección” de ese futuro, me estoy perdiendo la oportunidad de conectar con el otro que tengo delante, percibir que ese momento es lo único que existe ahora mismo, y que disfrutarlo es el camino para transformar la relación en un encuentro satisfactorio (pasado, presente y futuro).

Si hemos mantenido esta tendencia durante mucho tiempo, es posible que tengamos dificultades incluso para darnos cuenta de que no vivimos el presente, de que nuestras relaciones ya no son auténticas. La única pista que tenemos de que algo sucede es que ya no somos capaces de disfrutar de las relaciones. ¿Qué ocurre? ¿Dónde está el problema? Muchas personas buscan la explicación menos comprometida y culpan al otro, directa o indirectamente, de esta situación; dicho de otro modo: te culpo a ti por mi incapacidad para disfrutar de nuestra relación.

El problema de fondo, en muchas ocasiones, es que hemos perdido la conexión con nosotros mismos, con nuestra parte más genuina, auténtica y creativa, esa parte de nosotros mismos que se da permiso a ser quien es y a compartirlo con los demás. Al habernos desconectado, no somos capaces tampoco de percibir nuestra responsabilidad en el proceso de pérdida; sentimos algo, pero no sabemos ponerle nombre, lo que genera aún más confusión.

Cada persona guarda en su interior la capacidad de conectar consigo misma y volver a disfrutar del presente. Cuando lo hacemos, situamos el pasado y el futuro en el lugar que les corresponde y entonces podemos recordar y planificar sin engancharnos a otras personas. Vivir el presente supone darle continuidad a ese que fuí ayer, al que soy ahora y al que seré mañana.

No hay reglas establecidas que dicten cómo podemos volver a contectar con nosotros mismos de nuevo. Pero sí es verdad que muchas personas coinciden en señalar una opción que les ha devuelto a sí mismos: el contacto. Dicho de otro modo, hay personas que han podido volver a disfrutar del presente e iniciar un proceso de autoconocimiento a través del contacto con los demás, del encuentro con otro significativo.

A algunas personas les resulta difícil explicar el momento en el que vuelven a conectar consigo mismas a través de un encuentro auténtico con otra persona. Hay algunos elementos interesantes que pueden explicar el fenómeno, aunque todos ellos parten del mismo lugar y, al tiempo, desembocan en ese mismo sitio: la intimidad.

Quiero compartir con vosotros la experiencia de alguien que pasó recientemente por este proceso; así lo relata: “Sentí como si el Ave Fénix prendiera de nuevo la llama de mi corazón; recordé muchas sensaciones que pensaba que no volvería a sentir y comprendí lo confundido que estaba; había una parte de mi que había olvidado y era precisamente lo que me impedía disfrutar de todo lo que hacía. En cierto modo, en ese momento, volví a nacer“. La clase de contacto que puede generar una narrativa como la que acabamos de leer es único; es un contacto que nos coneccta con nosotros mismos de nuevo, y que solamente se produce dentro de un encuentro auténtico entre dos personas.

El contacto físico con el otro, a través de un abrazo, o bien cogiéndole la mano, incluso mirarle a los ojos, puede devolvernos al presente y conectar con partes de nosotros mismos que creíamos olvidadas. Ese contacto inicia un proceso que parte de lo sensorial, la percepción de mi piel unida a la del otro, continúa con la generación de una emoción, y termina con la creación de un significado atribuido al encuentro. Todo esto sucede en el presente, aquí y ahora. Dejamos de recordar y planificar, y pasamos a ser solamente quienes somos, auténticamente.

De pronto descubro que yo soy esa emoción, que esa capacidad de conectarme a mí mismo y de no perderme en el día a día sigue siendo mía. Porque una de las razones que explican porqué me desconecto de mí mismo es precisamente el hábito aprendido, y socialmente compartido, de desvincularme de mis emociones; al considerarlas como fuente de problemas, y relevarlas a un segundo plano, renunciamos a una parte de quiénes somos.

Una vez he recuperado la capacidad de estar conectado conmigo mismos, puedo escuchar mejor mis deseos, me relaciono de forma más sana con el pasado y con el futuro, dejando de exigir que las cosas hayan sido de otro modo, de pretender que mi felicidad sea alcanzable al llegar a algún lugar del futuro. En ese momento, tal vez, sea capaz de darme cuenta de la oportunidad que el presente me regala: la oportunidad de descubrir quién soy en cada momento, de conectar con otras personas provocando encuentros significativos, de ser creativo y disfrutar de ello.

Apsu y Tiamat

Aprender a Resistir la Frustración

La frustración es un sentimiento desagradable que surge cuando las expectativas de una persona no se ven satisfechas al no poder conseguir lo que desea. Esta definición encierra el hecho de que la frustración es algo negativo, es una experiencia que debemos evitar o que solamente sirve para generar problemas. En parte, esta sentencia es cierta, pero también es cierto que la experiencia de frustración, como toda experiencia humana, ofrece la posibilidad de crecer, de aprender, de ser creativos.

Uno de los beneficios de trabajar con familias es que se tiene la oportunidad de averiguar cuáles son las preocupaciones que afectan a cada una de ellas de manera profunda, generando una impresión más amplia de cómo funcionan las dinámicas de interacción de sus miembros.

Los actuales padres tienen preocupaciones acerca de sus hijos que difieren mucho de las anteriores generaciones. Si bien todavía se comparten algunas, el hecho de vivir en otro momento histórico, social y económico, ha configurado un sistema en el que las prioridades se han modificado. Así, las preocupaciones de los padres giran en torno a una serie de temáticas diversas que cubren todas las necesidades de sus hijos. Una vez cubiertas las necesidades básicas de alimentación, vestido, salud, etc., los padres pasan a preocuparse de otras esferas, con la esperanza de que sus hijos puedan desarrollarse lo mejor posible, en todos los sentidos. Entre los deseos más comunes de los padres de cualquier generación, está el que sus hijos tengan la ocasión de elegir, de poseer bienes u oportunidades que ellos no tuvieron nunca.

De este modo, y de un tiempo a esta parte, es común entre los padres el dar, casi sin objeción, todo lo que sus hijos desean, solicitan o exigen. Porque, probablemente, incluso suceda en este orden. Primero desean, después piden, y acaban exigiendo. Desde el deseo legítimo de que sus hijos disfruten, se desarrollen sanos y felices, los padres cumplen con las peticiones / exigencias. El miedo que hay detrás de este comportamiento, en muchas ocasiones, es “a que nuestro hijo se frustre”.

¿Qué ocurre con la frustración? ¿Qué es lo que nos da tanto miedo de la frustración? Posiblemente, muchos padres se mueven desde la creencia de que la frustración está sobre la base del trauma, y el trauma, ya sea físico o emocional, es siempre visto como negativo. Muchos padres confiesan, por otro lado, que “para un rato que tengo con ellos, no quiero que se enfanden, que se frustren”. Desde luego, es una opción. Pero, ¿es la mejor opción desde el punto de vista educativo?

El miedo a la frustración de los hijos es, en primer lugar, un miedo ajeno, que nace de un pensamiento: la posibilidad futura de que nuestros hijos se sientan mal si no consiguen lo que quieren. Aquí hay dos cuestiones interesantes:

  1. Los padres se están anticipando a las consecuencias de algo que está por suceder. Es decir, estan cometiendo un error cognitivo conocido como “Error del Adivino”.
  2. ¿Quién ha dicho que sea bueno tener todo lo que se desea, cuando se desea y como se desea? De hecho, es difícil encontrar a alguien que no se haya enfrentado alguna vez a la experiencia emocional de la frustración.

Vivimos en una sociedad en la que estamos expuestos a la frustración. Un ascenso que no conseguimos, una cita que sale mal, perder un autobús que nos hará llegar más tarde a casa, etc… La frustración es una experiencia emocional que hay que aprender a manejar de la mejor forma posible. Sería muy negativo para nosotros si cada vez que algo no sale como esperábamos reaccionáramos de forma agresiva, rompiendo objetos o atacando a la gente, o, siguiendo uno de los ejemplos anterioes, que nos pusiéramos a llorar y patalear hasta que el jefe cambie de opinión y, efectivamente, reconozca su error dándonos ese ascenso.

Como adultos, reconocemos que el mundo en el que vivimos tiene límites en diversas áreas; algunos límites tienen que ver con nuestra biología (no poder volar), otros límites los hemos establecido socialmente para convivir (límites legales), y otros límites son los que marcamos individualmente para regir nuestro propio comportamiento. Los límites son necesarios para saber hasta dónde podemos llegar y también saber hasta dónde queremos llegar. Porque, en último término, un límite no es más que una elección consciente que facilita o entorpece el camino de cada uno, en función de lo que nos cueste aceptar las consecuencias de dicha elección.

Como he señalado en otros lugares, los niños van construyendo su propia realidad conforme acumulan experiencias vitales; en este sentido, son pequeños científicos que ponen a prueba su entorno, para conocer los límites del mismo. Como padres, hay que ayudarles a conocer el mundo que les rodea para facilitar su adaptación de la mejor manera posible, mediante el proceso que se denomina socialización.

De este modo, primero conocerán algunos límites físicos, que, de otro modo, pondrían su vida en peligro: cuando son bebés, les protegemos de casi todo, porque su afán explorador no conoce miedos ni límites. Hay que ayudarles, sin frenar su impulso “científico”, explorador y constructor, a conocer dónde están esos límites. Más adelante, cuando crecen, y empiezan a relacionarse con otras personas, nuestra ayuda continuará siendo la misma, solamente que cada vez se extenderá más su necesidad de conocer los límites de su mundo, en especial, los sociales.

En todo este proceso de crecimiento, de aprendizaje y construcción mutua (porque los padres no nace sabiendo y, por tanto, también aprenden del proceso), la frustración está presente siempre. Del mismo modo que frustramos con un NO su intención de explorar lo que sucede cuando se meten los dedos en el enchufe, porque eso pone en riesgo su vida, hay que volver a marcar límites en algunas peticiones, para que vaya ejercitando su resistencia a la frustración. No tener algo que se desea no es un síntoma de infelicidad ni tampoco de que vayan a odiar a quien está impidiendo cumplir ese deseo.

Desde luego, y como en todas las situaciones humanas, creo que se pueden marcar límites y enseñar a resistir la frustración de manera creativa. Si un bebé quiere acercarse a un enchufe, no significa que quiera meter los dedos en él; puede que quiera demostrar que puede llegar hasta allí y nada más. Como padres, evaluacmos que es peligros que meta los dedos en el enchufe, pero podemos intentar aportar una solución creativa que nos permita alcanzar los objetivos (proteger al bebé y explorar). Al margen de los adaptadores de enchufes que están en el mercado, creo que es interesante observar al bebé y estar atentos a posibles peticiones de ayuda. Si el mismo bebé experimenta lo que puede y no puede hacer, y le ayudamos, cuando sea necesario, a conseguir por él mismo sus objetivos, le estaremos ayudando a crear una sensación positiva de su propia capacidad.

Cuando los niños crecen y sus objetivos comienzan a ser más específicos, más complejos y más atemorizantes para los padres, la pauta de aplicación de creatividad a las soluciones es la misma. El niño o adolescente sigue poninedo a prueba los límites de su mundo y necesita saber hasta dónde puede llegar. Por ejemplo, en ocasiones, los niños pequeños tiran los objetos al suelo; algunos padres juzgan este comportamiento como “malo”, e incluso suelen decir que el niño es “malo”. Al margen del error que cometen al condenar al niño en lugar de la conducta específica de tirar objetos, no están teniendo en cuenta otras variables. ¿Para qué tira el niño el objeto? Sus objetivos son diversos, pero puede ser que esté poniendo a prueba algunas leyes físicas (porqué algunos objetos rebotan y otros se rompen, la propia gravedad, etc.), o bien que estén poniendo a prueba las reacciones de los adultos. Es posible que tengamos la imagen de un niño que está tirando una cosa al suelo muy despacio mientras mira a los adultos, que le están advirtiendo que no lo haga. No es malo, simplemente, quiere saber cómo reaccionarán los adultos.

La búsqueda de límites es habitual en todos los seres humanos, de cualquier edad, y, en todas las ocasiones se puede aprovechar para aportar soluciones creativas. En el caso del niño que tira objetos, está claro que el objetivo educativo es que aprenda qué objetos se pueden tirar y cuáles no. Se puede proponer un juego en el que los participantes (adultos y niños) interactúan entre sí y con una serie de objetos, algunos de los cuales se pueden lanzar y tirar y otros no. El que el niño vea de forma natural, a través del juego, cómo son las normas de los adultos les servirá para comprender mejor las relaciones entre su comportamiento y las consecuencias del mismo.

Manejar la frustración es una condición básica para adaptarnos adecuadamente a la sociedad. De hecho, puede ser una experiencia enriquecedora, en el sentido de que, además de ayudarnos a conocer los límites (propios o socialmente admitidos), nos permite intentar soluciones diferentes, nos aporta una experiencia de resistencia, que resultará fundamental para continuar persiguiendo nuestros objetivos y servirá como aprendizaje para demorar la recompensa.

Existen diversos estudios que relacionan la resistencia a la frustración con la prevención del desarrollo de trastornos emocionales, como la depresión, o determinadas conductas de riesgo, como el consumo de drogas. Si soy capaz de resistir el hecho de no conseguir lo que deseo, por el momento, no sólo perseveraré en el intento, sino que, con toda probabilidad, estaré menos dispuesto a evadirme de la realidad que me disgusta, evitando así caer en problemas más profundos y difíciles de resolver.

La tolerancia a la frustración nos expone, asimismo, a dos experiencias enriquecedoras y de crecimiento: en primer lugar, nos permite expresar soluciones creativas, lo que incluye el hecho de experimentar sensaciones positivas durante la “invención” de dichas soluciones, así como una mejora en el autoconcepto y la autoestima, tanto mayor en función del éxito de la nueva solución. Pero aunque la solución no fuera del todo efectiva, la experiencia de creatividad es positiva en sí misma y resulta casi siempre transformadora. En segundo lugar, la tolerancia a la frustración supone, siempre, una mejora en la habilidad de resiliencia, que se expresa no solamente en la capacidad creativa de aportar nuevas soluciones, sino también en la vivencia de resistir el que no se cumpla inmediatamente aquello que deseo.

En definitiva, el miedo de los padres a que sus hijos se “frustren” puede transformarse en una oportunidad para afrontar de forma nueva la situación. Si conseguimos aceptar que la frustración forma parte de la vida y que enseñar a tolerarla conlleva beneficios a medio y largo plazo, estaremos contribuyendo a que nuestros hijos tengan mejores habilidades para resolver problemas en el futuro.

Tiamat.

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