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Palabras que Ayudan

Los humanos somos seres sociales y, como tales, estamos dotados de una serie de herramientas que nos permiten comunicarnos y facilitar la formación de pequeños y/o grandes grupos de individuos que faciliten la supervivencia. El lenguaje es una de estas herramientas.

Todos los días, a cualquier hora, en cualquier parte del mundo, los humanos nos relacionamos a través de las palabras. En principio, las palabras, como conjunto de símbolos diseñados para la comunicación, tienen un impacto sobre nuestros pensamientos, tanto en el origen como en el resultado, en la causa como en la consecuencia.

Pero en determinados momentos, un conjunto de palabras tiene un resultado cualitativamente distinto en nosotros. De improviso, el habitual procesamiento de la información, en el nivel cognitivo, que otorga un significado a ese conjunto de símbolos específico, se ve invadido con una consecuencia distinta, que, en ocasiones, marca la diferencia: un efecto sobre nuestras emociones.

El efecto emocional de determinados conjuntos de palabras combinadas, depende más del momento que el individuo que lo procesa está atravesando, que del significado que dichas palabras tienen en su conjunto. Y esto es lo maravilloso del proceso, porque una misma frase, un mismo párrafo, un mismo texto, pueden tener dos efectos distintos en la misma persona en dos momentos diferentes.

¿Por qué tienen ese efecto las palabras en nosotros? ¿Qué es lo que diferencia un mensaje trascendente de otro que no lo es? ¿Qué clase de resultados producen en nosotros determinadas frases? Ciertos conjuntos de palabras, que forman frases, textos o incluso relatos, poseen la capacidad de conectar con nuestras emociones de modo directo. Conectan con nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros miedos.

Los seres humanos hemos aprendido a manejarnos bastante bien en términos cognitivos, es decir, procesar la información simbólica en un sistema racional, en el que la literalidad de los mensajes es importante e, incluso, fundamental.

Sin embargo, no nos manejamos tan bien con las emociones, que suelen utilizar el lenguaje de modo metafórico. El uso de metáforas en el lenguaje conecta directamente con las emociones básicas y genera una serie de sentimientos al respecto que nos permite, en el mejor de los casos, darnos cuenta de una parte de nuestra realidad.

El miedo, la sorpresa, la alegría, la tristeza, el asco y la ira son las 6 emociones básicas. ¿Qué es lo que hace que no sepamos muy bien cómo manejarnos con ellas? Lo cierto es que las emociones tienen la capacidad de activarnos tanto fisiológica como psicológicamente de formas increíbles. Los sentimientos son la respuesta psicológica de la emoción, y es precisamente en ellos donde vemos más característicamente el impacto de un relato, de un cuento, de una frase inspiradora.

Todos podemos pensar en algún ejemplo de nuestras vidas en el que al haber leído algo, hemos experimentado unas sensaciones que invadían nuestro organismo, activando nuestra respuesta fisiológica (por ejemplo, aumentando la tasa cardíaca, llorando, etc.) y produciendo un sentimiento. Sentíamos una profunda nostalgia, o sentíamos amor…, y la cualidad de ese sentimiento puede tener consecuencias positivas o negativas. Este es un maravilloso sistema humano cuyas implicaciones estamos aún descubriendo.

Esto concede a las interacciones humanas la potencialidad de marcar la diferencia. Toda relación humana es una oportunidad de construir un vínculo trascendente que nos permita alcanzar mayores cuotas de autoconocimiento. Si todo acontecimiento en nuestra vida tiene el poder de conectarnos con nosotros mismos, si somos capaces de aceptar lo que sentimos, entonces en todas las posibles interacciones humanas, entre las que se encuentra la capacidad de conversar, hay oportunidades para aprender algo importante.

Muchas veces, una palabra, una frase o una conversación con alguien en el momento indicado supone la diferencia entre pararnos o continuar. De hecho, a veces es necesario pararse para encontrar las palabras que nos recuerden porqué habíamos elegido determinado camino y así poder continuar. Dichas palabras podemos encontrarlas en un libro, que puede resultar tremendamente inspirador, o bien podemos encontrarlas en otra persona. Del mismo modo, también podemos encontrar ejemplos comunes de situaciones en las que ciertas palabras han tenido la cualidad de pararnos.

Como decía, en ocasiones, determinadas palabras, en determinados momentos, nos recuerdan quiénes somos y lo perdidos que nos encontramos. ¿Verdaderamente las palabras poseen ese poder? Evidentemente no. Es la interpretación que hacemos nosotros, es el procesamiento de esa información, tanto cognitivo como emocional, el que puede ayudarnos a conectar con algo trascendente; el que puede ayudarnos a darnos cuenta de que ciertas cosas no están bien. Y este es un primer paso importante para cambiar a mejor, para adquirir el deseo de cambiar eso que creemos que no está bien.

No todas las personas tienen la misma capacidad para conectar con sus emociones, con sus sentimientos. Encuentran más dificultades para administrar bien el resultado de dichas conexiones. Algunas personas no pueden conectar, y les cuesta mucho utilizar el lenguaje simbólico para darse cuenta; a otras personas, en cambio, les resulta difícil asimilar su capacidad para conectar con sus emociones y no consiguen interpretar adecuadamente los sentimientos. Estos solamente son dos generalizaciones de tipos de respuesta que se pueden producir. Pero suponen dos magníficos ejemplos en los que es necesario establecer un vínculo con otro ser humano que les facilite comprender sus procesos emocionales y así conectar adecuadamente con su parte más visceral, más negativa, más creativa o, sencillamente, más desconocida.

En la relación terapéutica se construye un vínculo en el que el lenguaje metafórico puede ser una herramienta magnífica para conectar de forma adecuada con dichas partes. Nadie nace sabiendo leer, o sabiendo conducir y, por supuesto, nadie nace sabiendo administrar sus emociones. Durante el proceso terapéutico, las personas pueden aprender a conectar adecuadamente con sus emociones, reconoce sus reacciones fisiológicas y aprende a construir sentimientos más ajustados a sus necesidades. Y dicho proceso es llevado a cabo a través de la interacción entre dos personas, con roles distintos. No necesariamente las palabras salen siempre del mismo interlocutor. En muchas ocasiones, es la misma persona la que se descubre a sí misma diciendo en voz alta algo que se había negado emocionalmente durante mucho tiempo, que había mantenido en secreto, incluso para ella. En definitiva, este proceso de aprendizaje y crecimiento, para ambos miembros de la relación, se produce, como apuntaba al principio, a través de palabras que ayudan.

Apsu y Tiamat.

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