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Category 'Psicología Positiva'

¿Autocontrol Emocional?

En la sociedad actual, cuyo ritmo impone una velocidad que difícilmente permite procesar adecuadamente la información relevante para nosotros mismos, se han configurado una serie de esquemas cognitivos que delimitan aquello que es aceptable y aquello que no lo es. Vivimos en un momento histórico en el que los elementos racionales son tremendamente valorados y se toman en cuenta como lo deseable en la mayor parte de ocasiones. Si bien los contenidos cognitivos y racionales, son necesario para, por ejemplo, facilitar ciertos procesos como la toma de decisiones, la configuración de este modelo ha establecido que todo lo que tenga que ver con lo emocional, como opuesto a lo racional, es negativo.

 

De este modo, desde muchos lugares diferentes, se nos “invita” a la racionalidad desde el rechazo por lo emocional. Las emociones aparecen, por tanto, como signo de debilidad, como síntoma de un déficit de algún tipo, como una especie de inmadurez de la que debemos hacernos responsables. Y desde estos modelos se nos invita a controlar nuestras emociones. Si reflexionamos brevemente seguro que todos podemos recordar escenas que hemos vivido en las que se recompensaba verbalmente a aquellos que parecían “controlar sus emociones” y se culpaba o reprendía a aquellos que mostraban ante los demás lo que estaban sintiendo. Si bien hay contextos en los que mostrar determinadas emociones puede ser valorado como negativo, no debemos creer que el denominado autocontrol emocional es un método adecuado para solucionar algún tipo de problema.

El autocontrol emocional parte de una premisa que, humildemente, considero equivocada ya que, desde este lugar, se apuesta por la siguiente sentencia: no se pueden controlar las emociones.

Parece un hecho sin importancia, pero elegir un paradigma, un modelo sobre qué son las emociones, u otro, modifica nuestra relación con las mismas. De esta manera, creer que las emociones son lo contrario a la razón, concebirlas como algo a evitar, ya que dejarnos llevar por ellas suele tener consecuencias negativas, puede llevarnos a estar convencidos de que el control es una solución adecuada.

La apuesta por el control emocional tiene, como es lógico, consecuencias. Y son dichas consecuencias las que desaconsejan seguir la vía del control con nuestras emociones. Por un lado, controlar las emociones supone, de manera práctica, realizar (al menos) las siguientes acciones:

  1. intentar bloquear lo que se siente cuando se está sintiendo, con el objetivo de ser racional y cumplir con el criterio social de ser “correcto”, y
  2. dificultad para reconocer las propias emociones, ponerles un nombre y darles un significado.

Evidentemente, ambas estrategias de control forman parte de un mismo proceso que se va desarrollando en el tiempo y que se refuerza a sí mismo a través de los demás. Cuando conseguimos controlar nuestras emociones en determinadas situaciones sociales, se nos considera “maduros”, “racionales”, “objetivos”… Dicho de otro modo, hay todo un conjunto de personas que nos van a valorar por saber controlar nuestro mundo emocional. ¿Merece la pena el esfuerzo? Analicemos algunas de las consecuencias que esta estrategia conlleva.

El bloqueo emocional conlleva un efecto de acumulación que va creciendo dentro de nosotros. Cada emoción que nos negamos a sentir, cada emoción que frenamos, va dejando un poso negativo sobre nosotros, aunque no seamos conscientes del mismo. Muchas personas son capaces de estar meses acumulando emociones negativas sin expresarlas de ningún modo. Las emociones, tarde o temprano, necesitan una forma de expresión; solo necesitamos llegar a nuestro límite para comprobarlo. La explosión de una de las emociones negativas suele ser la consecuencia más habitual del proceso de bloqueo emocional: explosión de ira, explosión de tristeza (a través del llanto), etc.

Curiosamente, tienden a confundirse con facilidad como consecuencia del control emocional: es la ya mencionada dificultad para reconocer las propias emociones. Si no sé muy bien qué estoy sintiendo, porque me he negado durante mucho tiempo a sentirlo, a expresarlo, lo que puede ocurrir es que ya no sepa qué es exactamente lo que siento. Y si no sé qué emoción me está invadiendo, difícilmente voy a poder reconocer qué significa para mí en este momento y mucho menos cómo manejarla, excepto, claro, volviendo a bloquearla.

En cada explosión, vaciamos nuestro acumulador emocional y así estamos listos para volver al principio. Además, algunas personas encuentran actividades para retrasar la explosión y poder ir “descargando” en pequeñas dosis su propio acumulador: la práctica de deporte intenso, el consumo de determinadas sustancias, etc. Todo para lidiar con aquello que creemos que es secundario o impropio de un adulto responsable.

Pero, ¿no es nuestra responsabilidad saber manejar adecuadamente nuestro mundo emocional? Ya que el paradigma analizado que apuesta por el control emocional parece no ser el más adecuado, quizás habría que comenzar por cambiar la concepción que tenemos de las emociones.

Etimológicamente, emoción significa el impulso que induce a la acción. Desde esta perspectiva básica, la emoción no puede considerarse negativa en sí misma, así que necesitamos un nuevo modelo de las emociones y los sentimientos. Se podría establecer una división entre emociones positivas y negativas en función de las sensaciones y significados que tienen para nosotros, es decir, si nos agradan o desagradan. Hay que reconocer que, en ambos grupos, la intensidad de la emoción de la que hablemos puede ser la clave a partir de la cual nos resulte más o menos difícil gestionarla. Y es aquí cuando cambiamos de paradigma, al pasar del control a la gestión de las emociones.

Aunque hay emociones que parece que tienen un efecto universal sobre los seres humanos, o al menos parece que nos lleven por caminos similares, como puede ser la tristeza ante la pérdida de un ser querido, o la alegría de conseguir el ascenso que esperábamos, lo cierto es que cada individuo tiene que lidiar con sus propias emociones. Y que la única cosa que realmente tenemos en común es una mayor o menor dificultad con la intensidad de determinadas emociones.

Lejos de apostar por eliminar las emociones negativas, la visión que propongo en este artículo es la de comprender la necesidad de conectar con las emociones, tanto positivas como negativas, y aprender a gestionar inteligentemente la intensidad de las mismas.

Para conseguir este objetivo, hay que comenzar por saber qué es lo que siento, es decir, por aprender a reconocer mis emociones. El único modo de reconocerlas y discriminarlas entre sí es convivir con ellas, es dejarlas estar y ver qué es lo que significan para nosotros, qué nos aportan en ese momento, ya sea positivo o negativo.

Posteriormente, una vez que he sabido ponerle nombre y darle significado a esa emoción, es importante centrarnos en qué hacer con esa emoción. En este sentido, y en función de nuestros objetivos, tendremos que ver a qué se debe la intensidad de nuestra emoción. ¿Dicha intensidad se debe a una serie de pensamientos que fluyen al tiempo que siento? En un artículo anterior (¿Víctimas de nuestras emociones?) se explicó la importante relación entre los pensamientos y las emociones; mientras que éstas últimas siempre son reales, los pensamientos puede que no lo sean, pero que, debido a lo que sentimos, le estemos dando una credibilidad que no merecen sin pruebas. En este sentido, continuar apostando por esta línea resulta básico en la toma de decisiones sobre qué hacer con esa emoción.

Si resulta que la intensidad de nuestra emoción difícil se deriva de un conjunto de pensamientos que incrementan dicha intensidad, nuestro trabajo será buscar hechos y pruebas que refuten esos pensamientos. Así, reduciremos la intensidad de la emoción. Sin embargo, habrá ocasiones en que, incluso tras el análisis propuesto, la intensidad de la emoción no disminuirá. En el ejemplo propuesto con anterioridad, sobre la pérdida de un ser querido, la tristeza continuará ahí. No debemos tener miedo a seguir auténticamente lo que nos está sucediendo. Aquí el objetivo es darse permiso a sentir. Aceptar mis emociones es la clave para seguir construyendo significados positivos una vez pasado el primer impacto.

Los seres humanos tenemos la capacidad de gestionar nuestras emociones y transformar toda esa energía en algo creativo. La primera decisión a tomar pasa por cambiar de paradigma, rechazando la creencia de que las emociones y sentimientos son algo a evitar. A continuación, debemos aceptar las emociones, comprender los significados particulares que nos aportan y decidir qué hacer con ellas. Podemos elegir disfrutarlas, aprender de ellas, utilizando su energía para favorecer el autoconocimiento, crecer y transformarnos a nosotros mismos.

Apsu y Tiamat

Miedo a la Expectativa Positiva

En numerosas ocasiones, los seres humanos nos encontramos ante situaciones que suponen una oportunidad de alcanzar algo que nos gustaría conseguir: el ascenso que estábamos esperando, la cita con la persona que nos gusta, una mejoría en la relación con mi pareja, etc. Se podría decir que es una oportunidad que nos ofrece la vida para disfrutar del momento, para saborear lo que nos está sucediendo… Pero hay personas que, en lugar de disfrutar de la experimentación de las emociones positivas que aparecen ante la expectativa de éxito, se dicen a sí mismas que es mejor “no confiarse” porque “lo malo siempre puede suceder, de nuevo”.

De este modo, estas personas, ante situaciones que les plantean la posibilidad de disfrutar de algo que desean, eligen “conscientemente” no hacerlo. La clase de argumento en el que basan esta elección es “prefiero no hacerme ilusiones porque si luego no lo consigo, entonces me sentiré peor“. Puede ser que encontremos lógico este argumento, pero no puedo evitar plantear la siguiente pregunta: ¿cuál es el problema? Sí, porque lo que parece encerrar el anterior argumento es: “… me sentiré peor… y no podré soportarlo“.

Cuando una persona utiliza esta estrategia con frecuencia, se está perdiendo una de las satisfacciones que más sencillamente los seres humanos podemos alcanzar: saborear la expectativa positiva. Investigadores como el doctor Robert Sapolsky han encontrado en sus estudios que lo que pone en marcha los circuitos neuronales implicados en la felicidad (por ejemplo, secreción de dopamina) es la expectativa previa (la anticipación) de la recompensa esperada, y no tanto la consecución de la misma. Podría pensarse, por tanto que soñar y fantasear con que alcanzamos aquello que deseamos es una forma de anticipar la recompensa que está por llegar, pero también supone la oportunidad de imaginar cómo sería nuestra vida al alcanzar ese momento y planificar una estrategia en la consecución de dichos objetivos.

La doctora Barbara Fredrickson, autora del Modelo de Ampliación y Construcción, postula en sus estudios que la experimentación de emociones positivas tiene como consecuencia la ampliación y construcción de repertorios cognitivos que podrían, en un segundo momento, facilitar las acciones que nos lleven a la consecución de nuestros objetivos. Es decir, que sentir emociones positivas como la alegría, la satisfacción, la tranquilidad, el optimismo, etc., puede hacer que seamos más creativos en la búsqueda de soluciones y en la creación de planes orientados a metas. En último término, si llevamos a cabo esas acciones orientadas a metas con éxito, lo que lograremos es aumentar el repertorio de posibilidades ante una situación determinada, lo que nos transforma (al darnos nuevas opciones), generando nuevas emociones positivas y retroalimentando el sistema.

De este modo, y siguiendo la lógica de ambas líneas de estudio, la estrategia de coartar las emociones positivas para no decepcionarnos, para evitar sentir la frustración, también evita la posibilidad de, primero, sentir una serie de emociones positivas derivadas de la expectativa previa de lograr algo que deseamos y, segundo, de ser creativos en esa situación, de intentar soluciones diferentes, de pensar en las consecuencias positivas que tendría haber alcanzado ese objetivo, meta personal o logro.

Las personas que plantean el argumento que anteriormente comentaba, se están escudando en una lógica pesimista bajo la supuesta protección de lo neutro. Y es que el miedo a la frustración, a no lograr lo que deseamos, a sentir la decepción del “fracaso”, nos empuja en muchas ocasiones a esta actitud “pesimista”. ¿Qué consecuencias tiene basarnos en ese miedo a la expectativa positiva?

Si construimos una creencia sólida, rígida y dogmática que nos protege de sentirnos mal, recurriremos a ella siempre que nos resulte necesario. Esta creencia nos “protegerá”, como decía, de los posibles fracasos que intentar alcanzar nuestros sueños y deseos conlleva. Pero esta protección es tan falsa como la creencia en la que se quiere sustentar. El miedo a no poder soportar la frustración nos puede llevar a tomar determinadas decisiones con el objetivo de tratar de evitar el dolor; pero esto no garantiza que no vayamos a sentirlo.

Al desear evitar la expectativa positiva eliminamos también la posibilidad de soñar con el éxito, de vernos a nosotros mismos alcanzando nuestros objetivos. Estas formas de “visualización” nos pueden ayudar a construir el plan de acción que nos acerque al éxito, a la meta, al objetivo. Si dejamos que las emociones positivas que surgen de la expectativa de éxito nos envuelvan, y ampliamos los repertorios cognitivos, habrá muchas más opciones de planificar los pasos que me llevarán al objetivo. Pero resulta muy importante, en dicha planificación, contemplar la posibilidad de que no lo consiga y establecer también unas directrices básicas que me permitan reaccionar ante tal situación.

Las personas que evitan la expectativa positiva consiguen eliminar la posibilidad de verse en el éxito y también en el fracaso, por lo que no pueden planificar los pasos que le lleven a su objetivo ni tampoco pueden elegir cómo van a a reaccionar si las cosas no salen como esperaba. Soñar, visualizar y saborear la expectativa, en este sentido, es como un ensayo general de lo que puede ocurrir si persevero. Porque todo este asunto de la expectativa positiva no sirve de mucho si no incluyo en el proceso la acción orientada a metas.

La expectativa del éxito, al iniciar un proceso emocional positivo que incluye el aumento de los repertorios cognitivos, facilita una ampliación de los posibles planes de acción a llevar a cabo. Si veo más posibilidades, en lugar de un único camino, lo más probable es que si me encuentro escollos en el mismo, sea capaz de sobreponerme. Porque, en definitiva, si lo que marca mi decisión de no dejarme llevar por la expectativa positiva es el miedo a no poder soportar la frustración de haberme equivocado, de no haber alcanzado la meta, entonces es que doy por supuesto que esas emociones negativas son “insoportables” para mí.

En último término, si convertimos esta evitación en una pauta habitual, lo que conseguiremos es eliminar una buena parte de las emociones, positivas y negativas, de nuestra vida. Algunas personas, que no ha aprendido a gestionar su mundo emocional, estarían encantadas con esa posibilidad. Pero surge un problema: es imposible no sentir emociones. De modo que si nos acostumbramos a esta pauta anterior, lo que ocurrirá es que bloquearemos gran parte de nuestras emociones, dificultando, con el tiempo, su reconocimiento. Si no sabemos que estamos sintiendo, no podemos saber cómo reaccionar ante ello. Si estamos bloqueados, tendremos dificultades para darnos cuenta de que tal vez es el miedo el que nos impide tomar otras decisiones, otros caminos.

Los procesos emocionales y cognitivos asociados a la generación de expectativas positivas acerca de un deseo que tenemos, pueden ayudarnos a preparar las acciones que nos acercarán a dicho deseo, al tiempo que nos permitirán contemplar las dificultades y elaborar planes secundarios de acción en caso de no lograr nuestra meta.

Tiamat.

Metáforas y Expresión Emocional

Los seres humanos tenemos la necesidad de expresar a nuestros compañeros de ruta nuestro mundo interior. Compartimos con ellos nuestras ideas, opiniones y pensamientos, nuestras inquietudes y perspectivas… y también nuestros sentimientos, estados de ánimo y emociones. Generalmente tendemos a frivolizar al hablar de expresión emocional, pero lo cierto es que permanentemente estamos expresando emociones: un gesto, una mueca, una reacción fisiológica… Somos bastante buenos manejándonos con las ideas y pensamientos, con el mundo racional, aparentemente consciente, mientras que mostramos más dificultades a la hora de expresar qué sentimos.

Cuando nos comunicamos con otras personas encontramos dificultades, en ocasiones, para que el otro comprenda lo que queremos decir. Puede que no encontremos las palabras adecuadas, que nos cueste ordenar la información del mensaje, o bien que nuestro interlocutor sea el que se muestra incapaz de atendernos o comprendernos. En esos momentos nos da la impresión de que hay una barrera infranqueable entre nosotros que nos impide conectar. Muchas personas se frustran y se enfadan con el otro (o consigo mismos), otros desisten en su intento, mientras que algunos siguen intentándolo de la misma forma repitiendo el resultado.

Llevo encima todas las heridas de las batallas que he evitado.

Fernando Pessoa.

Desde que somos pequeños nos educan para comunicarnos utilizando el lenguaje verbal, en su vertiente lógico-formal, donde la literalidad de los significados del mensaje es un punto fundamental para que la comprensión se produzca. Esta educación, cuyo objetivo es sentar las bases para el éxito comunicativo en el futuro (y en el presente), facilitando así el proceso de socialización, se combina frecuentemente con el uso del lenguaje metafórico. Este lenguaje es utilizado con los niños en un contexto en el que el juego está permitido, siendo el objetivo la comprensión paulatina y progresiva de conceptos y situaciones, así como una herramienta de entretenimiento. Un buen ejemplo son los cuentos.

Muchas personas ven limitada su experiencia con este lenguaje a este tipo de contextos, aunque lo cierto es que a lo largo de nuestra vida estamos expuestos a este tipo de lenguaje creativo y tenemos la oportunidad de utilizarlo en muchos otros contextos. La enorme relevancia y utilización del lenguaje lógico-formal en comunicación, tiene como consecuencia también la poca consideración que se le da a otros elementos de la comunicación, como el lenguaje no verbal.

En otros lugares he señalado la importancia y utilidad que los cuentos pueden tener para la construcción de significados que todos realizamos de cada situación que nos ocurre. En especial con los niños, sucede que creemos que hay cosas que no van a comprender y, por tanto, obviamos la necesidad que tienen de “rellenar vacíos” en la comprensión y construcción de la realidad que acontece. Los cuentos, por tanto, son una forma de rellenar ese vacío y adaptar los sucesos a la capacidad de comprensión del otro: el tipo de lenguaje que se utiliza en esta clase de narración es el metafórico.

Una metáfora es un elemento de la comunicación que permite la construcción de significados de una realidad a partir de otra descripción que no guarda relación directa, pero con la que comparte algún elemento. La palabra metáfora, en griego moderno, define al transporte que lleva a los viajeros del aeropuerto al avión; podría considerarse, entonces, que una metáfora es un “transportador” de significados.

En este sentido, una metáfora, expresada en forma de cuento, alegoría o aforismo, permite expresar, comprender y aceptar una realidad difícil, precisamente porque se “salta” todos los presupuestos lógico-formales, conectando con más facilidad con nuestras emociones y sentimientos. En el caso de los niños, que viven de forma más auténtica la conexión con sus emociones, una metáfora puede servir para facilitar la comprensión de una realidad compleja y darle forma y sentido. Con los adultos, que viven menos conectados a sus emociones (en esa burbuja lógico-formal-racional que construimos para “preservarnos”), el uso de metáforas sirve para saltarnos el mecanismo de transcripción literal de significados, y, desde la aparente distancia de una historia ajena a nosotros, conectar con algo genuinamente propio.

Un padre y una madre centauros contemplan a su hijo, que juguetea en una playa mediterránea. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta: ¿debemos decirle que solamente es un mito?

Kostas Axelos.

Al igual que la resaca que produce el movimiento de las olas sobre la orilla de la playa, la metáfora se aleja primero de nosotros, arrastrando nuestros pies lentamente, casi sin que lo percibamos, para luego salpicarnos de agua suavemente; de hecho, si nos dejamos seducir por su agradable sensación, terminamos por bañarnos en ella y reconocernos allí.

Una metáfora puede ser una oportunidad de comprensión, para conectar con algo que nos sucede, con un deseo o una fantasía que habíamos olvidado; también ofrece la oportunidad de compartir algo nuestro con el otro, lo que también puede enseñarnos lo mucho que tenemos en común. Con una metáfora, emisor y receptor parten de un lugar común, aunque con diferentes perspectivas e intenciones; del mismo modo, puede que lleguen a lugares distintos, a construcciones de significado diferentes, pero han compartido la misma ruta emocional sugerida en la metáfora.

La clave del significado de una metáfora está en la subjetividad; algunos autores, como Bernardo Ortín y Trinidad Ballester, opinan que “el significado de una metáfora lo aporta el que escucha, y no el narrador. El pensamiento subjetivo, en su divagación, produce nuevos significados”. Todo cobra sentido a partir de las emociones que surgen de esa historia, y que construyo como receptor del mensaje. Para el emisor, el significado puede ser otro, completamente diferente. Lo trascendente es la conexión emocional que aparece entre dos personas que comparten la metáfora, más allá del significado.

Como transportadora de significados, la metáfora es una oportunidad de autodescubrimiento, de crecimiento, de encuentro.

Para terminar, quiero proponerte un juego en el que las metáforas son solo el principio; cada uno tendrá que decidir qué es lo que inician: pueden ser utilizadas para revisar con qué partes de mí conectan, o qué significados comunes tienen para mi y otras personas. A lo largo del artículo hay alguna metáfora, que también puede utilizarse para percibir con qué partes de ti mismo conectan…

El juego consiste en completar las siguientes historias, reflexionando luego sobre los significados que tienen para cada uno de nosotros y qué emociones surgen del proceso:

  • … una balsa en medio del océano, flota a la deriva. Hay alguien tumbado, parece dormido… ¡Cuidado, está despertando! Parece algo aturdido; comienza a mirar a su alrededor y…

¿De dónde viene esta persona?, ¿Cómo ha llegado hasta allí?, ¿Cómo reaccionará a continuación y porqué?

  • Me sentía extrañamente nostálgico, allí sentado, en la parte de atrás del vagón del tren; me fijé en que estaba completamente vacío, excepto un asiento, justo en la cabeza del vagón, al otro lado. Así, de espaldas, me recordaba a alguien…, se parecía a mí. Al pensar en esa otra persona, que tal vez era yo, me sentía esperanzado…

¿Qué significa para ti esta historia?, ¿Por qué se siente el personaje de forma tan diferente al principio y al final?, ¿Cómo crees que continuaría la historia?

En función de nuestra propia historia, encontraremos ciertas similitudes con partes del camino que hemos recorrido, y también con partes que nos gustaría recorrer. Una metáfora, sugerida o percibida, puede conectarnos con partes que nos resultan familiares pero desconocidas de nosotros mismos, y que nos pueden facilitar el camino que sugiero recorrer en este artículo: el del autoconocimiento.

Apsu

Aceptar las Emociones

En muchas ocasiones, los seres humanos tenemos dificultades para gestionar situaciones en las que está presente una intensidad emocional más alta de lo habitual. Como he señalado en otros momentos, no nos manejamos muy bien con nuetro mundo emocoinal, e incluso tendemos a minusvalorarlo e incluso ignorarlo. Pero la verdad es que sentimos emociones, a diario, y éstas juegan un papel importante en nuestras vidas.

Algunas personas llevan esta tendencia más allá y consiguen bloquear su experiencia emocional; sienten algo, no hay duda, pero no saben muy bien qué. Durante algún tiempo este bloqueo les ha resultado beneficioso quizás para poder soportar una situación complicada. La mayor parte de las personas que han necesitado llevar a cabo este proceso, han terminado expresando sus emociones en forma de explosión. Por ejemplo, alguien ha perdido a un ser querido y no muestra ninguna reacción emocional, pero, en el momento más inesperado, un tiempo después, y estimulado por algún detalle que le ha recordado a la persona perdida, comienza a llorar y por fin conecta con su dolor.

El problema de esta estrategia de gestión de emociones difíciles, es que se corre el riesgo de generar una pauta a partir de la cual me desconecto de una parte importante de mi realidad, de quién soy, impidiéndome reconocer sensaciones y reaccionar ante ellas de manera sana. Puede que, incluso, me sienta incómodo ante la expresión emocional de los demás y pretenda racionalizar sus reacciones, no permitiendo al otro expresar su necesidad. Esta última forma de interactuar está socialmente bien vista, puesto que muchas personas consideran la expresión de emociones un síntoma de debilidad.

Es cierto que hay personas que aprenden a bloquear sus emociones negativas, acumulando su influencia hasta que consiguen expresarlas, a través de una “explosión”. Otras, pretenden también “controlar” sus emociones positivas quitándoles importancia, impidiéndose a sí mismos conectar con esa parte tan importante de sí mismo. Esta pauta de bloqueo emocional tiene consecuencias sobre nosotros que pueden resultar muy contraproducentes. No reconocer nuestro estado emocional es una de ellas; no saber muy bien si estamos tristes, enfadados o nerviosos, no tener muy claro de dónde vienen estas sensaciones, que generan un estado de ánimo determinado a partir del cual encaro mi realidad. ¿Por qué he reaccionado así en la reunión de esta mañana?, ¿por qué me siento mal cuando veo a esta persona?, ¿qué me pasa? Estas son preguntas que pueden surgir a partir de esta desconexión de nuestras emociones.

Como he mencionado anteriormente, existe una tendencia muy generalizada a menospreciar las emociones y, dentro de estas, las negativas además, reciben un trato especial. Se las considera relevantes y significativas, mucho más que a las positivas, que son consideradas superfluas; pero a pesar de ello no sabemos qué hacer cuando nos invaden. Evidentemetne, no nos gusta sentirlas porque resultan desagradables, de modo que las rechazamos, las ignoramos, las repudiamos y bloqueamos; es decir, como resultan incómodas, preferimos bloquearlas y deshacernos de ellas en lugar de tratar de comprender qué hacen ahí, en este momento. Las emociones nos movilizan a la acción pero también nos pueden enseñar mucho acerca de nosotros mismos si comenzamos a aceptar justo lo que estamos sintiendo, por desagradable que sea.

La búsqueda de la felicidad, camino que intentamos recorrer lo mejor posible, cada uno desde su lugar, no consiste en aumentar las sensaciones y emociones positivas y reducir las negativas, al menos no únicamente; este camino es una búsqueda de nosotros mismos, de modo que, para aumentar el autonocimiento, la aceptación será el primer paso. No podemos cambiar algo que no nos gusta, si primero no somos capaces de aceptar que nos pasa algo que no deseamos, algo que sentimos. Y para ello debemos comprender lo que nos está sucediendo. ¿Qué nos dice la emoción que nos invade? Nos dice algo de la situación y algo de nosotros mismos. Si ese “algo” no nos gusta, solamente podremos intentar cambiarlo a partir del momento en que podamos aceptar que forma parte de nosotros, que eso desagradable también somos nosotros.

Aceptar las emociones negativas supone darme cuenta y asumir que no soy perfecto, que no tengo porqué serlo y que hay una parte de mi con la que me cuesta interactuar, pero que sé que también es mía. Esta aceptación permite conectarnos con nosotros mismos de manera auténtica, originando un proceso en el que analizar la situación y gestionarla, por difícil que resulte, tendrá un resultado positivo: el crecimiento.

Una vez he aceptado que soy yo el responsable de esta emoción, y soy yo el que ha construido un sentimiento negativo, tendré que evaluar la importancia, conveniencia y significado que tiene para mí en este momento. Se trata de no apartarse de la emoción negativa, aceptarla tal y como es, porque este paso nos permitirá conectar con una parte de nosotros que, aunque no nos guste, también nos pertenece.

Solo a partir de este momento puedo decidir qué hacer con esta emoción, con este sentimiento. Aceptarlo tendrá, muchas veces, como consecuencia, la comprensión de que “es lo que hay”; dicho de otro modo, no puedo hacer nada para cambiar lo que siento ahora mismo y tengo que convivir un tiempo con esta emoción negativa. Pero en otras ocasiones me permitirá darme cuenta de la razón verdadera que origina esa reacción, poniéndome en el camino de encontrar una solución. Es en este momento, en el que me he dado cuenta de que soy yo el responsable de la intensidad de la emoción negativa, cuando puedo tomar la decisión de cambiar mi estado emocional.

De lo que se trata es de darnos permiso para convivir con nuestras emociones, para conectar con partes de nosotros mismos que tenemos escondidas, de manera que entonces podamos trabajar para integrarlas dentro de nuestra visión de quiénes somos.

Tiamat

La Importancia del Contacto

La sabiduría popular señala en ciertos contextos que “solo valoras algo cuando ya lo has perdido”. Generalmente se utiliza esta expresión para hacer referencia a determinadas pérdidas: una relación de pareja, un trabajo, un objeto preciado… Pero, qué ocurre con aspectos de nosotros mismos?

Los seres humanos estamos dotados de una serie de capacidades cognitivas que nos permiten recordar el pasado y planificar el futuro, lo cual resulta tremendamente útil en el proceso de aprendizaje, y muy adaptativo para afrontar situaciones del día a día. Lo malo es que podemos llegar a vivir permanentemente en esos dos constructos, pasado y futuro, y caer en una trampa habitual: dejar de vivir el presente. De este modo, al desconectarnos de lo único que tenemos (el presente) también conseguimos bloquear la posibilidad de conectar auténticamente con los demás y, lo que es peor, con nosotros mismos.

Muchas personas viven recordando su brillante pasado, y se presentan ante los demás como “el que hizo”, “el que una vez…”, etc. En lugar de disfrutar de sus recuerdos, los utilizan para transformar su realidad en una sensación de permanente melancolía, a partir del argumento: “cualquier tiempo pasado siempre fue mejor”. Otras personas, sin embargo, postergan su felicidad en un momento futuro, cuando consigan un ascenso, cuando nazca su hijo, cuando encuentre pareja, etc… Estas personas convierten su presente en un lugar sombrío que no está a la altura ni del pasado ni del futuro, impidiéndose a sí mismos conectar con lo bueno que les sucede a diario. Ni siquiera lo perciben.

Si mantenemos esta pauta a lo largo del tiempo corremos el riesgo de desconectarnos de partes de nosotros mismos que son tremendamente importantes, al tiempo que nos comienza a resultar difícil mantener relaciones satisfactorias con los demás. Y reforzamos nuestra tendencia, porque recordamos lo maravillosa que era esta relación antes, o bien lo “perfecta” que será mi vida cuando esta relación se consolide, o llegue a ese lugar que yo considero la felicidad. Mientras me lamento de las diferencias con el pasado y sueño con la “perfección” de ese futuro, me estoy perdiendo la oportunidad de conectar con el otro que tengo delante, percibir que ese momento es lo único que existe ahora mismo, y que disfrutarlo es el camino para transformar la relación en un encuentro satisfactorio (pasado, presente y futuro).

Si hemos mantenido esta tendencia durante mucho tiempo, es posible que tengamos dificultades incluso para darnos cuenta de que no vivimos el presente, de que nuestras relaciones ya no son auténticas. La única pista que tenemos de que algo sucede es que ya no somos capaces de disfrutar de las relaciones. ¿Qué ocurre? ¿Dónde está el problema? Muchas personas buscan la explicación menos comprometida y culpan al otro, directa o indirectamente, de esta situación; dicho de otro modo: te culpo a ti por mi incapacidad para disfrutar de nuestra relación.

El problema de fondo, en muchas ocasiones, es que hemos perdido la conexión con nosotros mismos, con nuestra parte más genuina, auténtica y creativa, esa parte de nosotros mismos que se da permiso a ser quien es y a compartirlo con los demás. Al habernos desconectado, no somos capaces tampoco de percibir nuestra responsabilidad en el proceso de pérdida; sentimos algo, pero no sabemos ponerle nombre, lo que genera aún más confusión.

Cada persona guarda en su interior la capacidad de conectar consigo misma y volver a disfrutar del presente. Cuando lo hacemos, situamos el pasado y el futuro en el lugar que les corresponde y entonces podemos recordar y planificar sin engancharnos a otras personas. Vivir el presente supone darle continuidad a ese que fuí ayer, al que soy ahora y al que seré mañana.

No hay reglas establecidas que dicten cómo podemos volver a contectar con nosotros mismos de nuevo. Pero sí es verdad que muchas personas coinciden en señalar una opción que les ha devuelto a sí mismos: el contacto. Dicho de otro modo, hay personas que han podido volver a disfrutar del presente e iniciar un proceso de autoconocimiento a través del contacto con los demás, del encuentro con otro significativo.

A algunas personas les resulta difícil explicar el momento en el que vuelven a conectar consigo mismas a través de un encuentro auténtico con otra persona. Hay algunos elementos interesantes que pueden explicar el fenómeno, aunque todos ellos parten del mismo lugar y, al tiempo, desembocan en ese mismo sitio: la intimidad.

Quiero compartir con vosotros la experiencia de alguien que pasó recientemente por este proceso; así lo relata: “Sentí como si el Ave Fénix prendiera de nuevo la llama de mi corazón; recordé muchas sensaciones que pensaba que no volvería a sentir y comprendí lo confundido que estaba; había una parte de mi que había olvidado y era precisamente lo que me impedía disfrutar de todo lo que hacía. En cierto modo, en ese momento, volví a nacer“. La clase de contacto que puede generar una narrativa como la que acabamos de leer es único; es un contacto que nos coneccta con nosotros mismos de nuevo, y que solamente se produce dentro de un encuentro auténtico entre dos personas.

El contacto físico con el otro, a través de un abrazo, o bien cogiéndole la mano, incluso mirarle a los ojos, puede devolvernos al presente y conectar con partes de nosotros mismos que creíamos olvidadas. Ese contacto inicia un proceso que parte de lo sensorial, la percepción de mi piel unida a la del otro, continúa con la generación de una emoción, y termina con la creación de un significado atribuido al encuentro. Todo esto sucede en el presente, aquí y ahora. Dejamos de recordar y planificar, y pasamos a ser solamente quienes somos, auténticamente.

De pronto descubro que yo soy esa emoción, que esa capacidad de conectarme a mí mismo y de no perderme en el día a día sigue siendo mía. Porque una de las razones que explican porqué me desconecto de mí mismo es precisamente el hábito aprendido, y socialmente compartido, de desvincularme de mis emociones; al considerarlas como fuente de problemas, y relevarlas a un segundo plano, renunciamos a una parte de quiénes somos.

Una vez he recuperado la capacidad de estar conectado conmigo mismos, puedo escuchar mejor mis deseos, me relaciono de forma más sana con el pasado y con el futuro, dejando de exigir que las cosas hayan sido de otro modo, de pretender que mi felicidad sea alcanzable al llegar a algún lugar del futuro. En ese momento, tal vez, sea capaz de darme cuenta de la oportunidad que el presente me regala: la oportunidad de descubrir quién soy en cada momento, de conectar con otras personas provocando encuentros significativos, de ser creativo y disfrutar de ello.

Apsu y Tiamat

Aprender a Resistir la Frustración

La frustración es un sentimiento desagradable que surge cuando las expectativas de una persona no se ven satisfechas al no poder conseguir lo que desea. Esta definición encierra el hecho de que la frustración es algo negativo, es una experiencia que debemos evitar o que solamente sirve para generar problemas. En parte, esta sentencia es cierta, pero también es cierto que la experiencia de frustración, como toda experiencia humana, ofrece la posibilidad de crecer, de aprender, de ser creativos.

Uno de los beneficios de trabajar con familias es que se tiene la oportunidad de averiguar cuáles son las preocupaciones que afectan a cada una de ellas de manera profunda, generando una impresión más amplia de cómo funcionan las dinámicas de interacción de sus miembros.

Los actuales padres tienen preocupaciones acerca de sus hijos que difieren mucho de las anteriores generaciones. Si bien todavía se comparten algunas, el hecho de vivir en otro momento histórico, social y económico, ha configurado un sistema en el que las prioridades se han modificado. Así, las preocupaciones de los padres giran en torno a una serie de temáticas diversas que cubren todas las necesidades de sus hijos. Una vez cubiertas las necesidades básicas de alimentación, vestido, salud, etc., los padres pasan a preocuparse de otras esferas, con la esperanza de que sus hijos puedan desarrollarse lo mejor posible, en todos los sentidos. Entre los deseos más comunes de los padres de cualquier generación, está el que sus hijos tengan la ocasión de elegir, de poseer bienes u oportunidades que ellos no tuvieron nunca.

De este modo, y de un tiempo a esta parte, es común entre los padres el dar, casi sin objeción, todo lo que sus hijos desean, solicitan o exigen. Porque, probablemente, incluso suceda en este orden. Primero desean, después piden, y acaban exigiendo. Desde el deseo legítimo de que sus hijos disfruten, se desarrollen sanos y felices, los padres cumplen con las peticiones / exigencias. El miedo que hay detrás de este comportamiento, en muchas ocasiones, es “a que nuestro hijo se frustre”.

¿Qué ocurre con la frustración? ¿Qué es lo que nos da tanto miedo de la frustración? Posiblemente, muchos padres se mueven desde la creencia de que la frustración está sobre la base del trauma, y el trauma, ya sea físico o emocional, es siempre visto como negativo. Muchos padres confiesan, por otro lado, que “para un rato que tengo con ellos, no quiero que se enfanden, que se frustren”. Desde luego, es una opción. Pero, ¿es la mejor opción desde el punto de vista educativo?

El miedo a la frustración de los hijos es, en primer lugar, un miedo ajeno, que nace de un pensamiento: la posibilidad futura de que nuestros hijos se sientan mal si no consiguen lo que quieren. Aquí hay dos cuestiones interesantes:

  1. Los padres se están anticipando a las consecuencias de algo que está por suceder. Es decir, estan cometiendo un error cognitivo conocido como “Error del Adivino”.
  2. ¿Quién ha dicho que sea bueno tener todo lo que se desea, cuando se desea y como se desea? De hecho, es difícil encontrar a alguien que no se haya enfrentado alguna vez a la experiencia emocional de la frustración.

Vivimos en una sociedad en la que estamos expuestos a la frustración. Un ascenso que no conseguimos, una cita que sale mal, perder un autobús que nos hará llegar más tarde a casa, etc… La frustración es una experiencia emocional que hay que aprender a manejar de la mejor forma posible. Sería muy negativo para nosotros si cada vez que algo no sale como esperábamos reaccionáramos de forma agresiva, rompiendo objetos o atacando a la gente, o, siguiendo uno de los ejemplos anterioes, que nos pusiéramos a llorar y patalear hasta que el jefe cambie de opinión y, efectivamente, reconozca su error dándonos ese ascenso.

Como adultos, reconocemos que el mundo en el que vivimos tiene límites en diversas áreas; algunos límites tienen que ver con nuestra biología (no poder volar), otros límites los hemos establecido socialmente para convivir (límites legales), y otros límites son los que marcamos individualmente para regir nuestro propio comportamiento. Los límites son necesarios para saber hasta dónde podemos llegar y también saber hasta dónde queremos llegar. Porque, en último término, un límite no es más que una elección consciente que facilita o entorpece el camino de cada uno, en función de lo que nos cueste aceptar las consecuencias de dicha elección.

Como he señalado en otros lugares, los niños van construyendo su propia realidad conforme acumulan experiencias vitales; en este sentido, son pequeños científicos que ponen a prueba su entorno, para conocer los límites del mismo. Como padres, hay que ayudarles a conocer el mundo que les rodea para facilitar su adaptación de la mejor manera posible, mediante el proceso que se denomina socialización.

De este modo, primero conocerán algunos límites físicos, que, de otro modo, pondrían su vida en peligro: cuando son bebés, les protegemos de casi todo, porque su afán explorador no conoce miedos ni límites. Hay que ayudarles, sin frenar su impulso “científico”, explorador y constructor, a conocer dónde están esos límites. Más adelante, cuando crecen, y empiezan a relacionarse con otras personas, nuestra ayuda continuará siendo la misma, solamente que cada vez se extenderá más su necesidad de conocer los límites de su mundo, en especial, los sociales.

En todo este proceso de crecimiento, de aprendizaje y construcción mutua (porque los padres no nace sabiendo y, por tanto, también aprenden del proceso), la frustración está presente siempre. Del mismo modo que frustramos con un NO su intención de explorar lo que sucede cuando se meten los dedos en el enchufe, porque eso pone en riesgo su vida, hay que volver a marcar límites en algunas peticiones, para que vaya ejercitando su resistencia a la frustración. No tener algo que se desea no es un síntoma de infelicidad ni tampoco de que vayan a odiar a quien está impidiendo cumplir ese deseo.

Desde luego, y como en todas las situaciones humanas, creo que se pueden marcar límites y enseñar a resistir la frustración de manera creativa. Si un bebé quiere acercarse a un enchufe, no significa que quiera meter los dedos en él; puede que quiera demostrar que puede llegar hasta allí y nada más. Como padres, evaluacmos que es peligros que meta los dedos en el enchufe, pero podemos intentar aportar una solución creativa que nos permita alcanzar los objetivos (proteger al bebé y explorar). Al margen de los adaptadores de enchufes que están en el mercado, creo que es interesante observar al bebé y estar atentos a posibles peticiones de ayuda. Si el mismo bebé experimenta lo que puede y no puede hacer, y le ayudamos, cuando sea necesario, a conseguir por él mismo sus objetivos, le estaremos ayudando a crear una sensación positiva de su propia capacidad.

Cuando los niños crecen y sus objetivos comienzan a ser más específicos, más complejos y más atemorizantes para los padres, la pauta de aplicación de creatividad a las soluciones es la misma. El niño o adolescente sigue poninedo a prueba los límites de su mundo y necesita saber hasta dónde puede llegar. Por ejemplo, en ocasiones, los niños pequeños tiran los objetos al suelo; algunos padres juzgan este comportamiento como “malo”, e incluso suelen decir que el niño es “malo”. Al margen del error que cometen al condenar al niño en lugar de la conducta específica de tirar objetos, no están teniendo en cuenta otras variables. ¿Para qué tira el niño el objeto? Sus objetivos son diversos, pero puede ser que esté poniendo a prueba algunas leyes físicas (porqué algunos objetos rebotan y otros se rompen, la propia gravedad, etc.), o bien que estén poniendo a prueba las reacciones de los adultos. Es posible que tengamos la imagen de un niño que está tirando una cosa al suelo muy despacio mientras mira a los adultos, que le están advirtiendo que no lo haga. No es malo, simplemente, quiere saber cómo reaccionarán los adultos.

La búsqueda de límites es habitual en todos los seres humanos, de cualquier edad, y, en todas las ocasiones se puede aprovechar para aportar soluciones creativas. En el caso del niño que tira objetos, está claro que el objetivo educativo es que aprenda qué objetos se pueden tirar y cuáles no. Se puede proponer un juego en el que los participantes (adultos y niños) interactúan entre sí y con una serie de objetos, algunos de los cuales se pueden lanzar y tirar y otros no. El que el niño vea de forma natural, a través del juego, cómo son las normas de los adultos les servirá para comprender mejor las relaciones entre su comportamiento y las consecuencias del mismo.

Manejar la frustración es una condición básica para adaptarnos adecuadamente a la sociedad. De hecho, puede ser una experiencia enriquecedora, en el sentido de que, además de ayudarnos a conocer los límites (propios o socialmente admitidos), nos permite intentar soluciones diferentes, nos aporta una experiencia de resistencia, que resultará fundamental para continuar persiguiendo nuestros objetivos y servirá como aprendizaje para demorar la recompensa.

Existen diversos estudios que relacionan la resistencia a la frustración con la prevención del desarrollo de trastornos emocionales, como la depresión, o determinadas conductas de riesgo, como el consumo de drogas. Si soy capaz de resistir el hecho de no conseguir lo que deseo, por el momento, no sólo perseveraré en el intento, sino que, con toda probabilidad, estaré menos dispuesto a evadirme de la realidad que me disgusta, evitando así caer en problemas más profundos y difíciles de resolver.

La tolerancia a la frustración nos expone, asimismo, a dos experiencias enriquecedoras y de crecimiento: en primer lugar, nos permite expresar soluciones creativas, lo que incluye el hecho de experimentar sensaciones positivas durante la “invención” de dichas soluciones, así como una mejora en el autoconcepto y la autoestima, tanto mayor en función del éxito de la nueva solución. Pero aunque la solución no fuera del todo efectiva, la experiencia de creatividad es positiva en sí misma y resulta casi siempre transformadora. En segundo lugar, la tolerancia a la frustración supone, siempre, una mejora en la habilidad de resiliencia, que se expresa no solamente en la capacidad creativa de aportar nuevas soluciones, sino también en la vivencia de resistir el que no se cumpla inmediatamente aquello que deseo.

En definitiva, el miedo de los padres a que sus hijos se “frustren” puede transformarse en una oportunidad para afrontar de forma nueva la situación. Si conseguimos aceptar que la frustración forma parte de la vida y que enseñar a tolerarla conlleva beneficios a medio y largo plazo, estaremos contribuyendo a que nuestros hijos tengan mejores habilidades para resolver problemas en el futuro.

Tiamat.

Aumentar la Positividad

Es bastante común escuchar cerca de nosotros cómo alguien cuenta lo mal que le va en la vida. Se queja de la mala suerte que le persigue, o de la desgracia que sufre, o del suplicio de su día a día con la esperanza de que el otro se de cuenta de lo horrible que es estar en ese lugar. Compartir la carga la hace menos pesada, de modo que esa persona, posiblemente, tras ser escuchada, se sienta mejor. Y es que hay situaciones que provocan en nosotros una necesidad de “descargarnos” de cosas, de verbalizarlo, de compartirlo, de hacerlo real. No es que pensar de este modo le reste importancia a nuestra vivencia, pero al compartirlo con los demás nos damos cuenta de hasta qué punto es tal y como lo hemos estado viendo nosotros. En este sentido, compartir aquello que nos hace sufrir, nos libera del peso que suponía esa carga, nos permite cuestionar nuestra visión y nos coloca en situación de recibir algo del otro con quien compartimos: un gesto, un consejo, una opinión, un silencio…

Pero, ¿y si no compartiéramos con nadie nuestros malos momentos, nuestras emociones negativas, nuestros pensamientos e ideas más funestas? Al no poder contrastar nuestra percepción, tenderíamos a considerarla como una verdad absoluta, que da sentido a nuestra realidad, desde lo que hacemos hasta cómo nos sentimos.

Encontramos personas que, aunque comparten con otros sus malos momentos, no obtienen lo que buscan sino justo lo contrario: una confirmación de lo mal que estoy, lo que legitima mi estado de ánimo y mis acciones. Cuentan lo que necesitan compartir, pero como un disco rayado, sin prestar atención al otro, a sus respuestas. Y, cuando prestan atención es para confirmar la idea que traían desde casa. Su percepción de las cosas tiene un filtro que sesga la informacion hacia lo negativo, que valora y valida solamente aquellos contenidos que le provocan malestar.

Como se ha señalado en ocasiones anteriores, nuestra historia de aprendizaje, entendida en sentido amplio, como el conjunto de vivencias a partir de las cuales me construyo a mi mismo y a mi realidad, explica porqué hacemos las cosas del modo en que las hacemos. Así que, siguiendo con la exposición, ese filtro negativo lleva años funcionando del mismo modo. Es un sesgo que impide prestar atención a lo positivo porque eso se da por sentado, como algo “normal”, irrelevante o indigno de mención.

En parte, hemos aprendido a compartir solamente aquello para lo que necesitamos ayuda. Hablar de lo bien que nos va es “pecar de vanidosos”; como lo bueno es inherente a nuestro día a día, resulta irrelevante mencionarlo. Mantener este mito, y el anterior sesgo perceptivo, nos lleva irremediablemente a verlo todo mal. Porque este conjunto de pensamientos, emociones y acciones se tornan en hábito personal, no solamente en situaciones sociales sino también en relación al modo en que explicamos el mundo. Dejamos de ser conscientes de que nos ocurren, cada día, cosas que, por su marcado carácter positivo, merecen la pena contarse (a nosotros y a los demás).

Si nuestro sistema perceptivo solo registra como relevante aquello que es negativo, llega un momento en que no hay nada que nos parezca positivo, ya que no hacemos el esfuerzo de registrarlo, de darnos cuenta de que está ahí. Nuestro estado de ánimo se deteriora como consecuencia del filtro que hemos construido, que no solamente nos impide ver nuestra realidad de modo más equilibrada, sino que también facilita la producción de pensamientos negativos, catastrofistas y pesimistas que deterioran nuestra percepción de lo que ocurre, y conectan con la generación de emociones negativas, como la tristeza, la ira o el miedo.

Darnos cuenta de la existencia de este filtro es un primer paso para hacer algo al respecto. En muchas ocasiones, no puedo cambiar el hecho de que ocurran cosas malas, pero lo que sí puedo hacer es ELEGIR cómo voy a reaccionar ante ello a medio y largo plazo. Si dejo que el filtro actúe, probablemente “pintaré” el cuadro de mi situación aún peor de lo que pueda ser.

Tomar la decisión de construir un filtro nuevo, una herramienta que me permita ver mi realidad de modo más objetivo, más realista o menos dogmático, supone, en primer lugar, que hay que aceptar que ciertas cosas no se pueden cambiar. No podemos controlarlo todo (es más, ¿quién ha dicho que tengamos que hacerlo?). A continuación sería bueno que dirigiéramos nuestros esfuerzos a darnos cuenta de la cantidad de cosas agradables, positivas y constructivas que nos suceden a diario. En este caso, darnos cuenta del número de cosas positivas que nos ocurren durante un día frente al número de cosas negativas sucedidas ese mismo día, da una perspectiva más amplia del resultado emocional que puedo percibir. Mi filtro empieza a cambiar si logro aumentar mi POSITIVIDAD, es decir, mi percepción de que me siguen pasando cosas agradables y de que soy yo quien puede provocarlas.

Esto es especialmente importante en el caso de los niños pequeños, que están construyendo su realidad a partir del feedback que sus “otros significativos” les ofrecen. Si se enfrentan al modelo adulto que solo habla de lo negativo y que no presta atención a lo positivo, probablemente esos niños aprenderán a pensar, actuar y sentir de forma parecida.

El profesor Martin Seligman propone un sencillo ejercicio para practicar con niños pequeños que les permite construir un filtro perceptivo adecuado y constructivo. Antes de acostarse, cada día, los niños cuentan las cosas que han ido bien o les han gustado, comparándolas con las negativas. No se trata únicamente de una enumeración, sino que será importante respetar el ritmo y el contenido de la vivencia que el niño haya tenido en relación a lo sucedido. Este sencillo ejercicio se llama “Las pepitas de oro de cada día”. El objetivo, por tanto, es que el niño se de cuenta de que en un día pasan cosas positivas y negativas, y que su estado de ánimo se relaciona con la forma en que se tome el conjunto de situaciones. Si solo nos fijamos en que nos pasa algo negativo, o bien le ponemos mayor énfasis siempre a lo que ha salido mal, posiblemente, el niño experimentará emociones negativas con mayor frecuencia e intensidad. Se trata, en resumen, de equilibrar la balanza emocional.

Si hacemos que los niños aprendan a ser más conscientes de cómo reaccionar ante su realidad, tanto la positiva como la negativa, estarán más preparados para afrontarla. Para lograr este objetivo, los adultos podemos esforzarnos por hacer lo mismo: cambiar el filtro perceptivo y aumentar la positividad, dándonos permiso para disfrutar de lo bueno y considerarlo valioso, importante y relevante.

No se trata de cambiar un sesgo negativo por uno positivo; se trata de tomar conciencia del valor que tienen las cosas para nosotros mismos. Darnos cuenta de que a diario nos pasan cosas agradables hace que las valoremos y las  consideremos importantes, destierra el sesgo que apunta a que “todo está mal” y nos permite afrontar lo negativo con la conciencia de que podemos hacer algo al respecto. Si logro percibir que yo puedo provocar lo positivo, quizás tenga la percepción de que también tengo dominio sobre lo negativo. Y es cierto que a veces no podré hacer gran cosa para cambiar la situación que me genera malestar, pero al menos sabré que puedo afrontarlo de un modo distinto, más constructivo y esperanzador.

Tiamat

¿Víctimas de nuestras Emociones?

Cierra los ojos e imagina la siguiente escena: estás en la playa, sentado frente al mar, observando la inmensidad del océano. Está atardeciendo, y el sol, en el horizonte, dibuja sobre el mismo tonos naranjas y rojizos, que se mezclan con el tenue azul del cielo y el gris claro de las nubes que se tocan con el mar. El leve sonido de las olas del mar te invita a disfrutar de la tibia temperatura del ambiente. Resulta relajante, ¿verdad? La arena se mete entre los dedos de las manos y notas cierto frescor en el cuerpo con ese tacto suave. El aroma del mar, al mismo tiempo, nos recuerda que la hora de cenar se acerca…

Esta escena ha intentado que utilizáramos los 5 sentidos de los que todos estamos provistos: vista, oído, olfato, tacto…, ¿y el gusto? En cierto sentido también estaba presente, aunque ahora veremos de qué modo.

En cierta medida, todos podemos imaginarnos en este lugar. ¿Qué sentimos? Cada persona seguramente sentirá emociones y sensaciones diferentes, tanto cuantitativa como cualitativamente. Si hubiéramos estado allí, al sentir la caída de la tarde, ¿qué hubiéramos hecho? ¿Nos quedamos disfrutando? ¿Nos marchamos? ¿Por qué en ambos casos?

Estamos ahora en un hospital. En la planta 6, en maternidad, una familia celebra el nacimiento de una nueva niña, preciosa, sana, y que lleva de esperanza los deseos y expectativas de todos. ¿Qué sienten cada uno de ellos? ¿Lo sienten todos por igual?

Al mismo tiempo, 4 habitaciones más lejos, unos padres primerizos reciben la noticia de que su hijo recién nacido tiene una grave enfermedad hereditaria. Allí también está toda la familia. ¿Qué siente cada uno? ¿Cómo reaccionan?

Estas tres son solo unas muestras de situaciones cotidianas con las que podemos encontrarnos. Y sin estar en ellas, ahora mismo, podemos reaccionar ante las mismas, tanto desde una perspectiva cognitiva como emocional. Parece lógico pensar que ante los acontecimientos positivos, como el nacimiento de un familiar, todos reaccionaríamos con emociones de alegría, felicidad, etc., mientras que ante situaciones negativas reaccionaríamos con tristeza, agonía, ira, etc. ¿Siempre ocurre ésto? Si fuera así, los humanos simplemente seríamos organismos que responden a los acontecimientos que la “vida” va poniendo delante de nosotros. ¿Verdaderamente estamos en manos del destino?

Es evidente, para todo aquel que quiera fijarse, que la variedad de respuestas de los seres humanos ante acontecimientos es de una gran diversidad. Efectivamente, encontramos personas que ante la alegría de un nacimiento, no muestran ninguna emoción positiva; asimismo, ante situaciones terribles, hay personas que lloran, se hunden, se bloquean, o bien reaccionan de forma resiliente. Sacan fuerzas de flaqueza y afrontan esa situación con entereza, con firmeza. ¿No sienten entonces tristeza? Por supuesto que sí, pero no dejan que esa emoción negativa les impida reaccionar constructivamente. Son personas que ELIGEN cómo reaccionar ante sus propias emociones. No las apartan, no las esconden, las aceptan, las sienten y eligen hasta qué punto les afectan.

¿Cómo se puede elegir cómo nos sentimos? Las emociones, más allá del signo que posean, siempre son reales. La tristeza, la ira, la alegría, la sorpresa…, una vez las sentimos, son indudablemente como son. Pero esas emociones pueden multiplicar su intensidad, hasta resultar poco adaptativas, incluso destructivas. ¿Y si pudiéramos elegir reaccionar de otro modo? En este punto podríamos pensar que si es verdad que podemos elegir, el hecho de no hacerlo implica cierto gusto por el dolor o incluso que seamos bastante estúpidos. Pero es mucho más sencillo. Simplemente aprendemos a responder ante los estímulos de determinada forma, porque en nuestra historia de aprendizaje esas respuestas han resultado adaptativas, nos han reportado ciertos beneficios. Es, por tanto, un problema de aprendizaje que tiene una solución posible: aprender otra forma de responder, que nos ayude a aceptar la emoción y configure un estilo de afrontamiento más adecuado.

Cuando percibimos un estímulo derivado de un acontecimiento complejo, nuestro cerebro trata de procesarlo y darle un sentido, un significado. En la mayor parte de las ocasiones, de este procesamiento se deriva un pensamiento que se articula a través del lenguaje. Dicho pensamiento, puede formularse de diversa manera y es el resultado del procesamiento de la situación que estamos viviendo. Es “nuestra visión” de los hechos: particular y, en cierto sentido, única. Pero la verdad es que esta interpretación no tiene porqúe ajustarse a la realidad. Puede ser que nos falten datos objetivos, que nos precipitemos o que simplemente estemos equivocados. Pero construimos un pensamiento acerca de esa realidad que estamos presenciando. Nuestro complejo sistema de integración de la información sensorial tiene también sus límites por lo que, casi siempre, el pensamiento es producto de una heurística de representatividad. Utilizamos los heurísticos como medio a partir del cual reducir la complejidad del mundo y tener una explicaicón para cada acontecimiento. Es un mecanismo evolutivo de supervivencia.

El hecho de utilizar el mecanismo de la heurística, que está basado en nuestra experiencias y conocimientos, implica que estamos sujetos a error. No podemos ser concluyentes por lo que casi siempre nuestros pensamientos, por lógicos que puedan parecernos, necesitan revisión. Pero no lo hacemos. Y aquí comienza el problema, porque la clave del asunto está en saber detectar dónde se origina el cortocircuito que nos impide reconocer nuestras propias emociones y elegir después cómo reaccionar ante ellas.

Generalmente no percibimos que nuestro sistema de respuesta ante los acontecimientos sea demasiado complejo. Eso es porque es un sistema holístico. Pero se compone de 3 partes diferentes que están interconectadas y que se influyen mutuamente: pensamientos, emociones y comportamientos motores. Hemos dicho del primero que está sujeto a error porque se basa en heurísticos de representatividad y que, por tanto, ha de ser revisado. Del segundo hemos dicho que siempre es real, las emociones ocurren siempre en el presente, son el auténtico “aquí y ahora”. Podríamos decir, asimismo, que el pensamiento, al estar sujeto a error, puede ser racional (basado en hechos y datos objetivos) o irracional. Si ambos sistemas se relacionan y se influyen mutuamente, podría darse el caso de que alguien sienta una emoción negativa como la desesperación ante determinado acontecimiento que, en principio, no tiene potencial suficiente para provocar un sentimiento tan intenso.

Pongamos un ejemplo: alguien recibe la noticia de que ha suspendido un examen. Supongamos que esta persona se siente, a continuacion, desesperada por la noticia y sus posibles consecuencias. Sin duda, sus sentimientos son reales, y las emociones y reacciones fisiológicas estarán acorde a este sentimiento de desesperación: taquicardia, sudores fríos, miedo, ira… Reacciones parecidas a la ansiedad. Es posible que esta persona esté pensando en las consecuencias diciéndose cosas como: “menudo desastre, ya no hay vuelta atrás. Siempre acabo fracasando en todo lo que hago y nunca conseguiré nada en la vida…”. Siendo sinceros, si creyéramos que estas frases son verdad, ¿no reaccionaríamos todos con desesperación?

Entonces, ¿cuál es el problema? Si la emoción surgida de la situación es real, ¿necesariamente lo que provoca esa reacción de desesperación es realista? Veamos el ejemplo de un modo más detallado y que puede explicar cómo llegamos a un sentimiento de desesperación. Nos llega la noticia del suspens e, inmediatamente, nuestro cerebro comienza a trabajar para interpretar lo que está sucediendo; en nuestro archivo “resultados académicos” un suspenso es algo catalogado como negativo. Lo más probable es que los primeros pensamientos que surjan sean: “vaya decepción, esperaba un mejor resultado“, siendo la emoción provocada la de tristeza. Pero nuestro cerebro no se queda en esa primera interpretación y enseguida comienza a tantear las consecuencias que tendrá este resultado. Partiendo de la emoción actual, la tristeza, ciertos pensamientos se van produciendo de forma automática, sin mucho control consciente sobre ellos: “suspender es lo peor que podría suceder, ahora tendré que volver a estudiar y es un fastidio. Esperaba aprobar“. De la emoción de tristeza, surge el sentimiento de decepción. Desde ese sentimiento de decepción, seguimos buscanso causas y consecuencias de lo ocurrido, y aquí es cuando recurrimos nuevamente a nuestra historia de aprendizaje, solo que partiendo de un estado emocional que predispone la búsqueda. De este modo, pensamientos automáticos de tipo catastrofista hacen su aparición: “suspender es de torpes, por lo que yo soy torpe. Ya me ha pasado otras veces, soy un fracaso“, etc.

Este proceso ocurre en un lapso de tiempo muy breve, de forma casi inconsciente; como estoy invadido por una emoción negativa (tristeza, miedo, ira…) que genera sentimientos de frustración, decepción y desesperación, que son reales, le doy una gran credibilidad a esos pensamientos: como percibimos esas emociones, creemos que sus causas, los pensamientos, son también reales. Pero, de los pensamientos que hemos descrito anteriormente, ¿podríamos decir que son realistas, que en el análisis de la situación se partiendo de hechos objetivos? ¿O son pensamientos sesgados? Evidentemente, así es, puesto que está dejando de lado las ocasiones en las que ha aprobado, está generalizando esta situación a todas las demás, está definiéndose a sí mimos en función de una situación concreta… Está cometiendo errores de pensamiento en su análisis que le llevan a encadenar una emoción negativa tras otra hasta llegar al sentimiento de desesperación. El proceso parece bastante lógico así explicado: cualquiera se sentiría así si pensara de este modo, si le diera una credibilidad tan alta a estos pensamientos distorsionados.

El ejemplo utilizado es, tan sólo eso, un ejemplo. Cada persona tiene su propia Historia de Aprendizaje, y tiene su propio proceso particular a partir del cual genera conocimiento subjetivo de las situaciones. Para ser prácticos, de lo que se trata es de intentar darnos cuenta, cada uno por separado, de cómo los pensamientos y las emocinoes se interrelacionan, se conectan, de modo que unas y otras acaban generando estados artificiales (aunque emocionalmente reales) que provocan respuestas desproporcionadas. ¿Podemos elegir cómo nos sentimos? Sí. No se trata de elegir sentirse bien siempre, aprender a ocultar las emociones negativas, etc. Todos sentimos emociones negativas y positivas, la cuestión más importante, en mi opinión es: ¿si pudiéramos aceptar nuestro primer sentimiento negativo y generar explicaciones realistas, basadas en hechos objetivos, de la situación, nos sentiríamos más o menos capaces de actuar en consecuencia?

En el ejemplo anterior, lo más probable es que el protagonista tenga pocas ganas de hacer nada; dicho de otro modo, el estado emocional que le ha provocado la desesperación le genera muy poco deseo de hacer nada al respecto y, si no hace nada, acabará por creer “a pies puntillas” que es “un desastre y que nunca conseguirá nada”. A esto se le denomina La Profecía Autocumplida, y resulta ser un sesgo muy habitual entre las personas.

Si partiéramos de la tristeza de haber suspendido y generásemos una explicación de esa situación más realista, basándonos en hechos y datos objetivos de nuestra vida (reacciones anteriores en situaciones parecidas, exámenes aprobados con anterioridad, aceptación del resultado y de la tristeza que se siente en ese momento…), quizás esa persona no llegaría con facilidad al estado de desesperación que genera su bloqueo. Por el contrario, lo más probable es que encontrara una explicación aceptable, que genere una emoción de menor intensidad y que le permitiera generar otros pensamientos alternativos de carácter más positivo, logrando quizás perseverar y trazar un plan de acción para superar la situación.

Este sencillo ejemplo, ilustra un complejo proceso que tiene lugar a lo largo de nuestra vida y que configura nuestro estilo de afrontamiento ante las situaciones, tanto positivas como negativas. Por complicada que resulte la situación en la que nos vemos envueltos, de nosotros depende la intensidad con la que la vivimos, la explicación última que le demos y las acciones que queramos acometer a continuación. Si concedemos una gran credibilidad a los pensamientos automáticos que pueden surgir a partir de una situación negativa sin evaluarlos objetivamente, lo más probable es que nuestras emociones negativas crezcan en intensidad, impidiéndonos ofrecer una respuesta adaptativa, creativa y constructiva.

Tiamat.

Los Roles en Pareja

¿Qué es lo que hace que una relación de pareja sea satisfactoria para cada miembro que la compone? Esta es una de esas preguntas para las que no existe una respuesta perfecta. Cada pareja, igual que cada individuo, es diferente, y el modo en que viven la relación depende de las particularidades de cada caso. Lo que es evidente, por otro lado, es que todas las personas desempeñamos, en nuestras relaciones sociales, determinados roles que vamos asumiendo en función de las experiencias que acumulamos.

La asunción de un rol como propio puede destruir el vínculo en la pareja. Los roles deben fluir de modo que se asuman solo cuando sea necesario, facilitando que ambos miembros de la pareja se sientan con permiso de manifestar sus necesidades.

Cuando uno siente que no puede representar cierto papel, que no tiene derecho a manifestar ciertos sentimientos, asume un rol de forma rígida. Las personas, a partir de las experiencias que los han transformado en quienes son, pueden asumir un rol determinado durante un periodo de tiempo, porque las necesidades de la pareja sean perentorias. Pero anclarse en ese rol, interpretar el papel de “fuerte”, de “débil”, etc., durante mucho tiempo, impide el crecimiento del vínculo y también el crecimiento de ambos miembros de la pareja, que dejan de ser ellos mismos para convertirse en protector y protegido, en fuerte y débil.

Permanentemente nos encontramos con retos que nos exigen un alto grado de compromiso y un desgaste emocional muy costoso. Es cierto que apoyarse en la pareja resulta reconfortante y necesario, pero ambos miembros de la pareja deben tomar conciencia de ellos mismos y de los roles que asumen para no enquistarse en ellos y para dar permiso al otro para que cambie de postura, para flexibilizar las etiquetas e intercambiarlas. Ese “toma y daca”, deja crecer el vínculo de forma sana y permite a cada miembro de la pareja disponer del espacio para ser creativos, para sí mismo y para el vínculo que están construyendo activamente.

Para que el vínculo de la pareja, la plantita que cuidamos juntos, se mantenga sano, sólido y feliz, es necesario permitir al otro ser quién es, quien necesita ser y, porqué no, quien sueña ser. Y, en ese vuelo libre, cuando somos conscientes de nosotros mismos, elegimos regresar al espacio compartido, el que creamos juntos, porque también encontramos sentido al camino que estamos recorriendo.

Es inevitable asumir roles en la pareja en determinados momentos; a veces porque necesitamos asumirlos y otras veces porque comprendemos que es necesario ejercerlos. ¿Cómo hacer para no transformarnos en el rol que asumimos? La clave está en el diálogo permanente, en la petición al otro, en la observación de las necesidades: las propias, las de la pareja y las del vínculo que nos une.

La rigidez en los roles impide el diálogo profundo sobre las necesidades de todos. Por ejemplo, al asumir el rol de “protector”, estoy dando por sentado lo que tú necesitas y no hace falta preguntarte; por supuesto, además, tú sabes que, como te protejo, no me hace falta nada, así que tú tampoco preguntas. Pero, ¿qué ocurre con el vínculo en este caso? Si fijamos los roles de forma rígida, el vínculo emocional es el que queda abandonado. Y una planta tan delicada necesita agua casi a diario. Es resistente en muchos casos, y tarda mucho en morir, pero sin duda sus flores se marchitan con facilidad, si solo existo yo o si solo existes tú. Construir un espacio donde los tres podamos desarrollarnos es el reto de estar en pareja, el verdadero desafío de construir una vida juntos.

Construir un vínculo de intimidad con tu pareja implica abandonar muchos de los preceptos individualistas para entrar a formar parte de una ecuación ilógica en la que la suma de dos individuos tiene como resultado tres. No se trata de renunciar al individuo que eres, sino de compartir lo que eres y lo que deseas ser. Se trata de aprender a pedir sin exigir, a abrazar sin asfixiar, a estar dispuesto a renunciar con la esperanza de que me elijas cada día.

Y esto es algo muy difícil si primero no he conseguido construirme a mí mismo en un marco de auto-confianza y autoestima ajustadas. Cuando no tengo la autoestima en niveles adecuados, no voy a poder confiar en que me elijas, y entonces pretenderé agarrarte y tenerte a mi lado a toda costa, no dejando que seas quien quieras ser, y asfixiando el vínculo. En este sentido, aferrarse puede suponer la muerte de la pareja, mientras que aprender a soltar será la primera solución. No se puede entender la existencia de una pareja sana y creativa, que permite crecer, si uno de los dos aprisiona al otro con sus propias inseguridades, generando culpa, insatisfacción o incluso ira dentro de la pareja.

Uno de los roles más asumidos en una pareja es el rol de “luchador”. Cuando uno asume la carga, por sí solo, de luchar para que una relación funcione, acaba ocurriendo que se cansa o se quema, o bien acaba magullado por un gran número de cicatrices abiertas, cuyo origen no consigue recordar. Muchas personas están tan enamoradas de la idea de estar en pareja, de compartir su vida, que no se plantean si la persona con la que viven esa historia es la que realmente quieren para sí mismas. Y luchan y pelean por la relación, no queriéndose dar cuenta del daño que producen en el vínculo.

¿Qué rol puede asumir el otro miembro de la pareja ante este comportamiento “luchador”? Lo más común, y como ocurre en todos los sistemas que se mantienen en el tiempo y que funcionan (aunque sean disfuncionales), es que se acomode y se acostumbre a que sea el otro el que empuje por los dos. Pero decíamos que las cosas tienen que fluir porque no se puede empujar el río contracorriente.

El resultado de mantenerse en esos dos roles es la insatisfacción de los dos miembros de la pareja, que van acumulando reproches en silencio hasta que uno de los dos no pueden aguantar más y lo expresa. Las formas de expresión pueden ser diversas y dependen también de cuánto tiempo se hayan mantenido las posturas y roles rígidos y el impacto que esto haya tenido sobre la autoestima de cada uno. Desgraciadamente, la falta de diálogo hace que la expresión emocional de las propias necesidades aparezca como fuera de lugar. En un caso extremo, la psicopatología puede ser el resultado que provoque un cambio de paradigma en la pareja. Ahora los roles son los opuestos: tú que me protegías necesitas que te proteja, y yo, que era protegido, asumo tu protección. Se vuelve a una nueva fase de “estabilidad inestable”, en la que el vínculo está ya herido de muerte. No obstante, la relación puede durar años así construida, llenándose de sentimientos de deuda (”con lo que hizo por mi…”, “me lo debe, por lo mucho que me esforcé…”), culpa, malestar e ira.

Construir la relación de forma sana implica, como decía, dejar espacio para los tres, de modo que todos puedan crecer: los dos individuos y el vínculo que han elegido construir. Y la base para que así sea, será, sin duda, el diálogo. Un diálogo flexible, que de permiso a sentir toda clase de emociones, que permita el intercambio de roles, y en la que haya la libertad de pedir lo que necesito sin esperar a que el otro se de cuenta por sí solo.

Desde que somos pequeños nos educan en continuas incongruencias que configuran una forma de establecer vínculos en determinados ámbitos. Tenemos ejemplos de cómo es estar en pareja a nuestro alrededor que van ofreciéndonos ideas sobre cuáles son los roles que tendremos que asumir más adelante. Pero también los medios de comunicación nos influyen notablemente, desde la más tierna infancia, configurando una imagen de cómo queremos que sean las cosas y, más allá, de cómo deben ser: perfectas. Y luego esperamos que sean así.

El problema empieza muy pronto, cuando comenzamos a comprobar que no recibo lo que necesito por mí mismo y que mi pareja no se da cuenta tampoco. La idea “romántica” que presupone que “si me quiere, sabrá lo que necesito“, está muy extendida. Y es cierto que la mayoría de las personas no observa a los demás (ni a su pareja), los gestos, el rostro, los ojos…, pero tampoco podemos pretender que lo adivinen. La única solución es sencilla: pídelo. Facilita el “darse cuenta”, provoca un cambio para que el vínculo crezca sano. No se trata de cambiar por ti, sino de conseguir que el vínculo siga floreciendo.

Tiamat

Afrontar los Miedos con los Niños

Todas las personas sentimos miedo en ocasiones; unas más que otras, y eso, en los adultos, tiene que ver más con darse permiso a sentirlo que con una especial sensibilidad natural. Cuando hablamos de los miedos infantiles, las cosas van en una dirección parecida, pero el permiso nace, o se otorga, desde los “otros” significativos del niño o la niña: padres, tutores, etc…

La capacidad de afrontar los miedos tiene que ver con la forma en que aprendemos qué significa tener miedo. Porque a veces el temor a lo desconocido, a lo que no comprendemos, puede transformarse en una emoción de miedo más intensa si le trasladamos nuestras percepciones y temores al niño. Al fin y al cabo, el “pequeño constructor de su realidad” está aún aprendiendo las reglas del juego y la fuente de seguridad son sus referentes adultos.

El miedo es una emoción caracterizada por un sentimiento interpretado generalmente como desagradable, y que está provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. En esta definición es fácil encontrarse con que muchos miedos son absolutamente irracionales, que no se fundamentan en la lógica. Al mundo adulto le cuesta tolerar todo lo que no se mueve en esos parámetros, lo que provoca que la respuesta a los miedos infantiles sea, a veces, inadecuada.

Desde cualquier otro ámbito, todo el mundo comprende que los niños no pueden funcionar igual que los adultos, y que habitan durante mucho tiempo en un mundo en el que la magia, los sueños, la fantasía, son la pauta. Los miedos infantiles provocan en los adultos sentimientos de temor al no saber qué hacer exactamente.

Tener miedo es normal, pero cómo, cuándo y hasta dónde, se nos escapa, por lo que muchos adultos se empeñan en alterar los parámetros de comprensión de los niños y acelerar su maduración en cuanto a los miedos. Se les dice que ya “son mayores” para tener miedo a la oscuridad, o incluso se enfandan con ellos si su respueta de temor persiste. Se da por hecho que, si no va a comprender exactamente lo que ocurre con su temor “irracional”, sea cual sea éste, entonces no necesita una explicación, y lo que debe hacer es superarlo. Es decir, que, partiendo de nuestro propio miedo a que el niño no esté bien, exigimos a éste que supere sus propios miedos sin comprenderlos, sin recibir pautas específicas sobre qué hacer.

El que los niños no estén preparados para comprender cómo funcionan determinados ámbitos de la realidad adulta que les provocan miedo (como puede ser la oscuridad, las tormentas, u otros fenómenos de la naturaleza, por ejemplo), no significa que no necesiten una explicación sobre porqué ocurren. Y, más allá, los adultos necesitamos aprender a pensar también desde la perspectiva de los niños, y dar respuestas que resulten válidas para ellos, aunque desde el mundo adulto las podamos catalogar como “ilógicas”. ¿Por qué no resulta válido dar una explicación fantástica a un fenómeno natural a partir del cual los niños desarrollan algunos miedos? Los cuentos nos permiten utilizar la clase de lenguaje adecuado para ofrecer explicaciones válidas para los niños y, a partir de las cuales, instaurar otras herramientas con las que afrontar el miedo específico.

Existen algunos miedos que, necesariamente, todos los niños experimentan en algún que otro momento y que les sirven para ir madurando emocionalmente. Los llamados “miedos evolutivos” son reacciones normales, adaptativas, y forman parte del desarrollo normal del niño; asimismo, son transitorios y están relacionados con las etapas evolutivas, no interfiriendo en el funcionamiento cotidiano. Estos miedos forman parte del desarrollo habitual de los niños y niñas, y, en principio, no suponen un problema excesivamente grave. Hablamos, por ejemplo, del miedo a estímulos intensos (ruidos fuertes, dolores), el miedo a estímulos desconocidos (personas extrañas), el miedo a la ausencia de estímulos (oscuridad), o el miedo a estímulos potencialmente peligrosos para la especie humana (serpientes, animales, etc.).

Todos podemos recordar, con mayor o menor claridad, algunos de los miedos más habituales durante nuestra infancia; cuando nos costaba dormir solos, en medio de la oscuridad, quizás temiendo que un monstruo llegara para hacernos daño… O el fuerte ruido de un trueno durante una tormenta, o la separación de los padres que han decidido dejarnos con un cuidador de confianza mientras van a cenar fuera… ¿No necesita un niño una explicación de porqué siente miedo ante esos acontecimientos, en muchas ocasiones difíciles de explicar? Y está claro que una explicación científica de porqué los truenos y los rayos suceden le servirá de poco para afrontar dicho miedo, sobretodo en el caso de niños pequeños.

Los adultos podemos complicar las cosas si no atendemos la demanda del niño, pero también si la atendemos inadecuadamente. Una excesiva atención al asunto puede dar la impresión de que sí tiene de qué preocuparse, que su miedo es razonable. Además, el hecho de recibir muchas atenciones puede reforzar su comportamiento específico ante esta clase de estímulos y convertirlo en una estrategia para recibir atención y caricias. ¿Qué hacer para no convertirlo en un problema?

La primera clave a tener en cuenta consiste en valorar adecuadamente el miedo. ¿En qué consiste? Hacerlo desde un plano de comprensión del mundo infantil nos facilitará las cosas; no juzgar, no exigir, no criticar el miedo nos facilitará su comprensión. Hay que recordar que el niño está aprendiendo qué significa su miedo, y que necesita una explicación que le resulte válida a él tanto para comprenderlo como para afrontarlo después. Se trata, por tanto, de averiguar cuál es el miedo CON el niño, dejando que sea él mismo el que nos guíe en el significado que tiene para él dicho miedo.

En todo el proceso de comprensión, reconstrucción y afrontamiento del miedo, el verdadero protagonista es el niño, por lo que tenemos que dejar que forme parte activa del mismo. Uno de los errores más comunes es intentar dar una solución estereotipada, e intentar que el niño se la crea, la acepte porque sí, y que le sirva. Yo apuesto por observar esa realidad específica, el miedo, comprenderla ambos desde una perspectiva común, reconstruir el significado del miedo, a partir de elementos útiles (que pueden ser lógicos o ilógicos, reales o imaginarios) para el niño, y luego elaborar una estrategia de afrontamiento.

Una vez observado el miedo del niño, desde su perspectiva, y lo hayamos aceptado, el siguiente paso consiste en intentar reconstruir el significado del miedo para él. ¿Cuál es el método más adecuado? Evidentemente no creo que haya un método único, una fórmula mágica que ayude a todos por igual, pero sí que hay ciertos lenguajes que facilitan claramente algunos aprendizajes. Los cuentos nos permiten utilizar un lenguaje especial que conecta directamente con nuestra emociones más profundas, simplifica la realidad y la hace más comprensible.

Nuestra perspectiva debe centrarse en poder llegar con garantías al afrontamiento, pero como paso previo hay que encontrar una nueva explicación al fenómeno que produce miedo. ¿Por qué son tan ruidosos los truenos? ¿Por qué al quedarme a oscuras veo figuras en el techo? ¿Por qué? Esa es la pregunta que hay que responder, con una explicación que al niño le sirva para cambiar su actitud ante el fenómeno. El significado que tiene ahora para él, le genera una serie de emociones negativas que cristalizan en un claro bloqueo: está atenazado y pide ayuda a los adultos, a sus padres. Construir junto a él un nuevo significado que cambie esa emoción, puede ayudarnos a llegar al afrontamiento con garantías. las emociones positivas, que pueden surgir a partir del nuevo significado que para el niño tenga el fenómeno que le producía miedo, abren su repertorio de conductas de afrontamiento y mejoran su actitud ante el mismo.

Para los adultos, responder a las preguntas anteriores relacionadas con los miedos, nos resulta tan difícil como dar una explicación al fenómeno extraño, y entrañable, que muchos niños (y adultos) repiten en la cama cuando sienten miedo de algo: esconderse debajo de la sábana. Es un auténtico misterio, un comportamiento que se repite en muchas personas de diferentes edades. Por tanto, dar una explicación que parte del mundo adulto, lógico, científico, no tiene porqué resultar más útil que una explicación mágica, como la que cabe en un cuento.

El miedo puede suponer una oportunidad para conectar con nuestra parte más creativa, más infantil, más auténtica… Una oportunidad para establecer una relación cualitativamente distinta, tanto con nosotros mismos como con el niño o la niña. Porque desde nuestra perspectiva adulta, si no nos damos permiso a nosotros mismos para ponernos auténticamente en el lugar dle pequeño, conseguiremos justo lo contrario que pretendemos, y el miedo se convertirá en un problema. Porque si pretendemos, desde la exigencia de que el miedo es malo y debemos rechazarlo, que el niño afronte sin comprender, sin entender qué significa para él dicho miedo, lograremos “contagiarle” nuestro propio afrontamiento, nuestra propia exigencia, y el niño se sentirá mal consigo mismo por sentir miedo, saliendo dañada su autoestima.

En ocasiones, trabajar nuestros propios miedos y preguntarnos qué significan para nosotros, puede ser una estrategia que nos acerque un poco más a la comprensión de los miedos infantiles. ¿Por qué me siento así con el miedo de mi hijo? ¿Por qué me enfado con él o ella si persiste su respusta de miedo? ¿Qué significa para mi que tenga miedo? Si no somos capaces de respondernos a nosotros mismos, y nos empeñamos en que afronten y superen sin más sus miedos, conseguiremos, con suerte, que los bloqueen, pero seguramente tienda a reproducirse o a transformarse en otros miedos diferentes más adelante.

Si somos pacientes, escuchamos, aceptamos y compartimos los miedos de nuestros hijos, seguramente habremos conseguido dar ese primer paso necesario para que aprendan a afrontar adecuadamente las situaciones que les producen temor y les atenazan.

Tiamat.

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