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Perderse en el camino

Recorrer el camino personal e intransferible de cada uno, salirse del sendero del conformismo y la aceptación de algo que en realidad no deseo, supone en ocasiones conectar primero con la sensación de vacío que podemos experimentar al encontrarnos perdidos… ¿Cuándo sucedió? ¿En qué momento? Como cuando somos niños, saber que me he perdido supone […]

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Apsu y Tiamat: el blog de Crecimiento Positivo

Como dioses de la creacion babilonica, Apsu y Tiamat muestran dos caras de un mismo elemento: el agua. Apsu es el agua dulce, y el principio masculino; Tiamat es el agua salada, y el principio femenino. En este blog ambos se encargan de reflexionar desde dos puntos de vista diferentes, diversos aspectos de la realidad humana.

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Aumentar la Positividad

Es bastante común escuchar cerca de nosotros cómo alguien cuenta lo mal que le va en la vida. Se queja de la mala suerte que le persigue, o de la desgracia que sufre, o del suplicio de su día a día con la esperanza de que el otro se de cuenta de lo horrible que es estar en ese lugar. Compartir la carga la hace menos pesada, de modo que esa persona, posiblemente, tras ser escuchada, se sienta mejor. Y es que hay situaciones que provocan en nosotros una necesidad de “descargarnos” de cosas, de verbalizarlo, de compartirlo, de hacerlo real. No es que pensar de este modo le reste importancia a nuestra vivencia, pero al compartirlo con los demás nos damos cuenta de hasta qué punto es tal y como lo hemos estado viendo nosotros. En este sentido, compartir aquello que nos hace sufrir, nos libera del peso que suponía esa carga, nos permite cuestionar nuestra visión y nos coloca en situación de recibir algo del otro con quien compartimos: un gesto, un consejo, una opinión, un silencio…

Pero, ¿y si no compartiéramos con nadie nuestros malos momentos, nuestras emociones negativas, nuestros pensamientos e ideas más funestas? Al no poder contrastar nuestra percepción, tenderíamos a considerarla como una verdad absoluta, que da sentido a nuestra realidad, desde lo que hacemos hasta cómo nos sentimos.

Encontramos personas que, aunque comparten con otros sus malos momentos, no obtienen lo que buscan sino justo lo contrario: una confirmación de lo mal que estoy, lo que legitima mi estado de ánimo y mis acciones. Cuentan lo que necesitan compartir, pero como un disco rayado, sin prestar atención al otro, a sus respuestas. Y, cuando prestan atención es para confirmar la idea que traían desde casa. Su percepción de las cosas tiene un filtro que sesga la informacion hacia lo negativo, que valora y valida solamente aquellos contenidos que le provocan malestar.

Como se ha señalado en ocasiones anteriores, nuestra historia de aprendizaje, entendida en sentido amplio, como el conjunto de vivencias a partir de las cuales me construyo a mi mismo y a mi realidad, explica porqué hacemos las cosas del modo en que las hacemos. Así que, siguiendo con la exposición, ese filtro negativo lleva años funcionando del mismo modo. Es un sesgo que impide prestar atención a lo positivo porque eso se da por sentado, como algo “normal”, irrelevante o indigno de mención.

En parte, hemos aprendido a compartir solamente aquello para lo que necesitamos ayuda. Hablar de lo bien que nos va es “pecar de vanidosos”; como lo bueno es inherente a nuestro día a día, resulta irrelevante mencionarlo. Mantener este mito, y el anterior sesgo perceptivo, nos lleva irremediablemente a verlo todo mal. Porque este conjunto de pensamientos, emociones y acciones se tornan en hábito personal, no solamente en situaciones sociales sino también en relación al modo en que explicamos el mundo. Dejamos de ser conscientes de que nos ocurren, cada día, cosas que, por su marcado carácter positivo, merecen la pena contarse (a nosotros y a los demás).

Si nuestro sistema perceptivo solo registra como relevante aquello que es negativo, llega un momento en que no hay nada que nos parezca positivo, ya que no hacemos el esfuerzo de registrarlo, de darnos cuenta de que está ahí. Nuestro estado de ánimo se deteriora como consecuencia del filtro que hemos construido, que no solamente nos impide ver nuestra realidad de modo más equilibrada, sino que también facilita la producción de pensamientos negativos, catastrofistas y pesimistas que deterioran nuestra percepción de lo que ocurre, y conectan con la generación de emociones negativas, como la tristeza, la ira o el miedo.

Darnos cuenta de la existencia de este filtro es un primer paso para hacer algo al respecto. En muchas ocasiones, no puedo cambiar el hecho de que ocurran cosas malas, pero lo que sí puedo hacer es ELEGIR cómo voy a reaccionar ante ello a medio y largo plazo. Si dejo que el filtro actúe, probablemente “pintaré” el cuadro de mi situación aún peor de lo que pueda ser.

Tomar la decisión de construir un filtro nuevo, una herramienta que me permita ver mi realidad de modo más objetivo, más realista o menos dogmático, supone, en primer lugar, que hay que aceptar que ciertas cosas no se pueden cambiar. No podemos controlarlo todo (es más, ¿quién ha dicho que tengamos que hacerlo?). A continuación sería bueno que dirigiéramos nuestros esfuerzos a darnos cuenta de la cantidad de cosas agradables, positivas y constructivas que nos suceden a diario. En este caso, darnos cuenta del número de cosas positivas que nos ocurren durante un día frente al número de cosas negativas sucedidas ese mismo día, da una perspectiva más amplia del resultado emocional que puedo percibir. Mi filtro empieza a cambiar si logro aumentar mi POSITIVIDAD, es decir, mi percepción de que me siguen pasando cosas agradables y de que soy yo quien puede provocarlas.

Esto es especialmente importante en el caso de los niños pequeños, que están construyendo su realidad a partir del feedback que sus “otros significativos” les ofrecen. Si se enfrentan al modelo adulto que solo habla de lo negativo y que no presta atención a lo positivo, probablemente esos niños aprenderán a pensar, actuar y sentir de forma parecida.

El profesor Martin Seligman propone un sencillo ejercicio para practicar con niños pequeños que les permite construir un filtro perceptivo adecuado y constructivo. Antes de acostarse, cada día, los niños cuentan las cosas que han ido bien o les han gustado, comparándolas con las negativas. No se trata únicamente de una enumeración, sino que será importante respetar el ritmo y el contenido de la vivencia que el niño haya tenido en relación a lo sucedido. Este sencillo ejercicio se llama “Las pepitas de oro de cada día”. El objetivo, por tanto, es que el niño se de cuenta de que en un día pasan cosas positivas y negativas, y que su estado de ánimo se relaciona con la forma en que se tome el conjunto de situaciones. Si solo nos fijamos en que nos pasa algo negativo, o bien le ponemos mayor énfasis siempre a lo que ha salido mal, posiblemente, el niño experimentará emociones negativas con mayor frecuencia e intensidad. Se trata, en resumen, de equilibrar la balanza emocional.

Si hacemos que los niños aprendan a ser más conscientes de cómo reaccionar ante su realidad, tanto la positiva como la negativa, estarán más preparados para afrontarla. Para lograr este objetivo, los adultos podemos esforzarnos por hacer lo mismo: cambiar el filtro perceptivo y aumentar la positividad, dándonos permiso para disfrutar de lo bueno y considerarlo valioso, importante y relevante.

No se trata de cambiar un sesgo negativo por uno positivo; se trata de tomar conciencia del valor que tienen las cosas para nosotros mismos. Darnos cuenta de que a diario nos pasan cosas agradables hace que las valoremos y las  consideremos importantes, destierra el sesgo que apunta a que “todo está mal” y nos permite afrontar lo negativo con la conciencia de que podemos hacer algo al respecto. Si logro percibir que yo puedo provocar lo positivo, quizás tenga la percepción de que también tengo dominio sobre lo negativo. Y es cierto que a veces no podré hacer gran cosa para cambiar la situación que me genera malestar, pero al menos sabré que puedo afrontarlo de un modo distinto, más constructivo y esperanzador.

Tiamat

Confianza

La confianza es uno de los pilares maestros en los que se asientan las relaciones humanas. ¿Qué es la confianza? No resulta sencillo describir en qué consiste… ¿Por qué confiamos en otras personas? ¿Qué diferencia hay entre confiar en alguien y no hacerlo? Es evidente que no confiamos en todo el mundo; no todas las personas despiertan en nosotros sentimientos parecidos a la confianza. Cuando confiamos en alguien, abrimos nuestro corazón a esa persona y nos mostramos tal y como somos; esa desnudez, que nos hace sentir vulnerables ante los demás, no resulta un problema cuando estamos con las personas en las que confiamos. Asumimos que esas personas nos aceptan, incondicionalmente, nos quieren y, por tanto, nunca nos harán daño. Pero, ¿se puede asumir que otra persona NUNCA va a hacernos daño? No. Y este es, quizás, uno de los problemas básicos que se derivan de la confianza.

En ocasiones, construimos una imagen poco realista de la persona en quien confiamos, hasta el punto de considerarle perfecto. No existe nadie que pueda asumir esa perfección sin sentirse abrumado por el hecho de no poder cometer errores, ni tampoco comportarse de forma que contradiga ese ideal.

De modo que, si esta persona comete un error, es decir, se comporta como cualquier otro ser humano, entonces ese ideal se rompe y la imagen creada se distorsiona. Nuestra seguridad se diluye y volvemos a sentirnos tremendamente vulnerables. Si alguien que nos conocía, nos aceptaba y nos quería, incondicionalmente, nos “traiciona”, rompiendo la confianza que teníamos en él, entonces, ¿qué no podrán hacer aquéllos en quienes no confiamos?

La tendencia general de muchas personas consiste en no confiar en prácticamente nadie. Para la mayoría, la confianza es igual al establecimiento de una relación de intimidad, independientemente del tipo que sea, amistad, pareja, familia, etc. Podemos tener relaciones de todo tipo, con personas de diferente condición, pero no confiamos en todos, ni establecemos vínculos de intimidad con ellos. Esto es así, en parte, porque no queremos mostrar esa parte vulnerable de nosotros, esa parte que nos cuesta aceptar de nosotros mismos, nuestra esencia, por así decirlo. Creemos que, al mostrarla, puede que al otro no le guste y, por tanto, nos rechace… Y el rechazo es algo que detestamos. Hay quien, incluso, para no ser rechazado, expulsa a todo el mundo de su lado y elimina así toda posibilidad de contactar con otras personas. Y se dice a sí mismo que “la gente no es de fiar”, que “intentarán hacer daño si pueden hacerlo” y que, para no sufrir daño alguno, lo mejor es “no intimar con nadie”. Esto, por otro lado, entra claramente en conflicto con nuestra naturaleza social, con nuestro deseo de establecer contacto con otros, de intimar y construir vínculos significativos.

¿Por qué, entonces, nos convecemos a nosotros mismos de que es mejor no confiar en los demás? Todos hemos tenido experiencias en las que hemos sufrido un desengaño con respecto a otra persona en la que confiábamos. Es evidente que nos envuelve una emoción de miedo que viene acompañada de sentimientos de vacío, decepción, impotencia… ¿Miedo a qué?

La ruptura de la confianza supone un cambio drástico en mi percepción del otro, aunque dicha percepción vuelve a estar distorsionada: pasamos de creer que es un “santo” a que es un “demonio”, alguien que quiere hacernos daño; es más, alguien que PUEDE hacernos daño, porque conoce nuestra parte más vulnerable. Tenemos miedo al dolor, al sufrimiento, y al vacío de una posible pérdida con la que nos contábamos. Así que, no sólo tenemos que reconstruir un nuevo esquema de quién es esa persona en la que confiaba, sino que tendré que convivir con emociones intensas y desagradables (que sesgan mi proceso en una dirección), al tiempo que intento reconstruirme a mi mismo. ¿Cómo pude confiar en esta persona? Nos exigimos haber previsto que esto pudiera suceder y nos imponemos un dogma para evitar volver a pasar por algo parecido: no se puede confiar en la gente, tan solo aquellos que son “especiales”. Otros ni siquiera incluyen esa segunda parte.

Lo malo de este dogma es que, curiosamente, confirma los peores temores de quien lo formula, y es que como consecuencia de mi incapacidad para confiar en otros, me siento solo. Y esa sensación de soledad, de vacío relacional, tiene como resultado nuevas emociones negativas, como la tristeza y la ira. Además, al haberse reforzado la teoría de que no se puede confiar en nada más que en ciertas personas “especiales”, vuelco mis esperanzas en el resto de mis vínculos significativos, en quienes confío verdaderamente. El problema es que aumenta la lente con la que idealizo estos vínculos de confianza, a estas personas, de modo que, nuevamente, hay muchas opciones de que ocurra lo mismo.

En este sentido, somos víctimas de nuestras idealizaciones, que convierten nuestros deseos en exigencias para nosotros mismos y para los demás. Eso genera una rigidez asfixiante, unos roles fijos de los que resulta difícil desprenderse.

¿Qué podemos hacer para no caer en este error? Cuando conocemos a alguien, esta persona genera en nosotros una primera impresión, una imagen que determina la relación que queramos establecer con ella en el futuro. Es cierto que, a veces, esa primera impresión no marca el tipo de relación que acabamos teniendo; por ejemplo, alguien que no nos cae bien al principio, pero que, más adelante, se convierte en un buen amigo para nosotros. Como decía, esa primera impresión, aunque no determinante, sí resulta importante. Si el resultado es bueno, esa persona nos gusta, nos cae bien, queremos repetir el encuentro. Poco a poco, comenzamos a compartir cosas, desde aficiones, gustos, hasta valores y compromisos comunes. Esas zonas comunes, que deseamos compartir con el otro, son las que generan confianza.

Para no caer en el error que se describe anteriormente, hay que procurar generar una imagen realista del otro. Construir una imagen realista del otro no significa esperar lo peor de él, pero tampoco significa percibirle como alguien perfecto. Como ser humano, se puede equivocar gravemente, y puede hacernos daño, tanto si se da cuenta como si no lo hace.

Confiar en esa persona que nos gusta, que nos cae bien, a la que queremos, significa compartir con ella un vínculo que entre los dos cuidamos. Pero ese vínculo puede transformarse, necesita ir cambiando, creciendo, evolucionando. Confiar en esa persona significa también mostrar nuestra “esencia”, hacernos vulnerables, y estar dispuestos a sentir dolor, a sufrir un desengaño. Ese es el verdadero compromiso que surge de la confianza. Si nuestra imagen del otro es realista, será más sencillo perdonar el error, tanto el propio como el ajeno. Generar una imagen realista del otro facilitará que, a pesar del desengaño, pueda construir otros vínculos con otras personas, darme la oportunidad de conocer otras realidades, de abrir las posibilidades y permitir una transformación en mis relaciones.

Perdonar al otro, en este contexto, es un acto necesario que permite la transformación sana de la relación; permite elegir cómo realizar la transición de una relación de confianza a otra que pretende subsanar el error y reparar dicha confianza. Si no perdonamos al otro tendremos que asumir que esa relación se acabó y habrá que elaborar el duelo que esa pérdida significativa supone para nosotros. Pero esa situación nos exige un esfuerzo más: el de perdonarnos a nosotros mismos. Muchas personas no pueden perdonar al otro porque no son capaces primero de perdonarse a sí mismos por el “error” cometido: confiar. El único modo de elegir realmente qué quiero hacer con el vínculo que se ha quebrado, al perder la confianza, es perdonarme y perdonarte. Una vez realizado este paso, podré elegir cómo quiero que se transforme la relación, tanto si no deseo continuarla, como si deseo reconstruirla. En ambos casos, no habrá rencor, sino recuerdos con un significado que permite avanzar.

Perdonar supone una oportunidad para crear algo nuevo con el otro, supone una oportunidad para seguir confiando en los demás, sin miedo a mostrarnos vulnerables, sin temer las pérdidas, sin exigir cómo deben ser las cosas de aquí en adelante.

La confianza es un pilar básico en toda relación, pero reclama de nosotros un compromiso: el de estar dispuestos a perder, a soltar. Así, podremos asumir que el otro no tiene porqué ser perfecto, construyendo una imagen realista y positiva de mis compañeros de ruta y permitiendo que haya flexibilidad en mis relaciones.

Apsu y Tiamat

¿Víctimas de nuestras Emociones?

Cierra los ojos e imagina la siguiente escena: estás en la playa, sentado frente al mar, observando la inmensidad del océano. Está atardeciendo, y el sol, en el horizonte, dibuja sobre el mismo tonos naranjas y rojizos, que se mezclan con el tenue azul del cielo y el gris claro de las nubes que se tocan con el mar. El leve sonido de las olas del mar te invita a disfrutar de la tibia temperatura del ambiente. Resulta relajante, ¿verdad? La arena se mete entre los dedos de las manos y notas cierto frescor en el cuerpo con ese tacto suave. El aroma del mar, al mismo tiempo, nos recuerda que la hora de cenar se acerca…

Esta escena ha intentado que utilizáramos los 5 sentidos de los que todos estamos provistos: vista, oído, olfato, tacto…, ¿y el gusto? En cierto sentido también estaba presente, aunque ahora veremos de qué modo.

En cierta medida, todos podemos imaginarnos en este lugar. ¿Qué sentimos? Cada persona seguramente sentirá emociones y sensaciones diferentes, tanto cuantitativa como cualitativamente. Si hubiéramos estado allí, al sentir la caída de la tarde, ¿qué hubiéramos hecho? ¿Nos quedamos disfrutando? ¿Nos marchamos? ¿Por qué en ambos casos?

Estamos ahora en un hospital. En la planta 6, en maternidad, una familia celebra el nacimiento de una nueva niña, preciosa, sana, y que lleva de esperanza los deseos y expectativas de todos. ¿Qué sienten cada uno de ellos? ¿Lo sienten todos por igual?

Al mismo tiempo, 4 habitaciones más lejos, unos padres primerizos reciben la noticia de que su hijo recién nacido tiene una grave enfermedad hereditaria. Allí también está toda la familia. ¿Qué siente cada uno? ¿Cómo reaccionan?

Estas tres son solo unas muestras de situaciones cotidianas con las que podemos encontrarnos. Y sin estar en ellas, ahora mismo, podemos reaccionar ante las mismas, tanto desde una perspectiva cognitiva como emocional. Parece lógico pensar que ante los acontecimientos positivos, como el nacimiento de un familiar, todos reaccionaríamos con emociones de alegría, felicidad, etc., mientras que ante situaciones negativas reaccionaríamos con tristeza, agonía, ira, etc. ¿Siempre ocurre ésto? Si fuera así, los humanos simplemente seríamos organismos que responden a los acontecimientos que la “vida” va poniendo delante de nosotros. ¿Verdaderamente estamos en manos del destino?

Es evidente, para todo aquel que quiera fijarse, que la variedad de respuestas de los seres humanos ante acontecimientos es de una gran diversidad. Efectivamente, encontramos personas que ante la alegría de un nacimiento, no muestran ninguna emoción positiva; asimismo, ante situaciones terribles, hay personas que lloran, se hunden, se bloquean, o bien reaccionan de forma resiliente. Sacan fuerzas de flaqueza y afrontan esa situación con entereza, con firmeza. ¿No sienten entonces tristeza? Por supuesto que sí, pero no dejan que esa emoción negativa les impida reaccionar constructivamente. Son personas que ELIGEN cómo reaccionar ante sus propias emociones. No las apartan, no las esconden, las aceptan, las sienten y eligen hasta qué punto les afectan.

¿Cómo se puede elegir cómo nos sentimos? Las emociones, más allá del signo que posean, siempre son reales. La tristeza, la ira, la alegría, la sorpresa…, una vez las sentimos, son indudablemente como son. Pero esas emociones pueden multiplicar su intensidad, hasta resultar poco adaptativas, incluso destructivas. ¿Y si pudiéramos elegir reaccionar de otro modo? En este punto podríamos pensar que si es verdad que podemos elegir, el hecho de no hacerlo implica cierto gusto por el dolor o incluso que seamos bastante estúpidos. Pero es mucho más sencillo. Simplemente aprendemos a responder ante los estímulos de determinada forma, porque en nuestra historia de aprendizaje esas respuestas han resultado adaptativas, nos han reportado ciertos beneficios. Es, por tanto, un problema de aprendizaje que tiene una solución posible: aprender otra forma de responder, que nos ayude a aceptar la emoción y configure un estilo de afrontamiento más adecuado.

Cuando percibimos un estímulo derivado de un acontecimiento complejo, nuestro cerebro trata de procesarlo y darle un sentido, un significado. En la mayor parte de las ocasiones, de este procesamiento se deriva un pensamiento que se articula a través del lenguaje. Dicho pensamiento, puede formularse de diversa manera y es el resultado del procesamiento de la situación que estamos viviendo. Es “nuestra visión” de los hechos: particular y, en cierto sentido, única. Pero la verdad es que esta interpretación no tiene porqúe ajustarse a la realidad. Puede ser que nos falten datos objetivos, que nos precipitemos o que simplemente estemos equivocados. Pero construimos un pensamiento acerca de esa realidad que estamos presenciando. Nuestro complejo sistema de integración de la información sensorial tiene también sus límites por lo que, casi siempre, el pensamiento es producto de una heurística de representatividad. Utilizamos los heurísticos como medio a partir del cual reducir la complejidad del mundo y tener una explicaicón para cada acontecimiento. Es un mecanismo evolutivo de supervivencia.

El hecho de utilizar el mecanismo de la heurística, que está basado en nuestra experiencias y conocimientos, implica que estamos sujetos a error. No podemos ser concluyentes por lo que casi siempre nuestros pensamientos, por lógicos que puedan parecernos, necesitan revisión. Pero no lo hacemos. Y aquí comienza el problema, porque la clave del asunto está en saber detectar dónde se origina el cortocircuito que nos impide reconocer nuestras propias emociones y elegir después cómo reaccionar ante ellas.

Generalmente no percibimos que nuestro sistema de respuesta ante los acontecimientos sea demasiado complejo. Eso es porque es un sistema holístico. Pero se compone de 3 partes diferentes que están interconectadas y que se influyen mutuamente: pensamientos, emociones y comportamientos motores. Hemos dicho del primero que está sujeto a error porque se basa en heurísticos de representatividad y que, por tanto, ha de ser revisado. Del segundo hemos dicho que siempre es real, las emociones ocurren siempre en el presente, son el auténtico “aquí y ahora”. Podríamos decir, asimismo, que el pensamiento, al estar sujeto a error, puede ser racional (basado en hechos y datos objetivos) o irracional. Si ambos sistemas se relacionan y se influyen mutuamente, podría darse el caso de que alguien sienta una emoción negativa como la desesperación ante determinado acontecimiento que, en principio, no tiene potencial suficiente para provocar un sentimiento tan intenso.

Pongamos un ejemplo: alguien recibe la noticia de que ha suspendido un examen. Supongamos que esta persona se siente, a continuacion, desesperada por la noticia y sus posibles consecuencias. Sin duda, sus sentimientos son reales, y las emociones y reacciones fisiológicas estarán acorde a este sentimiento de desesperación: taquicardia, sudores fríos, miedo, ira… Reacciones parecidas a la ansiedad. Es posible que esta persona esté pensando en las consecuencias diciéndose cosas como: “menudo desastre, ya no hay vuelta atrás. Siempre acabo fracasando en todo lo que hago y nunca conseguiré nada en la vida…”. Siendo sinceros, si creyéramos que estas frases son verdad, ¿no reaccionaríamos todos con desesperación?

Entonces, ¿cuál es el problema? Si la emoción surgida de la situación es real, ¿necesariamente lo que provoca esa reacción de desesperación es realista? Veamos el ejemplo de un modo más detallado y que puede explicar cómo llegamos a un sentimiento de desesperación. Nos llega la noticia del suspens e, inmediatamente, nuestro cerebro comienza a trabajar para interpretar lo que está sucediendo; en nuestro archivo “resultados académicos” un suspenso es algo catalogado como negativo. Lo más probable es que los primeros pensamientos que surjan sean: “vaya decepción, esperaba un mejor resultado“, siendo la emoción provocada la de tristeza. Pero nuestro cerebro no se queda en esa primera interpretación y enseguida comienza a tantear las consecuencias que tendrá este resultado. Partiendo de la emoción actual, la tristeza, ciertos pensamientos se van produciendo de forma automática, sin mucho control consciente sobre ellos: “suspender es lo peor que podría suceder, ahora tendré que volver a estudiar y es un fastidio. Esperaba aprobar“. De la emoción de tristeza, surge el sentimiento de decepción. Desde ese sentimiento de decepción, seguimos buscanso causas y consecuencias de lo ocurrido, y aquí es cuando recurrimos nuevamente a nuestra historia de aprendizaje, solo que partiendo de un estado emocional que predispone la búsqueda. De este modo, pensamientos automáticos de tipo catastrofista hacen su aparición: “suspender es de torpes, por lo que yo soy torpe. Ya me ha pasado otras veces, soy un fracaso“, etc.

Este proceso ocurre en un lapso de tiempo muy breve, de forma casi inconsciente; como estoy invadido por una emoción negativa (tristeza, miedo, ira…) que genera sentimientos de frustración, decepción y desesperación, que son reales, le doy una gran credibilidad a esos pensamientos: como percibimos esas emociones, creemos que sus causas, los pensamientos, son también reales. Pero, de los pensamientos que hemos descrito anteriormente, ¿podríamos decir que son realistas, que en el análisis de la situación se partiendo de hechos objetivos? ¿O son pensamientos sesgados? Evidentemente, así es, puesto que está dejando de lado las ocasiones en las que ha aprobado, está generalizando esta situación a todas las demás, está definiéndose a sí mimos en función de una situación concreta… Está cometiendo errores de pensamiento en su análisis que le llevan a encadenar una emoción negativa tras otra hasta llegar al sentimiento de desesperación. El proceso parece bastante lógico así explicado: cualquiera se sentiría así si pensara de este modo, si le diera una credibilidad tan alta a estos pensamientos distorsionados.

El ejemplo utilizado es, tan sólo eso, un ejemplo. Cada persona tiene su propia Historia de Aprendizaje, y tiene su propio proceso particular a partir del cual genera conocimiento subjetivo de las situaciones. Para ser prácticos, de lo que se trata es de intentar darnos cuenta, cada uno por separado, de cómo los pensamientos y las emocinoes se interrelacionan, se conectan, de modo que unas y otras acaban generando estados artificiales (aunque emocionalmente reales) que provocan respuestas desproporcionadas. ¿Podemos elegir cómo nos sentimos? Sí. No se trata de elegir sentirse bien siempre, aprender a ocultar las emociones negativas, etc. Todos sentimos emociones negativas y positivas, la cuestión más importante, en mi opinión es: ¿si pudiéramos aceptar nuestro primer sentimiento negativo y generar explicaciones realistas, basadas en hechos objetivos, de la situación, nos sentiríamos más o menos capaces de actuar en consecuencia?

En el ejemplo anterior, lo más probable es que el protagonista tenga pocas ganas de hacer nada; dicho de otro modo, el estado emocional que le ha provocado la desesperación le genera muy poco deseo de hacer nada al respecto y, si no hace nada, acabará por creer “a pies puntillas” que es “un desastre y que nunca conseguirá nada”. A esto se le denomina La Profecía Autocumplida, y resulta ser un sesgo muy habitual entre las personas.

Si partiéramos de la tristeza de haber suspendido y generásemos una explicación de esa situación más realista, basándonos en hechos y datos objetivos de nuestra vida (reacciones anteriores en situaciones parecidas, exámenes aprobados con anterioridad, aceptación del resultado y de la tristeza que se siente en ese momento…), quizás esa persona no llegaría con facilidad al estado de desesperación que genera su bloqueo. Por el contrario, lo más probable es que encontrara una explicación aceptable, que genere una emoción de menor intensidad y que le permitiera generar otros pensamientos alternativos de carácter más positivo, logrando quizás perseverar y trazar un plan de acción para superar la situación.

Este sencillo ejemplo, ilustra un complejo proceso que tiene lugar a lo largo de nuestra vida y que configura nuestro estilo de afrontamiento ante las situaciones, tanto positivas como negativas. Por complicada que resulte la situación en la que nos vemos envueltos, de nosotros depende la intensidad con la que la vivimos, la explicación última que le demos y las acciones que queramos acometer a continuación. Si concedemos una gran credibilidad a los pensamientos automáticos que pueden surgir a partir de una situación negativa sin evaluarlos objetivamente, lo más probable es que nuestras emociones negativas crezcan en intensidad, impidiéndonos ofrecer una respuesta adaptativa, creativa y constructiva.

Tiamat.

Palabras que Ayudan

Los humanos somos seres sociales y, como tales, estamos dotados de una serie de herramientas que nos permiten comunicarnos y facilitar la formación de pequeños y/o grandes grupos de individuos que faciliten la supervivencia. El lenguaje es una de estas herramientas.

Todos los días, a cualquier hora, en cualquier parte del mundo, los humanos nos relacionamos a través de las palabras. En principio, las palabras, como conjunto de símbolos diseñados para la comunicación, tienen un impacto sobre nuestros pensamientos, tanto en el origen como en el resultado, en la causa como en la consecuencia.

Pero en determinados momentos, un conjunto de palabras tiene un resultado cualitativamente distinto en nosotros. De improviso, el habitual procesamiento de la información, en el nivel cognitivo, que otorga un significado a ese conjunto de símbolos específico, se ve invadido con una consecuencia distinta, que, en ocasiones, marca la diferencia: un efecto sobre nuestras emociones.

El efecto emocional de determinados conjuntos de palabras combinadas, depende más del momento que el individuo que lo procesa está atravesando, que del significado que dichas palabras tienen en su conjunto. Y esto es lo maravilloso del proceso, porque una misma frase, un mismo párrafo, un mismo texto, pueden tener dos efectos distintos en la misma persona en dos momentos diferentes.

¿Por qué tienen ese efecto las palabras en nosotros? ¿Qué es lo que diferencia un mensaje trascendente de otro que no lo es? ¿Qué clase de resultados producen en nosotros determinadas frases? Ciertos conjuntos de palabras, que forman frases, textos o incluso relatos, poseen la capacidad de conectar con nuestras emociones de modo directo. Conectan con nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros miedos.

Los seres humanos hemos aprendido a manejarnos bastante bien en términos cognitivos, es decir, procesar la información simbólica en un sistema racional, en el que la literalidad de los mensajes es importante e, incluso, fundamental.

Sin embargo, no nos manejamos tan bien con las emociones, que suelen utilizar el lenguaje de modo metafórico. El uso de metáforas en el lenguaje conecta directamente con las emociones básicas y genera una serie de sentimientos al respecto que nos permite, en el mejor de los casos, darnos cuenta de una parte de nuestra realidad.

El miedo, la sorpresa, la alegría, la tristeza, el asco y la ira son las 6 emociones básicas. ¿Qué es lo que hace que no sepamos muy bien cómo manejarnos con ellas? Lo cierto es que las emociones tienen la capacidad de activarnos tanto fisiológica como psicológicamente de formas increíbles. Los sentimientos son la respuesta psicológica de la emoción, y es precisamente en ellos donde vemos más característicamente el impacto de un relato, de un cuento, de una frase inspiradora.

Todos podemos pensar en algún ejemplo de nuestras vidas en el que al haber leído algo, hemos experimentado unas sensaciones que invadían nuestro organismo, activando nuestra respuesta fisiológica (por ejemplo, aumentando la tasa cardíaca, llorando, etc.) y produciendo un sentimiento. Sentíamos una profunda nostalgia, o sentíamos amor…, y la cualidad de ese sentimiento puede tener consecuencias positivas o negativas. Este es un maravilloso sistema humano cuyas implicaciones estamos aún descubriendo.

Esto concede a las interacciones humanas la potencialidad de marcar la diferencia. Toda relación humana es una oportunidad de construir un vínculo trascendente que nos permita alcanzar mayores cuotas de autoconocimiento. Si todo acontecimiento en nuestra vida tiene el poder de conectarnos con nosotros mismos, si somos capaces de aceptar lo que sentimos, entonces en todas las posibles interacciones humanas, entre las que se encuentra la capacidad de conversar, hay oportunidades para aprender algo importante.

Muchas veces, una palabra, una frase o una conversación con alguien en el momento indicado supone la diferencia entre pararnos o continuar. De hecho, a veces es necesario pararse para encontrar las palabras que nos recuerden porqué habíamos elegido determinado camino y así poder continuar. Dichas palabras podemos encontrarlas en un libro, que puede resultar tremendamente inspirador, o bien podemos encontrarlas en otra persona. Del mismo modo, también podemos encontrar ejemplos comunes de situaciones en las que ciertas palabras han tenido la cualidad de pararnos.

Como decía, en ocasiones, determinadas palabras, en determinados momentos, nos recuerdan quiénes somos y lo perdidos que nos encontramos. ¿Verdaderamente las palabras poseen ese poder? Evidentemente no. Es la interpretación que hacemos nosotros, es el procesamiento de esa información, tanto cognitivo como emocional, el que puede ayudarnos a conectar con algo trascendente; el que puede ayudarnos a darnos cuenta de que ciertas cosas no están bien. Y este es un primer paso importante para cambiar a mejor, para adquirir el deseo de cambiar eso que creemos que no está bien.

No todas las personas tienen la misma capacidad para conectar con sus emociones, con sus sentimientos. Encuentran más dificultades para administrar bien el resultado de dichas conexiones. Algunas personas no pueden conectar, y les cuesta mucho utilizar el lenguaje simbólico para darse cuenta; a otras personas, en cambio, les resulta difícil asimilar su capacidad para conectar con sus emociones y no consiguen interpretar adecuadamente los sentimientos. Estos solamente son dos generalizaciones de tipos de respuesta que se pueden producir. Pero suponen dos magníficos ejemplos en los que es necesario establecer un vínculo con otro ser humano que les facilite comprender sus procesos emocionales y así conectar adecuadamente con su parte más visceral, más negativa, más creativa o, sencillamente, más desconocida.

En la relación terapéutica se construye un vínculo en el que el lenguaje metafórico puede ser una herramienta magnífica para conectar de forma adecuada con dichas partes. Nadie nace sabiendo leer, o sabiendo conducir y, por supuesto, nadie nace sabiendo administrar sus emociones. Durante el proceso terapéutico, las personas pueden aprender a conectar adecuadamente con sus emociones, reconoce sus reacciones fisiológicas y aprende a construir sentimientos más ajustados a sus necesidades. Y dicho proceso es llevado a cabo a través de la interacción entre dos personas, con roles distintos. No necesariamente las palabras salen siempre del mismo interlocutor. En muchas ocasiones, es la misma persona la que se descubre a sí misma diciendo en voz alta algo que se había negado emocionalmente durante mucho tiempo, que había mantenido en secreto, incluso para ella. En definitiva, este proceso de aprendizaje y crecimiento, para ambos miembros de la relación, se produce, como apuntaba al principio, a través de palabras que ayudan.

Apsu y Tiamat.

Los Roles en Pareja

¿Qué es lo que hace que una relación de pareja sea satisfactoria para cada miembro que la compone? Esta es una de esas preguntas para las que no existe una respuesta perfecta. Cada pareja, igual que cada individuo, es diferente, y el modo en que viven la relación depende de las particularidades de cada caso. Lo que es evidente, por otro lado, es que todas las personas desempeñamos, en nuestras relaciones sociales, determinados roles que vamos asumiendo en función de las experiencias que acumulamos.

La asunción de un rol como propio puede destruir el vínculo en la pareja. Los roles deben fluir de modo que se asuman solo cuando sea necesario, facilitando que ambos miembros de la pareja se sientan con permiso de manifestar sus necesidades.

Cuando uno siente que no puede representar cierto papel, que no tiene derecho a manifestar ciertos sentimientos, asume un rol de forma rígida. Las personas, a partir de las experiencias que los han transformado en quienes son, pueden asumir un rol determinado durante un periodo de tiempo, porque las necesidades de la pareja sean perentorias. Pero anclarse en ese rol, interpretar el papel de “fuerte”, de “débil”, etc., durante mucho tiempo, impide el crecimiento del vínculo y también el crecimiento de ambos miembros de la pareja, que dejan de ser ellos mismos para convertirse en protector y protegido, en fuerte y débil.

Permanentemente nos encontramos con retos que nos exigen un alto grado de compromiso y un desgaste emocional muy costoso. Es cierto que apoyarse en la pareja resulta reconfortante y necesario, pero ambos miembros de la pareja deben tomar conciencia de ellos mismos y de los roles que asumen para no enquistarse en ellos y para dar permiso al otro para que cambie de postura, para flexibilizar las etiquetas e intercambiarlas. Ese “toma y daca”, deja crecer el vínculo de forma sana y permite a cada miembro de la pareja disponer del espacio para ser creativos, para sí mismo y para el vínculo que están construyendo activamente.

Para que el vínculo de la pareja, la plantita que cuidamos juntos, se mantenga sano, sólido y feliz, es necesario permitir al otro ser quién es, quien necesita ser y, porqué no, quien sueña ser. Y, en ese vuelo libre, cuando somos conscientes de nosotros mismos, elegimos regresar al espacio compartido, el que creamos juntos, porque también encontramos sentido al camino que estamos recorriendo.

Es inevitable asumir roles en la pareja en determinados momentos; a veces porque necesitamos asumirlos y otras veces porque comprendemos que es necesario ejercerlos. ¿Cómo hacer para no transformarnos en el rol que asumimos? La clave está en el diálogo permanente, en la petición al otro, en la observación de las necesidades: las propias, las de la pareja y las del vínculo que nos une.

La rigidez en los roles impide el diálogo profundo sobre las necesidades de todos. Por ejemplo, al asumir el rol de “protector”, estoy dando por sentado lo que tú necesitas y no hace falta preguntarte; por supuesto, además, tú sabes que, como te protejo, no me hace falta nada, así que tú tampoco preguntas. Pero, ¿qué ocurre con el vínculo en este caso? Si fijamos los roles de forma rígida, el vínculo emocional es el que queda abandonado. Y una planta tan delicada necesita agua casi a diario. Es resistente en muchos casos, y tarda mucho en morir, pero sin duda sus flores se marchitan con facilidad, si solo existo yo o si solo existes tú. Construir un espacio donde los tres podamos desarrollarnos es el reto de estar en pareja, el verdadero desafío de construir una vida juntos.

Construir un vínculo de intimidad con tu pareja implica abandonar muchos de los preceptos individualistas para entrar a formar parte de una ecuación ilógica en la que la suma de dos individuos tiene como resultado tres. No se trata de renunciar al individuo que eres, sino de compartir lo que eres y lo que deseas ser. Se trata de aprender a pedir sin exigir, a abrazar sin asfixiar, a estar dispuesto a renunciar con la esperanza de que me elijas cada día.

Y esto es algo muy difícil si primero no he conseguido construirme a mí mismo en un marco de auto-confianza y autoestima ajustadas. Cuando no tengo la autoestima en niveles adecuados, no voy a poder confiar en que me elijas, y entonces pretenderé agarrarte y tenerte a mi lado a toda costa, no dejando que seas quien quieras ser, y asfixiando el vínculo. En este sentido, aferrarse puede suponer la muerte de la pareja, mientras que aprender a soltar será la primera solución. No se puede entender la existencia de una pareja sana y creativa, que permite crecer, si uno de los dos aprisiona al otro con sus propias inseguridades, generando culpa, insatisfacción o incluso ira dentro de la pareja.

Uno de los roles más asumidos en una pareja es el rol de “luchador”. Cuando uno asume la carga, por sí solo, de luchar para que una relación funcione, acaba ocurriendo que se cansa o se quema, o bien acaba magullado por un gran número de cicatrices abiertas, cuyo origen no consigue recordar. Muchas personas están tan enamoradas de la idea de estar en pareja, de compartir su vida, que no se plantean si la persona con la que viven esa historia es la que realmente quieren para sí mismas. Y luchan y pelean por la relación, no queriéndose dar cuenta del daño que producen en el vínculo.

¿Qué rol puede asumir el otro miembro de la pareja ante este comportamiento “luchador”? Lo más común, y como ocurre en todos los sistemas que se mantienen en el tiempo y que funcionan (aunque sean disfuncionales), es que se acomode y se acostumbre a que sea el otro el que empuje por los dos. Pero decíamos que las cosas tienen que fluir porque no se puede empujar el río contracorriente.

El resultado de mantenerse en esos dos roles es la insatisfacción de los dos miembros de la pareja, que van acumulando reproches en silencio hasta que uno de los dos no pueden aguantar más y lo expresa. Las formas de expresión pueden ser diversas y dependen también de cuánto tiempo se hayan mantenido las posturas y roles rígidos y el impacto que esto haya tenido sobre la autoestima de cada uno. Desgraciadamente, la falta de diálogo hace que la expresión emocional de las propias necesidades aparezca como fuera de lugar. En un caso extremo, la psicopatología puede ser el resultado que provoque un cambio de paradigma en la pareja. Ahora los roles son los opuestos: tú que me protegías necesitas que te proteja, y yo, que era protegido, asumo tu protección. Se vuelve a una nueva fase de “estabilidad inestable”, en la que el vínculo está ya herido de muerte. No obstante, la relación puede durar años así construida, llenándose de sentimientos de deuda (”con lo que hizo por mi…”, “me lo debe, por lo mucho que me esforcé…”), culpa, malestar e ira.

Construir la relación de forma sana implica, como decía, dejar espacio para los tres, de modo que todos puedan crecer: los dos individuos y el vínculo que han elegido construir. Y la base para que así sea, será, sin duda, el diálogo. Un diálogo flexible, que de permiso a sentir toda clase de emociones, que permita el intercambio de roles, y en la que haya la libertad de pedir lo que necesito sin esperar a que el otro se de cuenta por sí solo.

Desde que somos pequeños nos educan en continuas incongruencias que configuran una forma de establecer vínculos en determinados ámbitos. Tenemos ejemplos de cómo es estar en pareja a nuestro alrededor que van ofreciéndonos ideas sobre cuáles son los roles que tendremos que asumir más adelante. Pero también los medios de comunicación nos influyen notablemente, desde la más tierna infancia, configurando una imagen de cómo queremos que sean las cosas y, más allá, de cómo deben ser: perfectas. Y luego esperamos que sean así.

El problema empieza muy pronto, cuando comenzamos a comprobar que no recibo lo que necesito por mí mismo y que mi pareja no se da cuenta tampoco. La idea “romántica” que presupone que “si me quiere, sabrá lo que necesito“, está muy extendida. Y es cierto que la mayoría de las personas no observa a los demás (ni a su pareja), los gestos, el rostro, los ojos…, pero tampoco podemos pretender que lo adivinen. La única solución es sencilla: pídelo. Facilita el “darse cuenta”, provoca un cambio para que el vínculo crezca sano. No se trata de cambiar por ti, sino de conseguir que el vínculo siga floreciendo.

Tiamat

Afrontar los Miedos con los Niños

Todas las personas sentimos miedo en ocasiones; unas más que otras, y eso, en los adultos, tiene que ver más con darse permiso a sentirlo que con una especial sensibilidad natural. Cuando hablamos de los miedos infantiles, las cosas van en una dirección parecida, pero el permiso nace, o se otorga, desde los “otros” significativos del niño o la niña: padres, tutores, etc…

La capacidad de afrontar los miedos tiene que ver con la forma en que aprendemos qué significa tener miedo. Porque a veces el temor a lo desconocido, a lo que no comprendemos, puede transformarse en una emoción de miedo más intensa si le trasladamos nuestras percepciones y temores al niño. Al fin y al cabo, el “pequeño constructor de su realidad” está aún aprendiendo las reglas del juego y la fuente de seguridad son sus referentes adultos.

El miedo es una emoción caracterizada por un sentimiento interpretado generalmente como desagradable, y que está provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. En esta definición es fácil encontrarse con que muchos miedos son absolutamente irracionales, que no se fundamentan en la lógica. Al mundo adulto le cuesta tolerar todo lo que no se mueve en esos parámetros, lo que provoca que la respuesta a los miedos infantiles sea, a veces, inadecuada.

Desde cualquier otro ámbito, todo el mundo comprende que los niños no pueden funcionar igual que los adultos, y que habitan durante mucho tiempo en un mundo en el que la magia, los sueños, la fantasía, son la pauta. Los miedos infantiles provocan en los adultos sentimientos de temor al no saber qué hacer exactamente.

Tener miedo es normal, pero cómo, cuándo y hasta dónde, se nos escapa, por lo que muchos adultos se empeñan en alterar los parámetros de comprensión de los niños y acelerar su maduración en cuanto a los miedos. Se les dice que ya “son mayores” para tener miedo a la oscuridad, o incluso se enfandan con ellos si su respueta de temor persiste. Se da por hecho que, si no va a comprender exactamente lo que ocurre con su temor “irracional”, sea cual sea éste, entonces no necesita una explicación, y lo que debe hacer es superarlo. Es decir, que, partiendo de nuestro propio miedo a que el niño no esté bien, exigimos a éste que supere sus propios miedos sin comprenderlos, sin recibir pautas específicas sobre qué hacer.

El que los niños no estén preparados para comprender cómo funcionan determinados ámbitos de la realidad adulta que les provocan miedo (como puede ser la oscuridad, las tormentas, u otros fenómenos de la naturaleza, por ejemplo), no significa que no necesiten una explicación sobre porqué ocurren. Y, más allá, los adultos necesitamos aprender a pensar también desde la perspectiva de los niños, y dar respuestas que resulten válidas para ellos, aunque desde el mundo adulto las podamos catalogar como “ilógicas”. ¿Por qué no resulta válido dar una explicación fantástica a un fenómeno natural a partir del cual los niños desarrollan algunos miedos? Los cuentos nos permiten utilizar la clase de lenguaje adecuado para ofrecer explicaciones válidas para los niños y, a partir de las cuales, instaurar otras herramientas con las que afrontar el miedo específico.

Existen algunos miedos que, necesariamente, todos los niños experimentan en algún que otro momento y que les sirven para ir madurando emocionalmente. Los llamados “miedos evolutivos” son reacciones normales, adaptativas, y forman parte del desarrollo normal del niño; asimismo, son transitorios y están relacionados con las etapas evolutivas, no interfiriendo en el funcionamiento cotidiano. Estos miedos forman parte del desarrollo habitual de los niños y niñas, y, en principio, no suponen un problema excesivamente grave. Hablamos, por ejemplo, del miedo a estímulos intensos (ruidos fuertes, dolores), el miedo a estímulos desconocidos (personas extrañas), el miedo a la ausencia de estímulos (oscuridad), o el miedo a estímulos potencialmente peligrosos para la especie humana (serpientes, animales, etc.).

Todos podemos recordar, con mayor o menor claridad, algunos de los miedos más habituales durante nuestra infancia; cuando nos costaba dormir solos, en medio de la oscuridad, quizás temiendo que un monstruo llegara para hacernos daño… O el fuerte ruido de un trueno durante una tormenta, o la separación de los padres que han decidido dejarnos con un cuidador de confianza mientras van a cenar fuera… ¿No necesita un niño una explicación de porqué siente miedo ante esos acontecimientos, en muchas ocasiones difíciles de explicar? Y está claro que una explicación científica de porqué los truenos y los rayos suceden le servirá de poco para afrontar dicho miedo, sobretodo en el caso de niños pequeños.

Los adultos podemos complicar las cosas si no atendemos la demanda del niño, pero también si la atendemos inadecuadamente. Una excesiva atención al asunto puede dar la impresión de que sí tiene de qué preocuparse, que su miedo es razonable. Además, el hecho de recibir muchas atenciones puede reforzar su comportamiento específico ante esta clase de estímulos y convertirlo en una estrategia para recibir atención y caricias. ¿Qué hacer para no convertirlo en un problema?

La primera clave a tener en cuenta consiste en valorar adecuadamente el miedo. ¿En qué consiste? Hacerlo desde un plano de comprensión del mundo infantil nos facilitará las cosas; no juzgar, no exigir, no criticar el miedo nos facilitará su comprensión. Hay que recordar que el niño está aprendiendo qué significa su miedo, y que necesita una explicación que le resulte válida a él tanto para comprenderlo como para afrontarlo después. Se trata, por tanto, de averiguar cuál es el miedo CON el niño, dejando que sea él mismo el que nos guíe en el significado que tiene para él dicho miedo.

En todo el proceso de comprensión, reconstrucción y afrontamiento del miedo, el verdadero protagonista es el niño, por lo que tenemos que dejar que forme parte activa del mismo. Uno de los errores más comunes es intentar dar una solución estereotipada, e intentar que el niño se la crea, la acepte porque sí, y que le sirva. Yo apuesto por observar esa realidad específica, el miedo, comprenderla ambos desde una perspectiva común, reconstruir el significado del miedo, a partir de elementos útiles (que pueden ser lógicos o ilógicos, reales o imaginarios) para el niño, y luego elaborar una estrategia de afrontamiento.

Una vez observado el miedo del niño, desde su perspectiva, y lo hayamos aceptado, el siguiente paso consiste en intentar reconstruir el significado del miedo para él. ¿Cuál es el método más adecuado? Evidentemente no creo que haya un método único, una fórmula mágica que ayude a todos por igual, pero sí que hay ciertos lenguajes que facilitan claramente algunos aprendizajes. Los cuentos nos permiten utilizar un lenguaje especial que conecta directamente con nuestra emociones más profundas, simplifica la realidad y la hace más comprensible.

Nuestra perspectiva debe centrarse en poder llegar con garantías al afrontamiento, pero como paso previo hay que encontrar una nueva explicación al fenómeno que produce miedo. ¿Por qué son tan ruidosos los truenos? ¿Por qué al quedarme a oscuras veo figuras en el techo? ¿Por qué? Esa es la pregunta que hay que responder, con una explicación que al niño le sirva para cambiar su actitud ante el fenómeno. El significado que tiene ahora para él, le genera una serie de emociones negativas que cristalizan en un claro bloqueo: está atenazado y pide ayuda a los adultos, a sus padres. Construir junto a él un nuevo significado que cambie esa emoción, puede ayudarnos a llegar al afrontamiento con garantías. las emociones positivas, que pueden surgir a partir del nuevo significado que para el niño tenga el fenómeno que le producía miedo, abren su repertorio de conductas de afrontamiento y mejoran su actitud ante el mismo.

Para los adultos, responder a las preguntas anteriores relacionadas con los miedos, nos resulta tan difícil como dar una explicación al fenómeno extraño, y entrañable, que muchos niños (y adultos) repiten en la cama cuando sienten miedo de algo: esconderse debajo de la sábana. Es un auténtico misterio, un comportamiento que se repite en muchas personas de diferentes edades. Por tanto, dar una explicación que parte del mundo adulto, lógico, científico, no tiene porqué resultar más útil que una explicación mágica, como la que cabe en un cuento.

El miedo puede suponer una oportunidad para conectar con nuestra parte más creativa, más infantil, más auténtica… Una oportunidad para establecer una relación cualitativamente distinta, tanto con nosotros mismos como con el niño o la niña. Porque desde nuestra perspectiva adulta, si no nos damos permiso a nosotros mismos para ponernos auténticamente en el lugar dle pequeño, conseguiremos justo lo contrario que pretendemos, y el miedo se convertirá en un problema. Porque si pretendemos, desde la exigencia de que el miedo es malo y debemos rechazarlo, que el niño afronte sin comprender, sin entender qué significa para él dicho miedo, lograremos “contagiarle” nuestro propio afrontamiento, nuestra propia exigencia, y el niño se sentirá mal consigo mismo por sentir miedo, saliendo dañada su autoestima.

En ocasiones, trabajar nuestros propios miedos y preguntarnos qué significan para nosotros, puede ser una estrategia que nos acerque un poco más a la comprensión de los miedos infantiles. ¿Por qué me siento así con el miedo de mi hijo? ¿Por qué me enfado con él o ella si persiste su respusta de miedo? ¿Qué significa para mi que tenga miedo? Si no somos capaces de respondernos a nosotros mismos, y nos empeñamos en que afronten y superen sin más sus miedos, conseguiremos, con suerte, que los bloqueen, pero seguramente tienda a reproducirse o a transformarse en otros miedos diferentes más adelante.

Si somos pacientes, escuchamos, aceptamos y compartimos los miedos de nuestros hijos, seguramente habremos conseguido dar ese primer paso necesario para que aprendan a afrontar adecuadamente las situaciones que les producen temor y les atenazan.

Tiamat.

El Árbol de la Autoestima

Había una vez un árbol en medio de un paraje maravilloso que producía unos frutos grandes, sabrosos y admirados por todo aquel que tenía la fortuna de probarlos. El lugar en el que estaba este hermoso árbol se hizo durante mucho tiempo muy famoso y era casi obligatorio para los viajeros pasar por la zona a probar sus frutos.

El árbol formaba parte de un hermoso bosque en el que habitaban numerosos animales y en el que los habitantes del pueblo más próximo solían pasar su tiempo libre, leyendo bajo las ramas del frondoso grupo de árboles y probando los sabrosos frutos del famoso árbol.

Árboles

Pero de pronto, y durante un tiempo que nadie sabría calcular, una fuerte sequía hizo mella en la población cercana a este bosque, por lo que poco a poco la gente se fue marchando de allí en busca de una oportunidad en un lugar menos hostil. Los árboles del bosque empezaron a morir, y el paraje fue abandonado por las personas e incluso por los animales que hasta el momento habían convivido allí.

En poco tiempo, esta tierra abandonada y seca, se convirtió en un cementerio sombrío de árboles y plantas que tuvieron un pasado mejor. Pero el árbol cuyos frutos fueron en otro tiempo admirados, no parecía afectado por aquella terrible sequía, y seguía bello y robusto como antaño. Hacía muchos años que el árbol no crecía, pero se mantenía firme y continuaba dando frutos hermosos y sabrosos. ¿Cómo era posible que en un lugar tan horrible hubiera semejante maravilla?

Pasaron los meses y los frutos se iban acumulando. Llegó a tener tal cantidad de frutos que muchos de ellos caían al suelo seco, y eran arrastrados hacia el frondoso bosque muerto por las ráfagas de aire que, sobretodo en otoño, solían visitar el paraje. Sucedió que, estos sabrosos frutos, que contenían la semilla del árbol, se iban enterrando poco a poco bajo el bosque. Mientras, el árbol seguía su proceso habitual de vida, dando frutos cada temporada más y más jugosos y sabrosos, aunque, como nadie visitaba ya aquel paraje, no se podía certificar su calidad.

Pasaron algunos años. Algo maravilloso comenzó a suceder en el bosque; la vida, que parecía haber desaparecido de allí, comenzó a florecer. Primero la lluvia decidió regresar a visitarles, para quedarse un tiempo; luego, fueron algunas plantas; más tarde, flores hermosas de diversos colores y tamaños; y después, comenzaron a crecer árboles, que parecían hijos de aquel árbol cuyos frutos fueron famosos alguna vez. Árboles fuertes, frondosos y que daban frutos tan sabrosos como los que siempre había dado su “padre”.

Y al pasar los años, las personas volvieron al lugar; habían transcurrido ya algunas generaciones desde que hubo allí seres humanos, y nadie encontraba una explicación para lo que allí había sucedido. ¿Cómo era posible? Como la tecnología había avanzado tanto, pudieron descubrir que todo se lo debían a un único árbol, que había mantenido la vitalidad todo aquel tiempo, sin rendirse ni quejarse. Con el tiempo, el misterio se fue resolviendo; el famoso árbol era ya un anciano y todos sabían que su muerte estaba cercana, pero el bosque estaba ahora rodeado de sus “hijos”, y los frutos que daban eran tan sabrosos o más que los suyos, garantizando el modo de vida de las personas que se habían trasladado allí. Decidieron transplantar el árbol al centro de la ciudad, y colocarle junto a él, una placa conmemorativa, por ser la causa de la prosperidad de la zona. Cuando comenzaban a desenterrarlo, para conservar sus raíces, vieron que éstas no tenían fin; tuvieron que desestimar la idea de llevárselo de allí, al descubrir la razón misteriosa por la que el famoso “abuelo” del bosque había conservado la vida a pesar de la sequía. Tanto había desarrollado sus raíces, hasta tan profundo había escarbado para asentarse, que había encontrado un pozo subterráneo con agua con la que alimentarse durante todo aquel tiempo, dando la oportunidad a sus frutos de expandir la vida por el bosque.

¿Sabes? Las personas somos muy parecidas a los árboles de cierta manera. Me gustaría hacer un ejercicio contigo, ¿te apetece? Se trata de un ejercicio de autoconocimiento, a partir del cual quiero explicarte la parábola que sugiero en este cuento:

  1. Dibuja un árbol con raíces, tronco, copa y frutos. No hace falta que sea un árbol perfecto, pero sí lo suficientemente grande como para continuar con lo que sigue.
  2. Anota en cada una de las raíces las características que te definen como persona, tus formas de pensar, sentir y actuar habitualmente, tanto si las consideras positivas como negativas.
  3. Ahora, sobre la copa, donde están los frutos, anota aquellas cosas que has conseguido en la vida, y de las que te sientas especialmente orgullos@.

Este es tu árbol de la autoestima. Es una imagen de cómo te ves a ti mism@; el tronco eres tú, las raíces son tu base, las características en las que te apoyas para enfrentar tus metas, proyectos y objetivos vitales. Los frutos son, sencillamente, todas las cosas que has conseguido gracias a esas características que has anotado en las raíces.

Como el árbol del cuento, cuanto más aprecies tus características personales, cuanto más profundas sean tus raíces, más preparad@ te sentirás para enfrentarte a la vida, y mejores serán los frutos que consigas dar.

Apsu

Carta a todos los que quieran ser grandes

A veces perdemos el rumbo. La vida nos coge de improviso y nos da un revolcón, como hacen las olas cuando el mar está revuelto, dejándonos en la orilla, desorientados y magullados. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo pudo pasarme a mi? Todas las seguridades que creíamos tener en nuestra vida, que dotaban de significado lo que hacíamos, han desaparecido.

¿”Quién soy?”, resuena en el fondo de nuestro cerebro. De repente nos damos cuenta: “no lo sé”. Sí, es verdad, hay muchas cosas que nos gustan, muchas cosas que hemos estado haciendo…, pero, ¿ese soy yo? Igual he estado haciendo cosas que no me gustan durante demasiado tiempo. Asumiendo que era así. Asumiendo que debía ser así…

Ahora, al revisarlas, es posible que nos demos cuenta de que hemos estado confundido los medios con los fines y eso ha contribuido a perdernos.

¿Qué era lo importante? Es triste que cueste recordarlo, pero es un hecho que ahora mismo no caigo. ¿Qué es lo que quería hacer yo? Igual pensar en la infancia ayuda un poco. Esa época donde sí está permitido soñar, con los ojos abiertos y con los ojos cerrados, todo lo que queremos ser. Lo mejor de esta época no es que todos te permitan soñar, sino que eres tú mismo el que de verdad se da el permiso. Con los años, no he perdido esa capacidad (o tal vez sí, hay que cuestionárselo), pero está claro que ya no me doy permiso para hacerlo… ¿Por qué?

Intento convencerme de que las responsabilidades, la vida adulta, etc., no lo hace compatible, pero ese argumento ya no sirve. Ya no me lo creo. Me parece más acertado hablar de MIEDO. Miedo a no cumplir las propias expectativas, miedo al compromiso no adquirido de perseguir sueños imposibles. ¿Imposibles? Claro, porqué no. Miedo a descubrir que no puedo conseguir aquéllo con lo que sueño. Y como ese pensamiento duele demasiado, decido renunicar no solo al sueño que tenía, sino incluso a soñar.

De pronto descubro que las metas que he ido marcando no las he elegido conscientemente. Sencillamente voy cumpliendo etapas y dejándome llevar por lo que sucede, procurando no preguntarme si es eso lo que realmente quería. ¿Estoy seguro de que esta era la meta? Sí, es cierto, algunas veces sí. Pero luego me asalta otra pregunta, más alarmante: ¿estoy seguro de que era así como quería alcanzar dicha meta? La respuesta es rotundamente NO.

Perder el rumbo se me antoja ahora como demasiado sencillo. Vamos interpretando señales y condicionamientos sociales de forma que estos adquieren una importancia superlativa. Ya está. Volvimos a caer en el mismo error. Está claro que un coche, una casa, un puesto de trabajo, un sueldo…, no nos darán las respuestas. Son los medios a través de los cuales podemos conseguir los fines. Durante demasiado tiempo los hemos confundido.

Es hora de volver a soñar. De recuparar aquel espíritu cándido con el que sentíamos que todo es posible. Y sí, aún habrá que luchar mucho para conseguir determinados medios, pero no nos conformemos y nos engañemos convirtiéndolos en fines. Acepta la responsabilidad de quién eres, descubre lo que realmente quieres, y persíguelo.

No importa el resultado, no importa la meta, porque cuando llegas a comprender, a darte la oportunidad para disfrutar del camino, entonces ocurre algo mágico, descubres nuevamente algo que siempre ha estado dentro de ti, tu capacidad de disfrutar del proceso, y de pronto cada instante del mismo es significativo, es trascendental. Las metas se alcanzan, tarde o temprano, o no. Pero la diferencia la marca, sin duda, la actitud con la que vivo mi proceso, mi camino, mi vida.

Aceptar sin temor la posibilidad de no alcanzar la meta, de no conseguir el objetivo, no es fácil. Pero, ¿qué he aprendido en el camino? ¿Quién se ha cruzado conmigo? ¿Cómo era? ¿He podido contactar? Estas son las preguntas que pueden dar sentido al camino más allá de la propia propuesta. Si no presto atención, no solo puede que pierda el rumbo, sino que, además, no me daré la oportunidad de conocer y contactar con todos aquellos que, paralelamente, se cruzan conmigo y que caminan a mi lado.

¿Quieres ser grande? Acepta quién eres, ama lo que eres, date permiso para soñar y para perseguir tus sueños. Y recorre ese camino con los ojos abiertos, prestando atención a todo lo que sucede, sin exigencias, y, al final de tu camino, con los años, podrás comprobar lo mucho que has conseguido.

Apsu y Tiamat

Comenzando a Crecer

¡Bienvenidos al blog de Apsu y Tiamat! Hoy comienza una andadura en la que me gustaría compartir con vosotros ciertas reflexiones acerca de diversos aspectos de la realidad humana. Para ello, me sirvo de dos personajes, Apsu y Tiamat, que reflejan distintos aspectos que existen en mi y que, por supuesto, están presentes en casi todos nosotros, pero cuya fuente común es, sin duda, la búsqueda del crecimiento interior.

Apsu es un creador de historias, un cuenta-cuentos, que se sirve del lenguaje metafórico, de las fábulas y de los relatos para intentar comprender la realidad, para intentar cautivar y hacer reflexionar, a quien quiera participar, sobre qué es el ser humano.

Tiamat es más pragmática, y se interesa por qué podemos hacer para aprovechar nuestro potencial y mejorar nuestras vidas, intentando que seamos un poco más conscientes cada vez; utiliza un lenguaje directo y sencillo, pero que también invita a la reflexión.

Apsu y Tiamat intentarán, en este viaje, abrir un espacio de reflexión conjunta en el que todos podamos opinar, desde el respeto, acerca de todos estos temas.

Os invito, por tanto, a que participéis del diálogo abierto, para, entre todos, conseguir que el crecimiento positivo, sea una realidad para todos, y no un privilegio en manos de los dioses.

Antonio Corredera Larios.

Director de Crecimiento Positivo.

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