Loading....
Recent Article links:

Category 'Reflexiones Conjuntas'

¿Autocontrol Emocional?

En la sociedad actual, cuyo ritmo impone una velocidad que difícilmente permite procesar adecuadamente la información relevante para nosotros mismos, se han configurado una serie de esquemas cognitivos que delimitan aquello que es aceptable y aquello que no lo es. Vivimos en un momento histórico en el que los elementos racionales son tremendamente valorados y se toman en cuenta como lo deseable en la mayor parte de ocasiones. Si bien los contenidos cognitivos y racionales, son necesario para, por ejemplo, facilitar ciertos procesos como la toma de decisiones, la configuración de este modelo ha establecido que todo lo que tenga que ver con lo emocional, como opuesto a lo racional, es negativo.

 

De este modo, desde muchos lugares diferentes, se nos “invita” a la racionalidad desde el rechazo por lo emocional. Las emociones aparecen, por tanto, como signo de debilidad, como síntoma de un déficit de algún tipo, como una especie de inmadurez de la que debemos hacernos responsables. Y desde estos modelos se nos invita a controlar nuestras emociones. Si reflexionamos brevemente seguro que todos podemos recordar escenas que hemos vivido en las que se recompensaba verbalmente a aquellos que parecían “controlar sus emociones” y se culpaba o reprendía a aquellos que mostraban ante los demás lo que estaban sintiendo. Si bien hay contextos en los que mostrar determinadas emociones puede ser valorado como negativo, no debemos creer que el denominado autocontrol emocional es un método adecuado para solucionar algún tipo de problema.

El autocontrol emocional parte de una premisa que, humildemente, considero equivocada ya que, desde este lugar, se apuesta por la siguiente sentencia: no se pueden controlar las emociones.

Parece un hecho sin importancia, pero elegir un paradigma, un modelo sobre qué son las emociones, u otro, modifica nuestra relación con las mismas. De esta manera, creer que las emociones son lo contrario a la razón, concebirlas como algo a evitar, ya que dejarnos llevar por ellas suele tener consecuencias negativas, puede llevarnos a estar convencidos de que el control es una solución adecuada.

La apuesta por el control emocional tiene, como es lógico, consecuencias. Y son dichas consecuencias las que desaconsejan seguir la vía del control con nuestras emociones. Por un lado, controlar las emociones supone, de manera práctica, realizar (al menos) las siguientes acciones:

  1. intentar bloquear lo que se siente cuando se está sintiendo, con el objetivo de ser racional y cumplir con el criterio social de ser “correcto”, y
  2. dificultad para reconocer las propias emociones, ponerles un nombre y darles un significado.

Evidentemente, ambas estrategias de control forman parte de un mismo proceso que se va desarrollando en el tiempo y que se refuerza a sí mismo a través de los demás. Cuando conseguimos controlar nuestras emociones en determinadas situaciones sociales, se nos considera “maduros”, “racionales”, “objetivos”… Dicho de otro modo, hay todo un conjunto de personas que nos van a valorar por saber controlar nuestro mundo emocional. ¿Merece la pena el esfuerzo? Analicemos algunas de las consecuencias que esta estrategia conlleva.

El bloqueo emocional conlleva un efecto de acumulación que va creciendo dentro de nosotros. Cada emoción que nos negamos a sentir, cada emoción que frenamos, va dejando un poso negativo sobre nosotros, aunque no seamos conscientes del mismo. Muchas personas son capaces de estar meses acumulando emociones negativas sin expresarlas de ningún modo. Las emociones, tarde o temprano, necesitan una forma de expresión; solo necesitamos llegar a nuestro límite para comprobarlo. La explosión de una de las emociones negativas suele ser la consecuencia más habitual del proceso de bloqueo emocional: explosión de ira, explosión de tristeza (a través del llanto), etc.

Curiosamente, tienden a confundirse con facilidad como consecuencia del control emocional: es la ya mencionada dificultad para reconocer las propias emociones. Si no sé muy bien qué estoy sintiendo, porque me he negado durante mucho tiempo a sentirlo, a expresarlo, lo que puede ocurrir es que ya no sepa qué es exactamente lo que siento. Y si no sé qué emoción me está invadiendo, difícilmente voy a poder reconocer qué significa para mí en este momento y mucho menos cómo manejarla, excepto, claro, volviendo a bloquearla.

En cada explosión, vaciamos nuestro acumulador emocional y así estamos listos para volver al principio. Además, algunas personas encuentran actividades para retrasar la explosión y poder ir “descargando” en pequeñas dosis su propio acumulador: la práctica de deporte intenso, el consumo de determinadas sustancias, etc. Todo para lidiar con aquello que creemos que es secundario o impropio de un adulto responsable.

Pero, ¿no es nuestra responsabilidad saber manejar adecuadamente nuestro mundo emocional? Ya que el paradigma analizado que apuesta por el control emocional parece no ser el más adecuado, quizás habría que comenzar por cambiar la concepción que tenemos de las emociones.

Etimológicamente, emoción significa el impulso que induce a la acción. Desde esta perspectiva básica, la emoción no puede considerarse negativa en sí misma, así que necesitamos un nuevo modelo de las emociones y los sentimientos. Se podría establecer una división entre emociones positivas y negativas en función de las sensaciones y significados que tienen para nosotros, es decir, si nos agradan o desagradan. Hay que reconocer que, en ambos grupos, la intensidad de la emoción de la que hablemos puede ser la clave a partir de la cual nos resulte más o menos difícil gestionarla. Y es aquí cuando cambiamos de paradigma, al pasar del control a la gestión de las emociones.

Aunque hay emociones que parece que tienen un efecto universal sobre los seres humanos, o al menos parece que nos lleven por caminos similares, como puede ser la tristeza ante la pérdida de un ser querido, o la alegría de conseguir el ascenso que esperábamos, lo cierto es que cada individuo tiene que lidiar con sus propias emociones. Y que la única cosa que realmente tenemos en común es una mayor o menor dificultad con la intensidad de determinadas emociones.

Lejos de apostar por eliminar las emociones negativas, la visión que propongo en este artículo es la de comprender la necesidad de conectar con las emociones, tanto positivas como negativas, y aprender a gestionar inteligentemente la intensidad de las mismas.

Para conseguir este objetivo, hay que comenzar por saber qué es lo que siento, es decir, por aprender a reconocer mis emociones. El único modo de reconocerlas y discriminarlas entre sí es convivir con ellas, es dejarlas estar y ver qué es lo que significan para nosotros, qué nos aportan en ese momento, ya sea positivo o negativo.

Posteriormente, una vez que he sabido ponerle nombre y darle significado a esa emoción, es importante centrarnos en qué hacer con esa emoción. En este sentido, y en función de nuestros objetivos, tendremos que ver a qué se debe la intensidad de nuestra emoción. ¿Dicha intensidad se debe a una serie de pensamientos que fluyen al tiempo que siento? En un artículo anterior (¿Víctimas de nuestras emociones?) se explicó la importante relación entre los pensamientos y las emociones; mientras que éstas últimas siempre son reales, los pensamientos puede que no lo sean, pero que, debido a lo que sentimos, le estemos dando una credibilidad que no merecen sin pruebas. En este sentido, continuar apostando por esta línea resulta básico en la toma de decisiones sobre qué hacer con esa emoción.

Si resulta que la intensidad de nuestra emoción difícil se deriva de un conjunto de pensamientos que incrementan dicha intensidad, nuestro trabajo será buscar hechos y pruebas que refuten esos pensamientos. Así, reduciremos la intensidad de la emoción. Sin embargo, habrá ocasiones en que, incluso tras el análisis propuesto, la intensidad de la emoción no disminuirá. En el ejemplo propuesto con anterioridad, sobre la pérdida de un ser querido, la tristeza continuará ahí. No debemos tener miedo a seguir auténticamente lo que nos está sucediendo. Aquí el objetivo es darse permiso a sentir. Aceptar mis emociones es la clave para seguir construyendo significados positivos una vez pasado el primer impacto.

Los seres humanos tenemos la capacidad de gestionar nuestras emociones y transformar toda esa energía en algo creativo. La primera decisión a tomar pasa por cambiar de paradigma, rechazando la creencia de que las emociones y sentimientos son algo a evitar. A continuación, debemos aceptar las emociones, comprender los significados particulares que nos aportan y decidir qué hacer con ellas. Podemos elegir disfrutarlas, aprender de ellas, utilizando su energía para favorecer el autoconocimiento, crecer y transformarnos a nosotros mismos.

Apsu y Tiamat

La Importancia del Contacto

La sabiduría popular señala en ciertos contextos que “solo valoras algo cuando ya lo has perdido”. Generalmente se utiliza esta expresión para hacer referencia a determinadas pérdidas: una relación de pareja, un trabajo, un objeto preciado… Pero, qué ocurre con aspectos de nosotros mismos?

Los seres humanos estamos dotados de una serie de capacidades cognitivas que nos permiten recordar el pasado y planificar el futuro, lo cual resulta tremendamente útil en el proceso de aprendizaje, y muy adaptativo para afrontar situaciones del día a día. Lo malo es que podemos llegar a vivir permanentemente en esos dos constructos, pasado y futuro, y caer en una trampa habitual: dejar de vivir el presente. De este modo, al desconectarnos de lo único que tenemos (el presente) también conseguimos bloquear la posibilidad de conectar auténticamente con los demás y, lo que es peor, con nosotros mismos.

Muchas personas viven recordando su brillante pasado, y se presentan ante los demás como “el que hizo”, “el que una vez…”, etc. En lugar de disfrutar de sus recuerdos, los utilizan para transformar su realidad en una sensación de permanente melancolía, a partir del argumento: “cualquier tiempo pasado siempre fue mejor”. Otras personas, sin embargo, postergan su felicidad en un momento futuro, cuando consigan un ascenso, cuando nazca su hijo, cuando encuentre pareja, etc… Estas personas convierten su presente en un lugar sombrío que no está a la altura ni del pasado ni del futuro, impidiéndose a sí mismos conectar con lo bueno que les sucede a diario. Ni siquiera lo perciben.

Si mantenemos esta pauta a lo largo del tiempo corremos el riesgo de desconectarnos de partes de nosotros mismos que son tremendamente importantes, al tiempo que nos comienza a resultar difícil mantener relaciones satisfactorias con los demás. Y reforzamos nuestra tendencia, porque recordamos lo maravillosa que era esta relación antes, o bien lo “perfecta” que será mi vida cuando esta relación se consolide, o llegue a ese lugar que yo considero la felicidad. Mientras me lamento de las diferencias con el pasado y sueño con la “perfección” de ese futuro, me estoy perdiendo la oportunidad de conectar con el otro que tengo delante, percibir que ese momento es lo único que existe ahora mismo, y que disfrutarlo es el camino para transformar la relación en un encuentro satisfactorio (pasado, presente y futuro).

Si hemos mantenido esta tendencia durante mucho tiempo, es posible que tengamos dificultades incluso para darnos cuenta de que no vivimos el presente, de que nuestras relaciones ya no son auténticas. La única pista que tenemos de que algo sucede es que ya no somos capaces de disfrutar de las relaciones. ¿Qué ocurre? ¿Dónde está el problema? Muchas personas buscan la explicación menos comprometida y culpan al otro, directa o indirectamente, de esta situación; dicho de otro modo: te culpo a ti por mi incapacidad para disfrutar de nuestra relación.

El problema de fondo, en muchas ocasiones, es que hemos perdido la conexión con nosotros mismos, con nuestra parte más genuina, auténtica y creativa, esa parte de nosotros mismos que se da permiso a ser quien es y a compartirlo con los demás. Al habernos desconectado, no somos capaces tampoco de percibir nuestra responsabilidad en el proceso de pérdida; sentimos algo, pero no sabemos ponerle nombre, lo que genera aún más confusión.

Cada persona guarda en su interior la capacidad de conectar consigo misma y volver a disfrutar del presente. Cuando lo hacemos, situamos el pasado y el futuro en el lugar que les corresponde y entonces podemos recordar y planificar sin engancharnos a otras personas. Vivir el presente supone darle continuidad a ese que fuí ayer, al que soy ahora y al que seré mañana.

No hay reglas establecidas que dicten cómo podemos volver a contectar con nosotros mismos de nuevo. Pero sí es verdad que muchas personas coinciden en señalar una opción que les ha devuelto a sí mismos: el contacto. Dicho de otro modo, hay personas que han podido volver a disfrutar del presente e iniciar un proceso de autoconocimiento a través del contacto con los demás, del encuentro con otro significativo.

A algunas personas les resulta difícil explicar el momento en el que vuelven a conectar consigo mismas a través de un encuentro auténtico con otra persona. Hay algunos elementos interesantes que pueden explicar el fenómeno, aunque todos ellos parten del mismo lugar y, al tiempo, desembocan en ese mismo sitio: la intimidad.

Quiero compartir con vosotros la experiencia de alguien que pasó recientemente por este proceso; así lo relata: “Sentí como si el Ave Fénix prendiera de nuevo la llama de mi corazón; recordé muchas sensaciones que pensaba que no volvería a sentir y comprendí lo confundido que estaba; había una parte de mi que había olvidado y era precisamente lo que me impedía disfrutar de todo lo que hacía. En cierto modo, en ese momento, volví a nacer“. La clase de contacto que puede generar una narrativa como la que acabamos de leer es único; es un contacto que nos coneccta con nosotros mismos de nuevo, y que solamente se produce dentro de un encuentro auténtico entre dos personas.

El contacto físico con el otro, a través de un abrazo, o bien cogiéndole la mano, incluso mirarle a los ojos, puede devolvernos al presente y conectar con partes de nosotros mismos que creíamos olvidadas. Ese contacto inicia un proceso que parte de lo sensorial, la percepción de mi piel unida a la del otro, continúa con la generación de una emoción, y termina con la creación de un significado atribuido al encuentro. Todo esto sucede en el presente, aquí y ahora. Dejamos de recordar y planificar, y pasamos a ser solamente quienes somos, auténticamente.

De pronto descubro que yo soy esa emoción, que esa capacidad de conectarme a mí mismo y de no perderme en el día a día sigue siendo mía. Porque una de las razones que explican porqué me desconecto de mí mismo es precisamente el hábito aprendido, y socialmente compartido, de desvincularme de mis emociones; al considerarlas como fuente de problemas, y relevarlas a un segundo plano, renunciamos a una parte de quiénes somos.

Una vez he recuperado la capacidad de estar conectado conmigo mismos, puedo escuchar mejor mis deseos, me relaciono de forma más sana con el pasado y con el futuro, dejando de exigir que las cosas hayan sido de otro modo, de pretender que mi felicidad sea alcanzable al llegar a algún lugar del futuro. En ese momento, tal vez, sea capaz de darme cuenta de la oportunidad que el presente me regala: la oportunidad de descubrir quién soy en cada momento, de conectar con otras personas provocando encuentros significativos, de ser creativo y disfrutar de ello.

Apsu y Tiamat

Confianza

La confianza es uno de los pilares maestros en los que se asientan las relaciones humanas. ¿Qué es la confianza? No resulta sencillo describir en qué consiste… ¿Por qué confiamos en otras personas? ¿Qué diferencia hay entre confiar en alguien y no hacerlo? Es evidente que no confiamos en todo el mundo; no todas las personas despiertan en nosotros sentimientos parecidos a la confianza. Cuando confiamos en alguien, abrimos nuestro corazón a esa persona y nos mostramos tal y como somos; esa desnudez, que nos hace sentir vulnerables ante los demás, no resulta un problema cuando estamos con las personas en las que confiamos. Asumimos que esas personas nos aceptan, incondicionalmente, nos quieren y, por tanto, nunca nos harán daño. Pero, ¿se puede asumir que otra persona NUNCA va a hacernos daño? No. Y este es, quizás, uno de los problemas básicos que se derivan de la confianza.

En ocasiones, construimos una imagen poco realista de la persona en quien confiamos, hasta el punto de considerarle perfecto. No existe nadie que pueda asumir esa perfección sin sentirse abrumado por el hecho de no poder cometer errores, ni tampoco comportarse de forma que contradiga ese ideal.

De modo que, si esta persona comete un error, es decir, se comporta como cualquier otro ser humano, entonces ese ideal se rompe y la imagen creada se distorsiona. Nuestra seguridad se diluye y volvemos a sentirnos tremendamente vulnerables. Si alguien que nos conocía, nos aceptaba y nos quería, incondicionalmente, nos “traiciona”, rompiendo la confianza que teníamos en él, entonces, ¿qué no podrán hacer aquéllos en quienes no confiamos?

La tendencia general de muchas personas consiste en no confiar en prácticamente nadie. Para la mayoría, la confianza es igual al establecimiento de una relación de intimidad, independientemente del tipo que sea, amistad, pareja, familia, etc. Podemos tener relaciones de todo tipo, con personas de diferente condición, pero no confiamos en todos, ni establecemos vínculos de intimidad con ellos. Esto es así, en parte, porque no queremos mostrar esa parte vulnerable de nosotros, esa parte que nos cuesta aceptar de nosotros mismos, nuestra esencia, por así decirlo. Creemos que, al mostrarla, puede que al otro no le guste y, por tanto, nos rechace… Y el rechazo es algo que detestamos. Hay quien, incluso, para no ser rechazado, expulsa a todo el mundo de su lado y elimina así toda posibilidad de contactar con otras personas. Y se dice a sí mismo que “la gente no es de fiar”, que “intentarán hacer daño si pueden hacerlo” y que, para no sufrir daño alguno, lo mejor es “no intimar con nadie”. Esto, por otro lado, entra claramente en conflicto con nuestra naturaleza social, con nuestro deseo de establecer contacto con otros, de intimar y construir vínculos significativos.

¿Por qué, entonces, nos convecemos a nosotros mismos de que es mejor no confiar en los demás? Todos hemos tenido experiencias en las que hemos sufrido un desengaño con respecto a otra persona en la que confiábamos. Es evidente que nos envuelve una emoción de miedo que viene acompañada de sentimientos de vacío, decepción, impotencia… ¿Miedo a qué?

La ruptura de la confianza supone un cambio drástico en mi percepción del otro, aunque dicha percepción vuelve a estar distorsionada: pasamos de creer que es un “santo” a que es un “demonio”, alguien que quiere hacernos daño; es más, alguien que PUEDE hacernos daño, porque conoce nuestra parte más vulnerable. Tenemos miedo al dolor, al sufrimiento, y al vacío de una posible pérdida con la que nos contábamos. Así que, no sólo tenemos que reconstruir un nuevo esquema de quién es esa persona en la que confiaba, sino que tendré que convivir con emociones intensas y desagradables (que sesgan mi proceso en una dirección), al tiempo que intento reconstruirme a mi mismo. ¿Cómo pude confiar en esta persona? Nos exigimos haber previsto que esto pudiera suceder y nos imponemos un dogma para evitar volver a pasar por algo parecido: no se puede confiar en la gente, tan solo aquellos que son “especiales”. Otros ni siquiera incluyen esa segunda parte.

Lo malo de este dogma es que, curiosamente, confirma los peores temores de quien lo formula, y es que como consecuencia de mi incapacidad para confiar en otros, me siento solo. Y esa sensación de soledad, de vacío relacional, tiene como resultado nuevas emociones negativas, como la tristeza y la ira. Además, al haberse reforzado la teoría de que no se puede confiar en nada más que en ciertas personas “especiales”, vuelco mis esperanzas en el resto de mis vínculos significativos, en quienes confío verdaderamente. El problema es que aumenta la lente con la que idealizo estos vínculos de confianza, a estas personas, de modo que, nuevamente, hay muchas opciones de que ocurra lo mismo.

En este sentido, somos víctimas de nuestras idealizaciones, que convierten nuestros deseos en exigencias para nosotros mismos y para los demás. Eso genera una rigidez asfixiante, unos roles fijos de los que resulta difícil desprenderse.

¿Qué podemos hacer para no caer en este error? Cuando conocemos a alguien, esta persona genera en nosotros una primera impresión, una imagen que determina la relación que queramos establecer con ella en el futuro. Es cierto que, a veces, esa primera impresión no marca el tipo de relación que acabamos teniendo; por ejemplo, alguien que no nos cae bien al principio, pero que, más adelante, se convierte en un buen amigo para nosotros. Como decía, esa primera impresión, aunque no determinante, sí resulta importante. Si el resultado es bueno, esa persona nos gusta, nos cae bien, queremos repetir el encuentro. Poco a poco, comenzamos a compartir cosas, desde aficiones, gustos, hasta valores y compromisos comunes. Esas zonas comunes, que deseamos compartir con el otro, son las que generan confianza.

Para no caer en el error que se describe anteriormente, hay que procurar generar una imagen realista del otro. Construir una imagen realista del otro no significa esperar lo peor de él, pero tampoco significa percibirle como alguien perfecto. Como ser humano, se puede equivocar gravemente, y puede hacernos daño, tanto si se da cuenta como si no lo hace.

Confiar en esa persona que nos gusta, que nos cae bien, a la que queremos, significa compartir con ella un vínculo que entre los dos cuidamos. Pero ese vínculo puede transformarse, necesita ir cambiando, creciendo, evolucionando. Confiar en esa persona significa también mostrar nuestra “esencia”, hacernos vulnerables, y estar dispuestos a sentir dolor, a sufrir un desengaño. Ese es el verdadero compromiso que surge de la confianza. Si nuestra imagen del otro es realista, será más sencillo perdonar el error, tanto el propio como el ajeno. Generar una imagen realista del otro facilitará que, a pesar del desengaño, pueda construir otros vínculos con otras personas, darme la oportunidad de conocer otras realidades, de abrir las posibilidades y permitir una transformación en mis relaciones.

Perdonar al otro, en este contexto, es un acto necesario que permite la transformación sana de la relación; permite elegir cómo realizar la transición de una relación de confianza a otra que pretende subsanar el error y reparar dicha confianza. Si no perdonamos al otro tendremos que asumir que esa relación se acabó y habrá que elaborar el duelo que esa pérdida significativa supone para nosotros. Pero esa situación nos exige un esfuerzo más: el de perdonarnos a nosotros mismos. Muchas personas no pueden perdonar al otro porque no son capaces primero de perdonarse a sí mismos por el “error” cometido: confiar. El único modo de elegir realmente qué quiero hacer con el vínculo que se ha quebrado, al perder la confianza, es perdonarme y perdonarte. Una vez realizado este paso, podré elegir cómo quiero que se transforme la relación, tanto si no deseo continuarla, como si deseo reconstruirla. En ambos casos, no habrá rencor, sino recuerdos con un significado que permite avanzar.

Perdonar supone una oportunidad para crear algo nuevo con el otro, supone una oportunidad para seguir confiando en los demás, sin miedo a mostrarnos vulnerables, sin temer las pérdidas, sin exigir cómo deben ser las cosas de aquí en adelante.

La confianza es un pilar básico en toda relación, pero reclama de nosotros un compromiso: el de estar dispuestos a perder, a soltar. Así, podremos asumir que el otro no tiene porqué ser perfecto, construyendo una imagen realista y positiva de mis compañeros de ruta y permitiendo que haya flexibilidad en mis relaciones.

Apsu y Tiamat

Palabras que Ayudan

Los humanos somos seres sociales y, como tales, estamos dotados de una serie de herramientas que nos permiten comunicarnos y facilitar la formación de pequeños y/o grandes grupos de individuos que faciliten la supervivencia. El lenguaje es una de estas herramientas.

Todos los días, a cualquier hora, en cualquier parte del mundo, los humanos nos relacionamos a través de las palabras. En principio, las palabras, como conjunto de símbolos diseñados para la comunicación, tienen un impacto sobre nuestros pensamientos, tanto en el origen como en el resultado, en la causa como en la consecuencia.

Pero en determinados momentos, un conjunto de palabras tiene un resultado cualitativamente distinto en nosotros. De improviso, el habitual procesamiento de la información, en el nivel cognitivo, que otorga un significado a ese conjunto de símbolos específico, se ve invadido con una consecuencia distinta, que, en ocasiones, marca la diferencia: un efecto sobre nuestras emociones.

El efecto emocional de determinados conjuntos de palabras combinadas, depende más del momento que el individuo que lo procesa está atravesando, que del significado que dichas palabras tienen en su conjunto. Y esto es lo maravilloso del proceso, porque una misma frase, un mismo párrafo, un mismo texto, pueden tener dos efectos distintos en la misma persona en dos momentos diferentes.

¿Por qué tienen ese efecto las palabras en nosotros? ¿Qué es lo que diferencia un mensaje trascendente de otro que no lo es? ¿Qué clase de resultados producen en nosotros determinadas frases? Ciertos conjuntos de palabras, que forman frases, textos o incluso relatos, poseen la capacidad de conectar con nuestras emociones de modo directo. Conectan con nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros miedos.

Los seres humanos hemos aprendido a manejarnos bastante bien en términos cognitivos, es decir, procesar la información simbólica en un sistema racional, en el que la literalidad de los mensajes es importante e, incluso, fundamental.

Sin embargo, no nos manejamos tan bien con las emociones, que suelen utilizar el lenguaje de modo metafórico. El uso de metáforas en el lenguaje conecta directamente con las emociones básicas y genera una serie de sentimientos al respecto que nos permite, en el mejor de los casos, darnos cuenta de una parte de nuestra realidad.

El miedo, la sorpresa, la alegría, la tristeza, el asco y la ira son las 6 emociones básicas. ¿Qué es lo que hace que no sepamos muy bien cómo manejarnos con ellas? Lo cierto es que las emociones tienen la capacidad de activarnos tanto fisiológica como psicológicamente de formas increíbles. Los sentimientos son la respuesta psicológica de la emoción, y es precisamente en ellos donde vemos más característicamente el impacto de un relato, de un cuento, de una frase inspiradora.

Todos podemos pensar en algún ejemplo de nuestras vidas en el que al haber leído algo, hemos experimentado unas sensaciones que invadían nuestro organismo, activando nuestra respuesta fisiológica (por ejemplo, aumentando la tasa cardíaca, llorando, etc.) y produciendo un sentimiento. Sentíamos una profunda nostalgia, o sentíamos amor…, y la cualidad de ese sentimiento puede tener consecuencias positivas o negativas. Este es un maravilloso sistema humano cuyas implicaciones estamos aún descubriendo.

Esto concede a las interacciones humanas la potencialidad de marcar la diferencia. Toda relación humana es una oportunidad de construir un vínculo trascendente que nos permita alcanzar mayores cuotas de autoconocimiento. Si todo acontecimiento en nuestra vida tiene el poder de conectarnos con nosotros mismos, si somos capaces de aceptar lo que sentimos, entonces en todas las posibles interacciones humanas, entre las que se encuentra la capacidad de conversar, hay oportunidades para aprender algo importante.

Muchas veces, una palabra, una frase o una conversación con alguien en el momento indicado supone la diferencia entre pararnos o continuar. De hecho, a veces es necesario pararse para encontrar las palabras que nos recuerden porqué habíamos elegido determinado camino y así poder continuar. Dichas palabras podemos encontrarlas en un libro, que puede resultar tremendamente inspirador, o bien podemos encontrarlas en otra persona. Del mismo modo, también podemos encontrar ejemplos comunes de situaciones en las que ciertas palabras han tenido la cualidad de pararnos.

Como decía, en ocasiones, determinadas palabras, en determinados momentos, nos recuerdan quiénes somos y lo perdidos que nos encontramos. ¿Verdaderamente las palabras poseen ese poder? Evidentemente no. Es la interpretación que hacemos nosotros, es el procesamiento de esa información, tanto cognitivo como emocional, el que puede ayudarnos a conectar con algo trascendente; el que puede ayudarnos a darnos cuenta de que ciertas cosas no están bien. Y este es un primer paso importante para cambiar a mejor, para adquirir el deseo de cambiar eso que creemos que no está bien.

No todas las personas tienen la misma capacidad para conectar con sus emociones, con sus sentimientos. Encuentran más dificultades para administrar bien el resultado de dichas conexiones. Algunas personas no pueden conectar, y les cuesta mucho utilizar el lenguaje simbólico para darse cuenta; a otras personas, en cambio, les resulta difícil asimilar su capacidad para conectar con sus emociones y no consiguen interpretar adecuadamente los sentimientos. Estos solamente son dos generalizaciones de tipos de respuesta que se pueden producir. Pero suponen dos magníficos ejemplos en los que es necesario establecer un vínculo con otro ser humano que les facilite comprender sus procesos emocionales y así conectar adecuadamente con su parte más visceral, más negativa, más creativa o, sencillamente, más desconocida.

En la relación terapéutica se construye un vínculo en el que el lenguaje metafórico puede ser una herramienta magnífica para conectar de forma adecuada con dichas partes. Nadie nace sabiendo leer, o sabiendo conducir y, por supuesto, nadie nace sabiendo administrar sus emociones. Durante el proceso terapéutico, las personas pueden aprender a conectar adecuadamente con sus emociones, reconoce sus reacciones fisiológicas y aprende a construir sentimientos más ajustados a sus necesidades. Y dicho proceso es llevado a cabo a través de la interacción entre dos personas, con roles distintos. No necesariamente las palabras salen siempre del mismo interlocutor. En muchas ocasiones, es la misma persona la que se descubre a sí misma diciendo en voz alta algo que se había negado emocionalmente durante mucho tiempo, que había mantenido en secreto, incluso para ella. En definitiva, este proceso de aprendizaje y crecimiento, para ambos miembros de la relación, se produce, como apuntaba al principio, a través de palabras que ayudan.

Apsu y Tiamat.

Carta a todos los que quieran ser grandes

A veces perdemos el rumbo. La vida nos coge de improviso y nos da un revolcón, como hacen las olas cuando el mar está revuelto, dejándonos en la orilla, desorientados y magullados. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo pudo pasarme a mi? Todas las seguridades que creíamos tener en nuestra vida, que dotaban de significado lo que hacíamos, han desaparecido.

¿”Quién soy?”, resuena en el fondo de nuestro cerebro. De repente nos damos cuenta: “no lo sé”. Sí, es verdad, hay muchas cosas que nos gustan, muchas cosas que hemos estado haciendo…, pero, ¿ese soy yo? Igual he estado haciendo cosas que no me gustan durante demasiado tiempo. Asumiendo que era así. Asumiendo que debía ser así…

Ahora, al revisarlas, es posible que nos demos cuenta de que hemos estado confundido los medios con los fines y eso ha contribuido a perdernos.

¿Qué era lo importante? Es triste que cueste recordarlo, pero es un hecho que ahora mismo no caigo. ¿Qué es lo que quería hacer yo? Igual pensar en la infancia ayuda un poco. Esa época donde sí está permitido soñar, con los ojos abiertos y con los ojos cerrados, todo lo que queremos ser. Lo mejor de esta época no es que todos te permitan soñar, sino que eres tú mismo el que de verdad se da el permiso. Con los años, no he perdido esa capacidad (o tal vez sí, hay que cuestionárselo), pero está claro que ya no me doy permiso para hacerlo… ¿Por qué?

Intento convencerme de que las responsabilidades, la vida adulta, etc., no lo hace compatible, pero ese argumento ya no sirve. Ya no me lo creo. Me parece más acertado hablar de MIEDO. Miedo a no cumplir las propias expectativas, miedo al compromiso no adquirido de perseguir sueños imposibles. ¿Imposibles? Claro, porqué no. Miedo a descubrir que no puedo conseguir aquéllo con lo que sueño. Y como ese pensamiento duele demasiado, decido renunicar no solo al sueño que tenía, sino incluso a soñar.

De pronto descubro que las metas que he ido marcando no las he elegido conscientemente. Sencillamente voy cumpliendo etapas y dejándome llevar por lo que sucede, procurando no preguntarme si es eso lo que realmente quería. ¿Estoy seguro de que esta era la meta? Sí, es cierto, algunas veces sí. Pero luego me asalta otra pregunta, más alarmante: ¿estoy seguro de que era así como quería alcanzar dicha meta? La respuesta es rotundamente NO.

Perder el rumbo se me antoja ahora como demasiado sencillo. Vamos interpretando señales y condicionamientos sociales de forma que estos adquieren una importancia superlativa. Ya está. Volvimos a caer en el mismo error. Está claro que un coche, una casa, un puesto de trabajo, un sueldo…, no nos darán las respuestas. Son los medios a través de los cuales podemos conseguir los fines. Durante demasiado tiempo los hemos confundido.

Es hora de volver a soñar. De recuparar aquel espíritu cándido con el que sentíamos que todo es posible. Y sí, aún habrá que luchar mucho para conseguir determinados medios, pero no nos conformemos y nos engañemos convirtiéndolos en fines. Acepta la responsabilidad de quién eres, descubre lo que realmente quieres, y persíguelo.

No importa el resultado, no importa la meta, porque cuando llegas a comprender, a darte la oportunidad para disfrutar del camino, entonces ocurre algo mágico, descubres nuevamente algo que siempre ha estado dentro de ti, tu capacidad de disfrutar del proceso, y de pronto cada instante del mismo es significativo, es trascendental. Las metas se alcanzan, tarde o temprano, o no. Pero la diferencia la marca, sin duda, la actitud con la que vivo mi proceso, mi camino, mi vida.

Aceptar sin temor la posibilidad de no alcanzar la meta, de no conseguir el objetivo, no es fácil. Pero, ¿qué he aprendido en el camino? ¿Quién se ha cruzado conmigo? ¿Cómo era? ¿He podido contactar? Estas son las preguntas que pueden dar sentido al camino más allá de la propia propuesta. Si no presto atención, no solo puede que pierda el rumbo, sino que, además, no me daré la oportunidad de conocer y contactar con todos aquellos que, paralelamente, se cruzan conmigo y que caminan a mi lado.

¿Quieres ser grande? Acepta quién eres, ama lo que eres, date permiso para soñar y para perseguir tus sueños. Y recorre ese camino con los ojos abiertos, prestando atención a todo lo que sucede, sin exigencias, y, al final de tu camino, con los años, podrás comprobar lo mucho que has conseguido.

Apsu y Tiamat

ACF loading animated gif